Es muy difícil recordar esto y no sentir asco y dolor. Ya pasó tiempo y aun así puedo sentir ese olor y esas manos que tocaron mi cuerpo hasta desgarrarlo por completo.

Yo tenía 15 años cuando él tuvo su primer acercamiento. Era una fiesta o una reunión familiar en la casa de mi tía abuela, todos reían recordando viejos tiempos mientras yo jugaba con mis primas para pasar el tiempo. En un momento me percaté de que el padre de las nenas estaba mirándonos hacía rato. Solo miraba, no emitía sonido alguno. Luego se acercó y comenzó a jugar con nosotras, recuerdo que tenía un olor a alcohol insoportable. En ese mismo instante, metió su mano por dentro de mi remera. “Te pusiste muy linda nena. Estás a punto caramelo ¿Sabes?”, dijo. Yo no hice nada, me quedé quieta y mire fijamente a sus hijas. No podía entender lo que pasaba: ¿cómo ese hombre que me vio crecer se podía comportar así conmigo frente a sus niñas?

Se apartó cuando una de sus hijas le preguntó qué estaba haciendo,  mientras se alejaba, miraba y sonreía. Le conté a mi hermana mayor lo que había pasado y me dijo que no me pusiera mal, que el tío había tomado mucho.

En cada reunión familiar buscaba la forma de estar cerca de mí. Inventaba que debía comprar algo y me obligaba a acompañarlo. Siempre decía lo mismo que la primera vez: que había crecido muy bien y que él siempre estaría conmigo. Esa frase, su sonrisa y su mirada eran lo suficientemente perversas como para ponerme incómoda y querer huir de ahí.

Mi mamá no entendía por qué nunca quería ir a las reuniones familiares, siempre me reclamaba que la hacía quedar mal. ¿Cómo decirle que su primo me hacía semejantes cosas? Por la diferencia de edad que sostenían, mi mamá le había cambiado los pañales y había ayudado con su crianza. Era el hijo ejemplar y el señor de la casa, jamás me creerían.

Pasó un tiempo y ya con 17 años pude comenzar a decidir a donde ir y a donde no. Dejé de frecuentar a esa parte de la familia y todo iba quedando en el pasado.

Un día, estaba esperando el colectivo y un auto se paró frente a mí. No le di importancia, me giré y me puse los auriculares. En ese ínterin veo que era el auto de mi tío. No supe que hacer, me quedé paraba y lo miré mientras se acercaba. Hablamos un poco y cuando se quiso despedir me dijo que acababa de salir de trabajar y que iba a ir para su casa porque todavía no era hora de ir a buscar a sus hijas al colegio, también se ofreció a llevarme. Lo pensé detenidamente y dije que sí, ya no era la nena que era antes y no parecía que él tuviera malas intenciones.

El auto se dirigió directamente a su casa, no se detuvo a pesar de mi insistencia. Tampoco dejó de tocarme. “Vos sabías dónde te metías cuando accediste a que te llevase a casa, ya estas crecida y te dije que iba a estar con vos siempre ¿Me vas a seguir diciendo tío cuando te haga mojar toda?”, dijo.

Cuando llegamos a su casa metió el auto en el garaje, cerró todo y recién ahí me dejó bajar. Me mostró toda la casa, los cuartos de sus hijas, la cocina, su cuarto y hasta el patio. Yo no decía nada, sólo miraba la puerta, pero por alguna razón no podía mover mis pies para llegar a ella y huir. Me acercó un vaso con jugo y me dijo que tome, a lo que respondí negativamente. “Te conviene tomar”, me dijo y accedí. Allí comenzó lo peor, empecé a sentirme mareada y ya no tenía control alguno de mi cuerpo. Él me alzó y me llevo hasta el sillón, donde comenzó a besarme. Por dentro sentía asco y mucho miedo, sentía todo pero no podía moverme, sólo llorar. Me sacó toda la ropa y, ya desnuda, me llevó al cuarto.

“Nadie sabe que estas acá así que podes gritar, pero si lo haces te conviene que sea por placer porque si no la vas a pasar muy mal”, dijo.

Hizo conmigo todo lo que quiso, me violó, me besó, me obligó a practicarle sexo oral y como ya no era virgen me dijo que iba a hacerme algo que seguramente nadie me había hecho. Sus palabras me generaban cada vez más rechazo: “Esa cola va a ser mía por siempre ¿Sabes por qué? Porque voy a ser el primero”.

Cuando se cansó, se tumbó de lado y se quedó dormido. Yo estaba sangrando, me había lastimado de tal forma que no podía ni mantenerme en pie. No podía hacer más que llorar en silencio.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que se despertó, sólo sé que cuando lo hizo me levantó, me llevó al baño y me limpió. Luego me vistió y me llevó hacia su auto. Yo no reaccionaba, estaba callada, herida y él seguía tocándome. Se despidió de mi diciendo: “¿Viste qué el tío sabe cómo hacerte sentir mujer? Sos tan rica pendeja que me dan ganas de hacerte lo mismo una y otra vez. Te vas a acordar siempre de mi”

Antes de dejarme cerca de mi casa, me amenazó. Me dijo que si hablaba iba a ser peor para mí porque nadie me iba a creer, y que además, me haría cosas horribles.

Me dejó ahí, ensangrentaba y dolorida. Mi cuerpo no era más mi cuerpo, de hecho nunca más volvió a ser mío. Me robó todo y me dejó una sola opción: no olvidarme nunca de él.

(Visited 13.406 times, 4 visits today)