Cada vez que leí sobre violencia, los hombres que describían no se parecían a mi papá.

Él no tomaba alcohol ni era autoritario, pero sí manipulador. Para el afuera él era, según muchas veces escuché: muy buena persona. Pero dentro de su casa no era así.

Gran parte de mi infancia la fui borrando inconscientemente. El cerebro tiene ese mecanismo de defensa para tratar los recuerdos que duelen. No puedo unir situaciones. Siento todo difuso. No recuerdo qué pasaba antes ni después, pero el sonido de los gritos y el llanto de mi mamá quedaron marcados como una herida sin cicatrizar.

“¡Ya no soporto más esta situación! ¡Si seguís así agarro mis cosas y me voy!”. Estas frases son un denominador común de lo que fue mi infancia.

No sé bien cuándo empezó. Estar transitando situaciones de violencia se me volvió algo cotidiano. No podía imaginar cómo se llevaban otras familias sin pelear. En el crecimiento vas forjando la personalidad y esas cosas me marcaron. Por mucho tiempo lo que mejor me salía era pelear.

“¡Te voy a matar, hija de puta!”. Así empezaba todo. Casi como una frase clave para que nos demos cuenta que la situación se estaba saliendo fuera de control.

Encerrada en mi habitación, lo único que hice fue rezar. Creía que lo único que me podía rescatar era eso: un Dios, un algo superior. Bajé las escaleras y estaba mi papá con un cuchillo y mi mamá tratando de frenarlo. Él me vio pero nunca paró de forcejear. Los dos me gritaron que suba a mi a cuarto. Obedecí. Tenia 5 años. Me metí en la cama, me tapé con todas las frazadas, agarré la almohada y la puse sobre mi cara. Apreté fuerte y me puse a llorar aún más fuerte de lo que estaba apretando. Me quedé dormida.

Al día siguiente mis papás hicieron como si lo que había visto no hubiera existido. Nadie habló conmigo. Nadie me dio explicaciones. Nadie me explicó por qué mi papá quería que mi mamá se muera y estaba dispuesto hacerlo. Tenía 5 años. Eso solo tenía.

Otra oportunidad recuerdo que discutieron en el auto y mi mamá pedía bajarse. Todavía suena bien claro en mi cabeza: “prefiero ir caminando que discutir”. Se bajó. Mi papá puso primera y comenzó a andar a la misma velocidad de ella, que caminaba por la vereda. Él le repetía incansablemente que era una hija de puta. En el asiento de atrás estábamos mi hermano y yo. Él nunca nos registró. O quizá sí y no le importó. Mi mamá después de dos cuadras volvió a subirse al auto.

Se separaron cuando tenía seis años. Al recordar todos estos momentos, siento que era más grande, que en realidad pasó más tiempo. Me cuesta creer todo lo que pasó en el poco tiempo de vida que llevaba viviendo.

Después de la separación la cosa no mejoró. Se separaron exactamente para un día de la madre. En venganza contra nosotros, mi papá nos quemó todos nuestros documentos y no nos quería devolver nuestras cosas. De mi casa nos fuimos con lo puesto y nada más.

Tuvimos que dejar el colegio. No teníamos ropa ni útiles y mucho menos ganas. Dormí durante seis meses en un sillón en la casa de mi abuela. Mi mamá en un colchón en el piso junto a mi hermano, que tenia 4 años.

Nunca dormí tan mal pero con tanta paz.

Entre abogados, amenazas de muerte y restricciones para acercarse a nosotros, viví durante esos seis meses.

Ahí empecé a sentir en carne propia los efectos de la violencia de mi padre. Para él éramos un botín de guerra. Algo que ganarle a mi mamá. Nos repetía una y otra vez que mi mamá era una hija de puta. Tanto nos lo decía, que se lo terminábamos diciendo a ella, porque era lo único que escuchábamos los fines de semana que pasábamos con él. A nosotros nunca nos pegó.

Crecí y me di cuenta del horror que viví. Los resabios de esa violencia siguieron en mí mucho tiempo más. Me costó mucho contar mi experiencia. Costo muchísimo pero acá estoy, escribiendo esto.

Pude.

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