Tenía 14 años cuando conocí a Gonzalo. Al mes de empezar a hablar nos pusimos de novios, ni yo sabía lo que quería. Él tenía 3 años más que yo y la mitad de la gente que lo conocía lo detestaba, pero eso no me importó. A esa edad lo único que creés es que el amor cambia hasta al más desviado. Conmigo era tierno, atento, cariñoso, celoso. A todos nos gusta que nos celen un poco. El problema es cuando se va de las manos.

Todos los días teníamos una pelea diferente. “¿Quién es este que te saluda? No me gusta que hables con chicos. Tus compañeros del colegio me caen mal. Supongo que si salís nos vemos en el boliche. ¿Me haces esto a propósito, no? sabes que me molesta. Vos no querés que nosotros estemos bien, sino harías lo que te pido”.

Y yo en una constante contradicción: ¿tiene razón, no sé manejarme en una relación y él me quiere cuidar o se está yendo al carajo y no me deja vivir? No quería contarles más a mis amigas mis peleas. Hasta ellas estaban cansadas.

“Boluda dejalo, te controla todo el tiempo, ni con nosotras te podés juntar tranquila”, me decían. Y eso hice. Un día nos vimos y le dije que quería que cortáramos. “Te amo, te necesito, no me dejes, te juro que voy a cambiar” me decía. Estaba totalmente decidida y continué con mi discurso, hasta que en un momento me paró y dijo “si me dejás me mato”. No sabía qué hacer. ¿Y si era verdad? ¿Y si lo hace y me quedo con un cargo de conciencia eterno? Hay gente que realmente lo hizo y no quería vivir con eso, así que le di una oportunidad más y seguimos.

Después de un año de relación ya no me quedaba en pie ninguna amistad. Gonzalo los amenazaba a todos. Controlaba a quienes les aceptaba solicitudes de amistad y les mandaba mensajes preguntando qué querían conmigo. Decía que todo era mi culpa, que yo los provocaba para que me hablaran. Al tiempo mis viejos notaron la situación y me pidieron que cortara todo. Así que él hizo lo suyo: convencerme de que estaban equivocados y lograr que yo no bancara un solo sermón más sobre el tema.

Ya estaba acostumbrada, ni siquiera lloraba cada vez que me enteraba que mientras yo dormía por no salir, él estaba con otras chicas.

Recuerdo claramente como una noche fue el principio del fin. Salimos juntos, todo venía bien, bailábamos y hasta parecía que por un momento estábamos disfrutando. Me encontré a un amigo que hacía mucho tiempo no veía y nos abrazamos. Supongo que notó el poco entusiasmo de Gonzalo, porque se quedó hablando conmigo muy poco tiempo y se fue. No sé si ya se había alejado o si pudo ver cuando me di vuelta y mi novio, el que hacía dos minutos bailaba y me sonreía, me pegaba con toda la fuerza que sus celos fueron capaces de generar. Ni siquiera se percató de la cantidad de gente que había cerca. Yo no lo podía creer. Los segundos que estuve tocándome la cara donde sentí el golpe, se transformaron en horas. Sentía que temblaba. En realidad estaba temblando. Un calor me recorrió todo el cuerpo. Me ardía el cachete, podría haberme estado quemando. Nada es más doloroso que un maltrato físico que se mezcla con dolor en el alma. Todavía me acuerdo que miré a los costados y nadie dijo nada, nadie me ayudó, nadie miraba. La música seguía, un grupo de chicos bailaba al lado nuestro, tan concentrados en un tema de Callejeros que tranquilamente podrían haberse sentido verdaderos cantantes.

¿En serio nadie vio nada? ¿Nadie se dio cuenta que quería irme corriendo, llorando, y que este pibe me agarraba fuerte de los brazos y me hacía mal? No dejó que me fuera. Me llevó hasta mi casa, no habló en todo el camino y antes de que me bajara del auto me dijo: “si le decís a alguien lo que pasó hoy, cuento todo lo que sé de vos”. Esa noche me costó mucho dormir a causa de las heridas que tenía en el ojo y en el alma.

