Gracias a Dios nunca tuve que pasar por una situación de violencia, pero mi amiga no corrió con la misma suerte.

Su nombre era Julieta, la conocí cuando entré en el bachillerato, a los 16 años. Enseguida nos hicimos amigas porque estudiábamos Humanidades y solo éramos ocho personas, siempre fuimos todos muy unidos.

Al tiempo Julieta comenzó a salir con un chico, su nombre era Nahuel. Llevaban mucho tiempo gustándose y todos nos alegramos ya que por fin iban a poder vivir su historia de amor.

Al mes, comenzó todo.

Había un viaje de clase a Madrid que duraba 4 días. Nahuel fue, pero Juli no pudo debido a problemas económicos. En cuanto volvieron todos del viaje, ella pasó a ser el hazmerreír del instituto, pues resulta que Nahuel le había puesto los cuernos con dos chicas y los tres se habían dedicado a presumir lo que habían hecho.

Carolina y yo, en ese entonces sus mejores amigas, hablamos seriamente con ella sobre lo ocurrido y le dijimos que no se merecía que nadie la engañara así, que tenía que dejarlo porque ese hombre no le convenía. Pero Julieta estaba tan enamorada que no nos hizo caso, así que lo único que pudimos hacer por ella fue defenderla. Eso es lo peor de estas situaciones: en lugar de apoyar a la víctima, la gente decide tomárselo a chiste.

Julieta comenzó a tener peores notas a medida que su relación con Nahuel avanzaba. Siempre nos juntábamos las tres a estudiar en la biblioteca pero de la nada él comenzó a venir con nosotras para tenerla vigilada, había una clara dependencia entre ambos.

Estábamos comiendo juntas en un bar cuando nos encontramos a un viejo amigo, lo invitamos a comer con nosotras ya que hacía mucho tiempo que no lo veíamos. Recuerdo perfectamente que, en medio de una animada conversación, fui al servicio mientras se reían por un chiste. Cuando volví, 2 minutos más tarde, nuestro amigo se había ido y Julieta estaba llorando mientras miraba el móvil. Me preocupé por ella y comencé a preguntarle qué había pasado. Resulta que Nahuel había ido a buscarla y llegó justo cuando estaban ellos dos solos. Pero ni siquiera se había acercado, simplemente le envió un WhatsApp diciendo que era una mentirosa y una zorra,  que no podía confiar en ella y que no podían estar juntos.

Ojalá la hubiera dejado de verdad.

Llegó el verano y Julieta volvió a su pueblo. Carolina y yo quisimos encontrarnos con ella muchas veces pero nos esquivaba. Solo pudimos verla dos días, uno de ellos fue en el cumpleaños de Carolina por lo que decidimos hacer una fiesta con un par de amigos más. Cuando llegaron todos nos hicimos una foto y la subimos a Facebook.

Un minuto después, Julieta estaba llorando desconsolada porque creía que era una puta y una mierda de persona. Tras hablar con ella nos contó que Nahuel la había llamado y le había dicho cosas horribles.

Durante el último año del bachillerato solo podíamos ver a Julieta en las clases de latín y griego. Se pasaba absolutamente todo el recreo con Nahuel y ya nunca venía a estudiar con nosotras. Comenzó a suspender asignaturas enteras a pesar de que siempre había sido una buena estudiante. Cuando comentamos la situación con la profesora de griego se comprometió a hablar con ella, pero Julieta se lo tomó como una nueva prueba de fuego hacia su relación.

Después de muchos intentos pudimos quedar en encontrarnos para estudiar. Como vivía cerca del punto de encuentro, llegué antes y me quedé en la entrada fumando un cigarrillo. En ese preciso instante vi cómo Julieta venía hacia mí, tapándose la mitad de la cara con el pelo y llorando. Cuando me senté a hablar con ella, me dijo que Nahuel la había golpeado y la había tirado al suelo, también me contó que la relación era horrible, que cada mes encontraba a una nueva chica con la que ponerle los cuernos y que se sentía una extraña hasta con su propia familia porque todo había que hacerlo como su novio quería.

Tras consolar a Julieta, él me llamó al móvil.

– Oye, ¿mi novia está contigo?

– ¿Y a ti qué te importa? ¡Déjala en paz, no sé cómo tienes la poca vergüenza de querer controlarla a través de mí!

– Así que tú eres la que le mete esas ideas de dejarme, ¿no? Será mejor que vigiles esa boca, puta de mierda, a ver si te la va a partir alguien un día de estos.

A los pocos minutos Nahuel ya estaba en nuestro punto de encuentro, cogió a Julieta del brazo con tanta fuerza que le hizo daño y ella volvió a sollozar. No podía dejar que eso pasara enfrente de mí, así que le di una buena patada en sus partes y la soltó. Aprovechamos para entrar a la biblioteca y refugiarnos en el baño. “Gracias amiga, te quiero mucho. Por favor no me dejes volver con él, ayúdame porque no puedo más”, repetía una y otra vez.

Al día siguiente, los dos volvieron de la mano al instituto.

Después de ese día, por más que quisimos protegerla, ella dejó de venir a clase. Ya nunca contestaba al teléfono ni a los mensajes de WhatsApp, y cuando nos presentamos en su casa su madre nos dijo que no estaba, que se había ido a pasar un mes en la playa con Nahuel.

Quise escribir este relato porque hoy dije en la universidad que la violencia es un problema de todos y que no debemos mirar a otro lado, pero nadie coincidió conmigo.

Esto no solo le pasó a mi amiga, le pasa diariamente a la mayoría de mujeres y no solo en mi país, España, sino en todo el mundo. Si esperamos que ellas resuelvan sus problemas solas, probablemente no volveremos a verlas.

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