La verdad es que tengo escasos recuerdos, ni siquiera puedo acordarme la edad aproximada que tenía cuando escribía cartas diciendo que odiaba a mi mamá.

Todo empezó hace casi 5 años atrás. A mis 12, mi papá fallece. Amaba a ese hombre, siempre fue un padre de esos que trata de dar todo por sus hijos. Según mi mamá, en su último tiempo de vida, él estaba un poco “violento”. Sospecho que eran celos de ella, siempre fue muy controladora.

La relación con mi mamá era la antítesis a la que tenía con mi papá, con ella nunca fui muy apegada. Es de esas personas que siempre encuentra un problema, todo lo critica, en todo se fija y siempre mira a los demás. Yo, con el tiempo, fui tomando esa forma de pensar. No la apliqué en mí, pero se me hacía normal.

A medida que fui creciendo, mi relación con mamá, era cada vez peor. Que yo no hacía nada por la casa, que no servía para nada, que era una estúpida, etc.

Cuando fui un poco más grande empecé a contestarle con más actitud, ya que, al quedarme callada, me tomaba de punto. Muchas veces estas actitudes de ella repercutían tanto en mí que no aguantaba, sentía una angustia incontrolable acompañada de un profundo llanto. Me la pasaba llorando, y mientras más lo hacía, ella más me subestimaba. Muchas veces se reía de mí, eso me desconcertaba: ¿Qué tipo de madre podría burlarse del dolor de su propia hija? Lo que ella ejercía en mi era pura violencia psicológica.

Llegaba la época de las fiestas de 15, me acuerdo como si hubiera sido ayer de ese miedo que me comía viva y un escalofrío que recorría mi espalda. Una compañera me había avisado a la noche que me había anotado en su lista, le dije a mi mamá y ella contestó: “No le quedaba otra e invitó a la infeliz jajaja pobre infeliz”. No recuerdo bien que contesté, pero logré que me ponga contra la pared y que me agarre del cuello mientras decía: “Te mataría. Llamá al remis ahora así te vas ¡Dale! Así con el maquillaje corrido… ¿No te da vergüenza?” Yo solo lloraba, y eso, alimentaba su bronca.

El año pasado, a mis 16, tuve un episodio de violencia física. Las lágrimas me nublan la vista de solo recordarlo: Mi perro había roto algo en el patio, por lo que me llamó a los gritos diciéndome que lo rete y que, además, le pegue. “¿Cómo le voy a pegar al perro, mamá?, le dije. Su respuesta fue que si no lo hacía, lo sacaría a la calle y no lo vería más. Me resistí lo más que pude hasta que se me puso de frente, cara a cara. Me empujó y yo la empujé para separarla de mí. Por aquella reacción, me pegó y me agarró de los pelos. Intenté agarrarla para que me soltara y forcejeamos unos minutos. Finalmente pude tomarla y, poniéndole mi brazo sobre su cuello, la puse contra la pared. Su nariz sangraba. “Estoy harta de que me subestimes, harta de ser siempre menos, de ser siempre lo malo, de que me insultes sin razón. Ya no quiero que lo hagas”, le dije sollozando.

La solté y volví adentro. Me dijo que busque ropa porque me iba a internar en un reformatorio donde “me iban a romper el culo y a violar por todos lados”.

¿Cómo terminó todo? Convivimos. No nos hablamos por mucho tiempo pero, como cuando era chica, pasados un par de días todo volvió a la normalidad. A un año de aquel episodio, nada volvió a ser como antes. La relación mejoró un poco, pero sé que nunca va a dejar de ser la que fue.

Actualmente estoy de novia, ya hace casi tres años que estoy y recién este año pude contarlo en mi casa. Casi todos los días me inventa algo nuevo con respecto a mi relación o a mi novio. De hecho hoy me dijo por lo bajo, pensando que no la escuchaba: “¿Qué te pensas, que por qué tenés un macho te podes hacer la canchera? Hasta donde yo quiera lo vas a tener”.

Gracias a Dios, si es que realmente existe, aprendí a hacer oídos sordos cuando sé que se viene el momento de desquite. Diría que casi puedo olfatearlo.

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