Fue en 2010 cuando reapareció en mi vida, lo conocí en la universidad años atrás. Reapareció después de un largo viaje a Canadá.

Me contactó y sin pensarlo acepté su invitación de comer juntos. Me platicó que estaba en recuperación de un fuerte accidente que tuvo hacía unos meses, que casi queda paralítico, que su mamá había fallecido recientemente y que había regresado de Canadá para rehacer su vida y echar raíces.

Empezamos a salir como novios. A una parte de mí siempre le pareció que el tipo ocultaba algo, pero entre los detalles y sus buenas pláticas siempre me dejaba anonadada y hacía que se me olvidara por completo esa sensación de que algo no andaba tan bien.

Debo decir que al principio todo estaba bien pero poco a poco fue comportándose más celoso de lo normal. No creí que los celos lo enfermaran tanto. De hecho me angustiaba mucho que pensara que podría engañarlo y trataba de hablar con él para hacerlo cambiar de parecer. Traté varias veces de terminar con él pero siempre me hacía una escena que me hacía cambiar de opinión.

Recuerdo que me rogó para que viviera con él. Me explicaba que me amaba tanto que sólo quería que estuviera con él, me decía que me protegería y cuidaría de mí. Sabía perfectamente cómo manipular mis ideas, tanto que decidí irme a vivir con él. Mi familia era obvio que no estaba de acuerdo pero poco me importó por ir tras de él.

Entendí con el paso de los días que ese hombre dominante no cambiaría nunca y al contrario, poco a poco fue creciendo su nivel de violencia psicológica mientras ya se volvía evidente la física. Todo lo fui perdiendo al paso de los días.

Al principio mi familia y después mi trabajo. Me sentía tan desencajada de la realidad por no ser capaz de llevar a cabo mi rutina sin que él lo autorizara.

Una tarde me estaba arreglando para ir al trabajo y en nuestra conversación salió el tema de mi ex novio. Me preguntó si aún lo seguía frecuentando. Cómo me podía cuestionar eso si sabía mis movimientos, mis horarios de trabajo y todo el tiempo me hostigaba por teléfono. Me ofendía tanto que dudara de mí pues era obvio que no lo hacía, pero no me escuchaba ni me creía.

Me acerqué a la puerta para irme a la oficina y me tomó del brazo, me tapó la boca, yo forcejeaba y trataba de zafarme pero no podía. Yo peleaba, manoteaba sin parar, me azotó sobre los muebles de la sala, sobre la mesa de centro que por cierto rompí.

No sé cuánto duró nuestra pelea. Poco podía respirar y su mano siempre tapó mi boca. Sólo recuerdo que me di por vencida. Lloraba por dentro. No confiaba en mí, tampoco podía ver a mi familia y ni siquiera podía ir a trabajar sin su consentimiento.

A partir de ese suceso comencé a vivir con terror. Sabía que debía utilizar bien mis palabras para no enfadarlo.

Lo que más me pesaba era su prohibición de ir con mi familia, siempre me decía que no podía estar conviviendo con las personas que lo ofendían o no creían en él. Las peleas seguían y el nivel de violencia aumentaba.

Sus emocionales eran muy cambiantes, a veces cariñoso y amable o en otras ocasiones enojado y violento. Fue un infierno vivir con él. Exigía que cumpliera todos sus caprichos, desde darle un masaje, preparar o comer lo que se le antojara o permitirle comprar la droga de su preferencia, manía que por cierto me enteré cuando ya vivía con él.

Las causas de los enfrentamientos violentos eran, por ejemplo, ir en el carro y mirar otra cosa que no fueran sus ojos, opinar distinto a lo que él pensaba o alegar, me decía que yo era la causa de su insatisfacción sexual, etc. Si algo hacía “mal”, me tenía que olvidar de todo, de ir a trabajar, comer o dormir.

Así pasaran los días y las noches enteras, sólo me tenía que concentrar en hacerle más atenciones que redimieran mi error. La frase que usaba para someterme era siempre con un: “resuélvelo”.

