Yo siempre fui de esas minas que piensan “Si un hombre me toca un pelo, le rompo un brazo”. Supongo que no comprendía el complejo mundo de la violencia. Me creía un ser intocable y todopoderoso, creo que por mi carácter duro. Lo que nunca pensé es que iba a ser tan vulnerable a la violencia psicológica.

Durante tres años salí con Juan Ignacio. Lo conocí en un boliche y automáticamente pegamos onda porque teníamos muchas cosas en común.

Al tiempo de salir con él me enteré que había tenido problemas con las drogas, pero que ya las había dejado. Al menos las más duras, seguía fumando porro cada tanto. Yo se la dejaba pasar porque siempre me consideré bastante liberal y de mente abierta, aunque en el fondo un poco me molestaba que ni bien se despierte prenda uno.

Al mes lo llevé a casa. Tapado de cuero negro, una remera de Slipknot, ojos delineados y tatuajes. A mamá no le gustó nada, por lo que decidí quedarnos solo un rato e ir a lo de una amiga. Al parecer, notó el rechazo de mi mamá y comenzó a tenerle bronca.

Nuestra relación era perfecta, y como siempre fui de llevarle la contra a mi familia, le di la razón cuando me dijo: “Tu vieja esta re loca”.

Siempre fue celoso, no quería que tuviese amigos que él no conociera e incluso le molestaba que hablase con los que ya conocía. Solía hacerme escenas pero no me parecían la gran cosa, al fin y al cabo, yo también lo celaba a veces.

Un día fuimos al cumpleaños de un amigo suyo. En un momento salí a la vereda a fumar un cigarrillo, no le dije nada porque estaba hablando con alguien y no quería interrumpir. Era un cigarrillo, mucho no iba a tardar. Mientras estaba fumando se me acercó uno de los chicos y empezamos a hablar. De repente, sonó un tema de Rodrigo y fue imposible no ponernos a bailar. La situación no era para nada extraña o comprometedora, estábamos bailando rodeada de amigos de mi novio ¿Qué podía pasar? Al minuto Juani también salió a fumar y nos vió. Armó todo un escándalo y tuvimos que irnos de la fiesta. Llorando, le pregunté qué le pasaba. “¿Qué mierda te pensás que haces, pelotuda? ¿Qué hacías bailando con ese hijo de puta? Encima cuarteto, pareces una negra de mierda”, respondió. Yo no me quedé callada y respondí: “Sos un forro Juani, si vos estuviste con pibas que te cagaron no es mi culpa. No me metas a mí en la misma bolsa por favor”. Él se largó a llorar y me pidió perdón, también me prometió que nunca más haría algo similar.

Si mal no recuerdo, esta fue la primera de muchas veces más que hizo una escena así.

Juan Ignacio no trabajaba ni estudiaba, creo que no tenía planes de hacerlo nunca. Yo siempre le pedía que por lo menos terminara el colegio o buscara un trabajo, pero me contestaba con insultos. Un par de veces se mostró entusiasmado de hacerlo, pero le duraba poco. Al otro día volvía con la idea de vivir mantenido por sus pobres padres, ya jubilados.

Siempre me llenó la cabeza en contra de mi familia, aprovechaba cada discusión que teníamos para decir algo malo de ellos. Tan así fue, que termine viviendo con él.

Como no quería vivir de sus padres decidí buscar un trabajo para solventar nuestros gastos, pero cuando me llamaban de algún lugar él decía: “No vas a trabajar en ese lugar de mierda, ya voy a conseguir algo bueno”. Pero ese “algo” nunca llegaba.

Me acuerdo que un día me llamó una chica diciéndome que mi novio le había propuesto tener relaciones, y que, como era amiga de un amigo mío, me llamaba para que sepa con qué clase de hombre estaba. Cuando se lo pregunté, Juani negó todo. Ahí fue cuando caí en que no era la primera vez que hacían este tipo de acusaciones en su contra, pero como dice el dicho, “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Por otro lado, no quería dejarlo porque tenía miedo. Cada vez que amagaba a terminar la relación me decía que iba a morirse sin mí, y hasta que sería capaz de suicidarse. Estaba encerrada, y me sentía cada vez más culpable.

Estuve un año entero, entre gritos y lágrimas, pensando en cómo dejarlo. Me dejé completamente de lado, me daba pena progresar en algo porque quería estar a la par de él. Así se me fueron tres años de mi vida, no rendí materias del colegio, no empecé la facultad, ni trabajé. Era dueña de un miedo abismal, no quería cargar con la muerte de mi novio.

Creo que él dejó un vicio por otro, yo fui su droga durante esos años. Abandonó la cocaína pero se volvió dependiente a mí, y lo peor es que yo pensaba que eso era amor. Sé que suena ilógico pensar que un hombre que te pega y te insulta te ama, pero créanme cuando les digo que este tipo de personas sabe engañar a la perfección.

Hoy en día estoy saliendo con un chico que me apoyo muchísimo. Aquel hombre que puso mi bienestar por encima su amistad con Juan Ignacio. Solo me queda una materia del colegio para recibirme y ya sé a qué universidad voy a ir. La relación con mi familia volvió a ser como era antes.

Aprendí muchas cosas, como por ejemplo, que nadie es intocable o todopoderoso como antes creía. Sé que existe gente con malas intenciones, y por eso me prometo cada día que nunca más permitiré que me maltraten o me menosprecien. Todos valemos mucho más.

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