Cada vez que no atendía el teléfono… Primero me quiero presentar, soy Clara y tengo 24 años, estudio para contadora.

Mi historia empieza hace dos años, una madrugada del 3 de febrero del 2014: Era mi primer cuatrimestre en la facultad, y estaba desvelándome por estudiar, ya que ese día rendía dos parciales. Me tomé un descanso y vi que tenía una nueva solicitud de amistad en Facebook. Como había amigos en común, lo acepté.

Gerardo, que también “estudiaba” contador y tenía 29 años, comenzó a hablar conmigo esa misma madrugada. Hablamos muchísimo, me contaba que venía de una relación muy fea y que sufrió mucho. Le dije que tenía que estudiar, pero que seguíamos en contacto.

Pasaron las semanas, seguimos hablando hasta que decidimos encontrarnos en Capital. Mayo de 2014. Fue el tipo más encantador del mundo y así me compró. Al tiempo empezamos a salir.

Los primeros meses fue súper atento, se preocupaba por mí y se acordaba de absolutamente todo lo que le contaba. Al cuarto mes de estar saliendo empezó a celarme pero en exceso, me apartó de mis amigos, no quería que saliera, todas las noches me llamaba para asegurarse que yo estaba durmiendo en casa. Como era mi primera relación “formal”, quise justificarlo pensando que quizás tenía que ser así.

Fue pasando el tiempo y cada vez era peor, las peleas eran casi todos los días y además de que en cada una de ellas me trataba como puta por salir con amigas o juntarme con compañeros de la facultad, luego me ignoraba por días. Tal era el maltrato psicológico que no me daba cuenta, que pensaba que era mi culpa por no hacer lo que él quería que hiciese.

Pasaron muchos meses en los que se repetía la misma historia, yo no podía conmigo misma. Bajé más de 6 kg en ese tiempo, y la violencia psicológica no paraba. “Puta de mierda, seguro que estás con el otro, avisame cuando es mi turno” cada vez que no atendía el teléfono. Atosigaba a mis compañeros hombres, me pedía información de mis ex, quería alejar a todos los que me rodeaban.

Las peleas eran muy fuertes, me decía de todo, inclusive cuando se daban por WhatsApp. Es hasta el día de hoy que no puedo escuchar el tono de mensajes del Motorola que tenía en ese momento sin que me corra un frío por la espalda.

Caí en lo que estaba pasando y lo que estaba haciendo conmigo el día que intentó revolearme una piña en público. En ese momento lo dejé sólo y me fui a la mierda. Cortamos. Pasó el tiempo y volvió a contactarme, fingió problemas de salud, me convenció de que hablemos por una última vez. Todo eso fue a principios de este año; accedí y nos vimos. Me dijo que quería volver conmigo, que me amaba y me extrañaba. Le dije que no y atiné a irme. Intentó retenerme, pero como estábamos en público no fue demasiado insistente.

Desde esa vez, no había vuelto a saber de él. Lógico que lo eliminé de toda red social, no quería volver a ver su cara o nombre. Hasta ahora que me encontró en Instagram. Tuve que bloquearlo y cambiar mis datos.

¿Por qué tengo que ser yo la que se esconde? Si él es quien me humilló, quien me dejó marcada psicológicamente. Eso es lo que vivo preguntándome: por qué.

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