Crecí teniendo miedo de salir de mi cuarto y caminar por el pasillo de mi propia casa. Me producía terror que se haya levantado de mal humor y me grite, me insulte, me recuerde que no pudo terminar de estudiar por mi culpa o que no pudo viajar, salir, vivir. “Pelotuda, yo te trato como quiero porque soy tu madre y tengo 25 años más que vos”, decía ante cada réplica.

Siempre creí que era mi culpa y que me lo merecía por alguna razón que no entendía. Llegue hasta el punto de no querer hablar con nadie porque todo lo que amaba, me lastimaba. Eso me llevó a dejar de sentir cariño hacia otras personas. Ahí fue cuando, alarmada e influenciada por otros, me mandó al psicólogo.

Se suponía que la culpa de lo que me pasaba era de mi papá, por olvidarse que tiene una hija. En parte era cierto, pero nunca le conté a mi psicólogo lo que en realidad pasaba en mi casa porque me daba miedo ¿Y si el hombre decidía hablar con mi mamá y ella se enojaba? ¿Y si por eso todo empeoraba? No podía arriesgarme, mi mamá era lo único que tenía y no quería que me maltrate más.

Cuando empecé la secundaria todo mejoró: escuela nueva, amigos nuevos y una carga horaria que me mantenía alejada de mi casa. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía feliz; pero a ella no le gustaba verme así, entonces me amenazaba constantemente con cambiarme de escuela. Eso empeoró mi situación y mi estabilidad emocional se volvió inestable. No confiaba en mí misma y sentía que no tenía nada.

Un día dije basta. Gracias a 6 años de terapia entendí que no era una inútil como ella me decía, y entonces comencé a contestar ante cada insulto diciendo “no es verdad”. Eso empeoró las cosas aún más y me llevó a contarle a mi familia y amigos lo que pasaba. Mi familia me dio la espalda, dado que le tenían miedo a mi mamá, pero por suerte tengo amigos que supieron apoyarme y escucharme siempre que lo necesité. Me dieron un techo cuando ella me echaba de casa y me levantaban cada vez que sentía que no podía seguir. Así saqué fuerzas de donde pensé que ya no tenía y salí adelante.

Hoy tengo 17 años y mi mamá me echó de casa definitivamente. Por suerte estoy viviendo con mi papá y mis hermanos, fue un cambio difícil pero necesario. Lo único bueno que puedo rescatar de esto es que me hizo ser una persona fuerte. “Yo quiero una hija fuerte que pueda contra todo”, decía. Lo logró.

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