Creo que todo empezó de la misma forma que en muchas relaciones de este estilo. Él era un hombre tierno y amoroso que me respetaba profundamente.

A eso de los seis meses las cosas fueron cambiando y convirtiéndose en un tormento. Comenzó pidiéndome la clave de mis redes sociales por celos, y de manera agresiva. Ya no podía ni hablar con alguien porque a él le disgustaba, y además revisaba todos mis mensajes. Era más dueño de mi celular que yo.

Tenía bastantes problemas con mi autoestima, me veía mal ante la mirada ajena. Por eso, recibir tanta atención del chico que me gustaba, me hizo viajar a una especie de paraíso en medio de las ruinas de lo que consideraba ser yo.

A mis problemas personales y a mi falta de cariño propio, se le sumaba él dejándome sola e ignorándome cuando se le daba la gana. Desaparecía todos los fines de semana y no respondía ni mensajes ni llamadas, lograba desesperarme.

Para mí ya era tarde, estaba muy enamorada como para darme cuenta de lo que pasaba. La realidad es que no sentía que él me estuviese maltratando, ni tampoco me identificaba como una mujer maltratada. Mucho menos pude darme cuenta que este era el principio de algo peor.

Hubo un día en que mi autoestima subió de golpe, fue cuando me llegó una carta de la universidad donde decía que por fin podría entrar. Mi felicidad fue inmensa. Sentí que era lo mejor que podía pasarme porque me ayudaría a alcanzar una meta en mi proyecto de vida.

Él se encargó de destruir mis expectativas y mi gran sueño.

Cuando fui a contarle la noticia dijo “Cuando estés allá vas a tener algún amante y me vas a dejar”. Realmente me rompió el corazón que no se haya alegrado por mí. Solo pensó en él y en sus celos irracionales. Era mi momento, y lo arruinó.

A pesar de todo me dejó ingresar pero con la condición de ir todas las noches a recogerme. Si tardaba 5 minutos más de lo normal en salir, me acusaba de haber estado con algún hombre haciendo vaya uno a saber qué.

Cuando hablaba con algún amigo no paraba de gritar e insultarme. Otras veces, lloraba diciendo que no lo valoraba como hombre y preguntando cual era la necesidad de hablar con otro. Yo sentía que estaba en lo cierto, vivía justificándolo porque me hacía creer que le daba motivos para desconfiar.

En sus ratos libres me llamaba al celular, si pasaban tres llamadas y no contestaba daba por hecho que estaba con otro.

Intenté dejarlo varias veces pero siempre supo manipularme. Decía que iba a hacerse daño o que iba a suicidarse, y esto me daba mucho miedo.

Una madrugada me llegó una imagen suya, se había hecho múltiples heridas cortantes en el pecho para que no lo dejara.

Así pasaron dos años hasta que llegó el día en que decidí acabar con esa situación de una vez por todas. Ya estaba harta de gritos, insultos, celos, maltrato y golpes. Me cansé de que terminara la relación cada fin de semana. Me cansé de sentirme culpable por lo que podría llegar a hacer.

Creo que algo me iluminó, sinceramente no sé cómo lo hice pero tomé la valentía suficiente para decidir que la relación debía terminar. Dejé de sentirme culpable y, por primera vez, pensé en mí. Lo alejé de mi vida.

Las cosas se tornaron completamente distintas, hasta mi aspecto cambió. Empecé a relacionarme con gente que me aporta cosa buenas y cambió para bien mi forma de pensar. También encontré a alguien muy diferente, que llena mis días de alegría.

Siento que ahora tengo todo para ser feliz.

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