Durante dos años estuve tratando de huir de un huracán plagado de emociones. Pasé los que deberían ser mis mejores años de adolescencia (17, 18 y 19 años) viviendo una pesadilla, y puse en pausa mi propio yo para poner delante de mí, y de todo lo demás, al amor de mi vida.

Desde el principio viví sus enojos desmedidos por situaciones completamente absurdas como, por ejemplo, contestar dos minutos tarde un mensaje. Así me gané decenas de insultos y maltrato. Con el tiempo también se le sumaron los celos y las prohibiciones, sólo hacia mi obviamente. Ya no me dejaba usar ninguna red social si no era para hablar o subir fotos con él, porque de otra manera, los demás chicos podrían verme y alejarme de su lado. Tampoco podía participar de grupos de WhatsApp en lo que hubiera personas del sexo masculino, no podía tener amigos ni ir a actividades de recreación en las que hubiera hombres, léase teatro, danza, canto, etc. Sólo me dejaba pedirle apuntes a mujeres. Podría pasarme horas enumerando más situaciones, pero creo que ya se imaginan el resto.

La relación se convirtió en una discusión constante, peleábamos porque todo lo que yo hacía -o sea, vivir como una persona normal- le hacía mal y siempre terminaba todo con él exigiéndome que me haga cargo de lo que había hecho, que lo tranquilice y que “haga algo para arreglarlo”, mientras me insultaba y me pedía que me suicide, ya que para él yo fui un tumor en su vida y lo mejor sería que me muera. Después de horas interminables de pelea, lograba calmarlo y volvíamos a ‘estar bien’, o lo que para mí eran ‘los momentos de tensión sabiendo que no faltaba mucho para otra pelea de esas’.

En medio de todo eso estaban mis desórdenes alimenticios, mis crisis nerviosas, mis cortes, mis rasguños en la piel, mis golpes a mí misma, mis deseos de morir y, más adelante, mis intentos de suicidio, junto con su adicción a la cocaína.

Demasiado tiempo pasó con la misma rutina cuando me di cuenta que todo había evolucionado. Yo había empezado la facultad y él sólo me ponía trabas, más celos, más peleas, más insultos y más agresión.

Al año y medio, casi llegando a los dos, se dio una pelea muy fuerte. Resultó ser que yo no le había agradecido por llevarme al médico. Estábamos en el auto, y en medio de su brote de ira, decidió ponerlo en marcha y llevarme a la villa para que vuelva caminando, así aprendería a valorar. Tuve una crisis nerviosa en ese momento, de la cual él se burló mientras yo no dejaba de lastimarme y llorar en el asiento del acompañante. Me decía que se lo estaba haciendo a propósito y cada vez se ponía más loco. Terminé intentando abrir la puerta en medio de la avenida y con el auto andando. Cuando tuve la oportunidad, no pude hacerlo y él, pensando que así podría romperle el coche, frenó y me dejó bajar. Ese día dije basta. Horas después de ese momento, vino a mi casa y me pidió perdón a llanto limpio. Como siempre hacía, me prometió cambiar, pero me mantuve firme y le corté.

No pude, seguimos hablando unas semanas y al poco tiempo volvimos, con la condición de que si nos peleábamos de nuevo íbamos a cortar definitivamente.

Peleamos de nuevo.

Cuando nos juntamos a hablar en mi casa para hablar de lo sucedido, todo salió mal. Se enojó demasiado, me insultó y me levantó el brazo al grito de: “¿querés que te pegue?”. Finalmente me quiso pegar y me corrí, su puño golpeó la pared, a milímetros de mí. Le abrí la puerta para que se fuera, pero me empujó contra las rejas y me cortó la mano.

Más tarde me habló y me dijo: “ya viste de lo que soy capaz, alejate de mí”, pero ni siquiera él lo cumplió.

Nos buscamos mutuamente, nos encontramos y seguimos hablando como siempre, aunque habíamos quedado en no volver hasta que él cambiara.