Al otro día me desperté, me pinté la cara y salí de mi habitación como si nunca hubiera pasado nada. Esa noche había decidido no hablarle nunca más. Que me moleste. Que mande mensajes, que llame amenazándome. Que hable con mis viejos. Que haga lo que quiera pero que me deje de joder. Por una semana no apareció. Pero el miedo seguía. ”Le dejas de hablar y listo” piensan livianamente quienes no saben lo que es vivir el maltrato en carne propia. “Vos sos la tonta que le contestas” también dicen otros.

Era de noche. Sonó el celular. Era mi mejor amiga. Apenas dijo “Gonzalo” todo me retumbó, no escuchaba bien.

– ¿Qué dijiste?

– ¿Julia no me entendés? Te digo que lo vi escribiendo con aerosol toda la ventana del negocio de tus viejos, este pibe no se cansa de molestar

No dormí, los nervios me volvían loca. ¿Por qué me tuve que buscar a un tipo así? Qué mala suerte que tengo.

Al mediodía volvieron mis viejos de trabajar. Mi mamá estaba indignada porque alguien había puesto “TE AMO AUNQUE SEAS UNA PUTA” en todo el frente del local. No sabían que había sido Gonzalo quien lo había hecho. No se habló mucho más del tema en mi casa.

Meses después apareció de nuevo. Me esperó cuando salía del gimnasio. Hacía un calor infernal. Estaba cansada, atrasada, sentía que la cabeza no paraba un segundo. Mientras caminaba sin mirarlo ni contestarle, me seguía, me hablaba e intentaba agarrarme. Le dije que si se moría me hacía un favor. No terminé de decírselo para arrepentirme. Estábamos llegando casi a la esquina. Había arena en el piso, me empujó y caí. Me raspé todo el brazo derecho y un auto me pasó a centímetros de la cara. Mientras escribo este párrafo siento claro y fuerte el ruido de la bocina en la cabeza y la puteada del tipo que manejaba. Otra vez: ¿nadie vio nada? Gonzalo se fue corriendo.

Cuando llegué a mi casa mi vieja estaba preocupada. “Julia, me llamó tu ex novio, dice que quiere hablar conmigo para contarme todo lo que no nos contás vos. ¿Lo seguís viendo, hija? ¿Estás bien? ¿Este chico sigue molestándote?”. No podía contarle nada. Tenía un nudo en la panza que no me dejaba hablar.

Cuando por fin pude contarles todo, mi papá se puso como loco. “¿Por qué no nos dijiste esto antes? Te ayudamos y apoyamos en todo, confiá en nosotros”, me dijo. Llamó a Gonzalo y le dijo todo lo que un padre que da la vida por sus hijos puede decir cuando le tocan a alguno. Nunca más se me acercó. Siguió diciendo cosas de mí, pero me importaba poco.

No somos tontas. No tenemos la culpa. No nos lo merecemos. Pero estas cosas pasan. La violencia no es solo física, es verbal, psicológica. Contar lo que te está pasando es importante, a cualquier persona, alguien que te pueda ayudar. Podes sentir vergüenza, yo la sentí durante años, miedo. ¿Sabes lo que es salir de tu casa temblando, que se te corte la respiración cada vez que suena el celular? ¿Ver a un hombre parecido físicamente al que tanto te acosa y quedarte paralizada? No controlo el movimiento de mi cuerpo en este momento ni la transpiración que siento al escribir. Me duele acordarme, pensar en todos los momentos que me perdí por no animarme a hablar antes, imaginar lo que podría haber pasado si seguía negando las cosas.

Ya pasaron 2 años de la última vez que me molestó. Hoy camino tranquila, disfruto de cada momento y puedo decir con orgullo que lo superé, pero eso no quiere decir que lo haya olvidado. Uno no olvida lo que duele. Nada más se aprende a vivir con eso.

 

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