Fui amante de un hombre casado unos tres años. Al principio era todo color de rosa, pasión desmedida, diversión y muchos planes a futuro.

Con el pasar del tiempo todo se volvió una pesadilla. Los golpes y los insultos estaban acabando conmigo. A veces me ignorada durante todo un día, o una semana entera. Cuando quería hablar con él me decía que lo tenía harto y que ya no me quería. Todo esto era parte de mi relación, era lo que yo vivía todos los días.

Él era un hombre adinerado pero con muy poca educación, estaba donde estaba por pura suerte. Yo, en aquel entonces, era una abogada recién recibida pero que no trabajaba porque me obligaba a depender económicamente de él.

Día a día me tragaba la culpa, pensaba que todo era mi responsabilidad y que había hecho las cosas mal.

Realicé tratamientos para tener un bebé pero mi felicidad duró poco, a las 14 semanas me dio una paliza tan grande que acabó con mi embarazo. Ese recuerdo aún me eriza la piel. Él sabía que mi embarazo era delicado, pero nada le importaba. Esa noche pareció eterna, yo traté de defenderme como pude, sabía que físicamente no iba a poder, entonces comencé a rogarle que me dejara en paz, que no le haga nada a nuestro bebé.

Al día siguiente fui inevitable el aborto.

Lloré y sufrí como nunca, pero sola, dado que él desapareció dos semanas.

Cuando pude recomponerme lo busqué y le conté lo que había pasado, pensando que él se sentiría de la misma forma que yo. “Mejor que lo perdiste, porque no ibas a saberlo cuidar bien”, dijo.

Lo perdoné una y otra vez, me refugié en el alcohol y caí en la más profunda de las depresiones.

Ahora me doy cuenta de todo. La gente como él no cambia ni tiene conciencia de nada, si lo hizo una vez lo hará siempre.

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