Una tarde me insistió para vernos y vino a mi casa. En un momento me preguntó si me hablaba con alguien más, me entró pánico, así que le dije que no. Le mentí obviamente porque tenía miedo de que pueda lastimarme. Él se enojó, dado que me había revisado el celular cuando yo no estaba, Me lo sacó de las manos en el momento y lo revisó todo. Me insultó, me empujó y me quiso pegar otra vez.

Esa noche me llamó y me amenazó con subir fotos mías si no le daba toda la información sobre esos chicos con los que había hablado. También amenazó con pegarme, con mandarme a matar, y con cagarme la vida por todo lo que le hice. A cada respuesta mía que no le gustaba, me enviaba una foto que podría ser subida. Me tuvo así toda la noche, y el día siguiente.

Estaba por ir a denunciarlo cuando caí en todas las cosas que podrían pasar si lo hacía, después de todo, un papel no puede evitar el daño que me puede hacer. Él me enviaba mensajes y yo lo evitaba, hasta que me llegó uno que decía: “vas a ser famosa”. Le empecé a contestar, tuve miedo, me pidió que lo ayudara, que le haga bien. Que lo calme. Pero a la vez me insultaba. Le inventé que mi familia sabía todo, que me deje en paz y que lo iba a ayudar pero que se calmara. Me dijo que no iba a subir las fotos porque “me amaba”, pero que haga algo por él. Le pedí que, si quería que lo ayudara, se tranquilice o sino lo iba a bloquear. Se enojó y me pidió que lo bloqueara. Lo hice.

No hable con él por una semana hasta que no pude más y le hablé. Sí, volví a lo mismo. Soporte nuevos insultos, y ahora la culpa era mía, así que necesitaba que él me perdonara. No podía vivir sin él, más allá de todo, lo amaba con locura -sobre todo eso último-.

Tuve un atraso de una semana.

Cuando le conté, me trajo un test de embarazo. Fue muy frío, distante. Era un momento horrible para mí. Estaba muy deprimida, sola y con miedo. No pude hacerlo, le pedí que habláramos de nosotros, no quiso y se enojó. Tuve la peor crisis nerviosa de mi vida, no daba más, quería morirme. Me vio en el peor estado, llorando, temblando, gritando, lastimándome, rogándole que me ayudará, que me diera un abrazo, que no me dejara sola por una vez… “Quiero verte así, quiero que sufras y te lastimes”, me dijo mientras se reía. Me volví loca, ya estaba en el piso gritándole mientras él me amenazaba con llamar a la policía para que me calle porque los vecinos iban a pensar que él me estaba pegando. Le tuve que abrir la puerta cuando no podía ni moverme y me quedé sola en el peor momento. Más tarde me hice el test, negativo.

Días más tarde me volvió a buscar para saber cómo estaba. Terminó diciéndome que quería estar conmigo porque había cambiado y que, si íbamos despacio, él podía hacerme bien.  Así que lo intentamos, él se hacía el que me estaba perdonando y yo intentaba hacerme la que estaba bien la decisión que había tomado.

De un momento a otro, todo volvió a la normalidad, nos peleamos y tuve otra crisis nerviosa en la que me dejó sola “porque quise llamar la atención”. Mi familia se dio cuenta porque tenía toda la cara rasguñada. Tuve que decirle por teléfono que no podíamos volver, me prohibieron volver a verlo y me mandaron al psicólogo. A pesar de eso, hablábamos cada tanto para saber de la vida del otro. Insistió, pero no nos volvimos a ver, y ya hace dos semanas que no hablamos.

Hoy sería nuestro aniversario.

Por mi parte sólo recibió compresión, perdón, apoyo y respeto. Recibió amor, fui una persona completamente enamorada.

Escribo esto porque me duele, porque no dejo de llorar y porque busco la manera de sacar lo que tengo adentro. Ojalá hubiera recibido un “perdón” de su parte, me hubiera sanado un poco. Pude tener errores, pero nunca le hice mal a propósito, con tan poca edad no era necesario pasar por estas experiencias, yo no merecía eso. Nadie lo merece.

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