Creo hoy en día que la muerte de mi padre fue, en parte, el desencadenante de todo lo que paso después. Falleció cuando yo tenía 10 años. Con mi mamá siempre me llevé bastante mal porque nunca quería hablarme de él y además traía distintos novios a casa que no lograban conectar conmigo. Ocho meses después de la muerte de mi papá trajo al primero.

Cuando tenía 12 llegó Eduardo. Para ese entonces con mi vieja vivíamos peleando, no podía soportar que el chabón cayera con un tetra de tinto mientras ella cocinaba y que desde el sillón, le pidiera que le sirva con la excusa de que era mujer y debía hacerlo. ¿Quién era para exigir eso? Por suerte ni siquiera vivía con nosotras pero había días en que se quedaba a dormir.

Mi mamá me cagaba a palos. Yo, al mismo tiempo, me descargaba sobre mi hermana menor, porque ella estaba contenta con Eduardo en casa. Y claro, él vivía haciéndole regalos y ella era una nena que todavía no entendía mucho lo que pasaba.

Una noche, después de una fuerte discusión, me encerré a llorar en mi cuarto. Al rato apareció Eduardo y me dijo:

– No llores. ¿Qué pasó entre vos y tu mamá? En mí podes confiar. No quiero ser tu papá, pero puedo ser tu amigo. O más que tu amigo.

A la noche,  mi hermana, dejaba la puerta de nuestra habitación abierta y porque le tenía miedo a la oscuridad. Yo a veces me desvelaba y sentía cómo, a mitad de la noche,  el tipo salía del cuarto de mi mamá y se asomaba para vernos. Me tapaba y me hacía la dormida hasta que sentía que por fin se había ido.

Dos años después,  él ya no se asomaba a mirarnos mientras dormíamos, sino que entraba. Podía sentir su mano deslizarse por mi pierna de la manera más asquerosa que alguien se pueda imaginar. Yo me quedaba quieta en la oscuridad, no podía hacer otra cosa.

En ese tiempo sentí que mi vieja me había advertido lo que podía llegar a pasar. Siempre criticaba mi forma de vestir, ya que había cambiado los joggings por los jeans, usaba remeras con un escote pronunciado, y maquillaje que se reducía a un poco de delineador. Siempre me decía que esta nueva forma adolescente de vestirme provocaba a su pareja. Según ella, Eduardo obviamente me iba a mirar más a mí, y no a una mujer de 38 años que llega cansada de trabajar todo el día. Incluso había sumado una cachetada a esta advertencia. Yo no supe decirle nada.

Durante varios años fuimos de vacaciones a la costa con él y sus hijos. En la playa me veía obligada a alejarme porque cuando nos metíamos al mar, él intentaba manosearme por debajo del agua para que nadie viera.

Mientras yo mantenía cierta distancia, Eduardo manoseaba y acosaba a las amigas que su hija invitaba a veranear. Por suerte a mí hermana nunca le hizo nada, le tenía aprecio y la trataba bien. A mí, en cambio, me dañó muchísimo.

A los 16 me cansé y hablé. Hacía calor, yo estaba en mi cuarto leyendo en corpiño con el velador prendido cuando comencé a sentirme observada. Eduardo estaba haciendo algunos arreglos en mi casa y pude verlo asomándose por la ventana y mirándome fijo. Apagué la luz y me puse una remera. Cuando él se fue, fui corriendo a contárselo a mi mamá pero no me creyó, me dijo que era una confabuladora, que no quería verla feliz, que era igual a mis abuelos y a mi tía quienes querían que ella se quedara sola.

Diciéndole que Eduardo me acosaba estaba sacándole al único hombre que la quería y que la hacía feliz. Me gritó, me pegó y se fue con él para pedirle explicaciones, obvio que negó todo. Mi vieja volvió a tratarme de mentirosa y no se habló nunca más del tema.

Adrián era uno de los hijos de Eduardo, tenía 24 años y su personalidad no se alejaba mucho a la de su padre. En ese entonces yo ya tenía 17 y quedé cegada ante las promesas de amor que él me hacía. Pero detrás de eso se encontraba un abuso sistemático del cual yo no era consciente. Recuerdo que tiempo después me prometió que nos íbamos a casar.

Cuando Adrián me dejó embarazada, su padre intervino para defenderlo y para que no se hiciera cargo. Aseguró que yo obligué a su hijo, un chico de apenas 24 años, a hacer cosas que él no quería. También dijo que Adrián ya tenía novia y que seguramente el hijo que yo tenía en mi vientre no era de él porque yo era una puta.

La relación de mi mamá con ese tipo me hizo mucho mal. Por suerte terminó hace muchos años.

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