No está por demás decirte que mi autoestima se me fue al suelo. Lo peor es que no sabía cómo salir de allí y pensaba que nadie me podría entender. Cuando tenía oportunidad de hablar con mi mamá, le hacía creer que era la persona más feliz del mundo porque no quería preocuparla demás. Pero cuando colgaba no podía parar de llorar.

Mi apariencia cambio por completo. Se volvió inusual mi arreglo personal, creo que hasta me sentía culpable cuando quería invertirle tiempo a mi peinado o maquillaje. Me volví otra persona. ¿Mi trabajo? Nunca volví.

Increíblemente cada que decidía levantarme de la cama para ir a trabajar él respondía con jaloneos de cabello, golpes y si me resistía mucho, ponía su mano, que abarcaba todo mi cuello, hasta casi provocarme la asfixia. Debía quedarme en la cama sentada, no podía salirme de un área determinada. Creo que eso pasó más de dos semanas hasta me convencí que era imposible llevar una vida normal.

Me fui aislando. Primero de mi familia, después de mi trabajo y por último de mis amigos. Realmente me quedé incomunicada, me quitó el celular, mi dinero y siempre estaba conmigo. A donde fuera, él estaba conmigo. Si estábamos en nuestro cuarto, no podía siquiera ir al baño si no lo autorizaba y mucho menos bajar las escaleras de la casa sin su consentimiento.

Pasé angustia cuando se fue terminando el dinero, ¡mi dinero! Sin embargo fue lo mejor que pudo haber pasado. Como no había dinero, no había forma de costear ninguna droga y por lo tanto emergió el hombre bueno que un día conocí. Pensé que se los problemas se habían ido y al poco tiempo Dios nos mandó una bendición. Dicen que todos los niños traen su torta bajo el brazo y en mi experiencia no fue la excepción.

Comenzamos a trabajar en el mismo lugar todos los días de la semana porque obviamente no podía alejarme de él. Pero bueno, nos gustaba mucho lo que hacíamos, nos desempeñábamos dignamente como docentes en una preparatoria y nos llenaba de alegría.

La situación económica mejoró bastante. Pudimos cambiarnos de casa a un lugar más bonito y más grande. Nuestro estilo de vida cambió por completo. En éste punto comprendí el verdadero significado de un adicto. Era inevitable que dejara de consumir drogas por lo que volvió al vicio y todo se fue arruinando de poco a poco. El dinero ya no alcanzaba; sus celos comenzaron a surgir al igual que su obsesión por vigilarme.

En año y medio supe lo que era convivir con la violencia extrema tanto física, psicológica, económica y sexual. Hasta que por fin me decidí a denunciarlo.

Fue en el momento en el que sin razón alguna me dejaba encerrada sin comida en nuestra casa mientras él iba a trabajar, mientras yo “gozaba” mi incapacidad por maternidad. Obviamente me costó comprender que aunque lo amara mucho, nunca cambiaría y mi vida corría peligro. ¿Qué puedes esperar de un hombre que te golpea y humilla cuando gestas a su bebé? Exploté.

¡Suficiente! ¡Nunca más! ¡Me lastimas! ¡Estoy cansada! ¿Acaso no sabes que tengo hambre, que tengo ganas de dormir tranquila, que tengo casi ocho meses de embarazo y ni un gramo de grasa encima? Me da miedo tu mirada de desapruebo, tus silencios de enojo, tu necesidad de atenciones. Es mi dinero idiota. Quiero ver mi cuerpo sin moretones. Estoy harta de ti.

Me lo repetí una y otra vez. Pensar así me dio fuerzas para denunciarlo.

Actualmente creo que pude evitar ésta amarga experiencia pero no fue así. Aunque pasó más de un año, reaccioné y fui resiliente. Timé al perro. Timé al demonio. Sigo viva. Mi hijo y yo seguimos vivos y soy feliz. Tengo un trabajo digno y mi familia está conmigo. Por ahora la justicia humana está presente, ya se emitió la orden de aprensión para este sujeto.

No sé en qué acabará su vida pero sólo pido nunca se acerque a mí.

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