Convivo con la soledad a diario, a mis 27 años. Estoy en proceso de desintoxicación puesto que he decidido abandonar mi adicción a las drogas. En algún momento pensé que morir a esta edad era todo lo que me esperaba, juntaba las pastillas que el psiquiatra me recetaba para todo el mes y las contemplaba fijamente. Pero me autocompadecía antes de sucediera la gran desesperanza de tener que decidir entre consentir esa violencia, o sufrirla. Morir no es opción, pero aquel día lo fue.

Recuerdo muy bien la fecha. Ese 4 de marzo, el bus nos llevó a un barrio sur de la ciudad donde ocurrió. Recién estaba amaneciendo. Había 2 hombres.

Le faltaban los dientes de adelante al de chomba verde. Él fue quien me prometió que al llegar me esperaría una bolsa de base de 5 dólares. Dentro del bus me dieron diazepam, el cual tomé sin meditar porque estaba acostumbrada a los medicamentos, creí que una pastilla no me haría nada. Ahora que lo pienso, ninguno de los dos debió tomar ni la cuarta parte de lo que yo consumí. Cuando me distraje, cruzaron palabras entre ellos. “¿De qué hablan?”, pregunté. Seguro lo estaban planeando.

Llegamos al barrio y entramos a la casa. El hombre de chomba verde me invitó a recorrer, mientras buscaba la supuesta bolsa que me había prometido. Accedí.

De repente sólo pude distinguir 4 sombras: una verde, una azul, una roja y la última, violeta. Todas se volcaron sobre mí, dejándome inmóvil de un golpe en el borde de la mandíbula y empujándome hacia el centro de la cama de ese cuarto. No tuve fuerzas para evitarlo.

Recuerdo tener el cuchillo en el cuello, la venda en los ojos y las manos atadas. “Mátenme”, grité. Simplemente no lo hicieron.

Tuve miedo, creo que eso fue lo que me impulsó a dejar todo. Saber que pude haber quedado embarazada o haber contraído cualquier enfermedad. Cerré los ojos y pude imaginarlos haciéndole lo mismo a otra mujer.

“¿Por dónde fue la agresión?”, preguntó. Ella me hace el examen físico y además me pide un toxicológico. Está acostumbrada a ver este tipo de cosas y no se angustia, sin embargo yo sí. Respondí a cada pregunta que me hizo, pues lo recuerdo todo con precisión.

Saber que por la droga puedes llegar a venderte y a perder tu espíritu, duele. Mueres lentamente, ratificando aquella autodestrucción.

Hoy tengo una llama que crece dentro de mí, no sé si algún día dejará de quemar pero percibo que está allí por alguna razón.

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