Cuando te mira con esos ojos vacíos y te habla con esa voz carente de sentimientos, siento que no es ella. No es la misma de hace dos años atrás, cuando todavía no estaba consumida por una obsesión.

Hace dos años conoció a su peor error, a quien ella confunde con el amor de su vida. En ese entonces, los tres íbamos al mismo colegio. Nosotras teníamos 15, él 18. Al principio todo era hermoso y yo me puse contenta por ellos, en especial por mi amiga, por verla feliz. Pero con el tiempo las cosas cambiaron. Son incontables las veces que la vi llorar mientras me contaba los motivos de sus peleas, tremendas escenas de celos por cosas tan insignificantes como saludar a un amigo o tardar cinco minutos en responder un mensaje. Le aconsejé que, si era infeliz, era mejor que cada uno siguiera su propio camino. Hasta el día de hoy se lo sigo repitiendo.

Luego de cambiarme de escuela ya no la vi tan seguido como antes, pero seguía estando ahí para cuando necesitara hablar con alguien. Creo que soy la única que la escucha y, aun así, siento que hay muchas cosas que no sé.

El año pasado, él la engañó con otra chica, y no tenía vergüenza de mostrárselo a todo el mundo. Ella estaba destrozada y hasta llegó a decirme que, sin él, su vida no tenía sentido. Juró que nunca se lo iba a perdonar, pero hoy siguen manteniendo esa misma relación enfermiza. Se lastimaron mutuamente, se insultaron, se golpearon el uno al otro, los dos fueron infieles en distintas ocasiones, pero dicen que se aman. ¿Pero qué es el amor para ellos? El amor no es acostumbrarse a llorar, no es estar todo el día juntos por obligación, no es apropiarte de la vida del otro. El amor es libertad. Ellos viven presos de una obsesión que duró dos años y quién sabe cuánto tiempo seguirá durando.

—Si no se quieren, ¿por qué siguen juntos?— le pregunto cada vez que ella me cuenta la misma historia de siempre. Cuando habla de él, está como apagada, como si la infelicidad tuviese la cara de a quien dice amar. Nunca sabe qué decirme, pero yo ya sé la respuesta. Él destruyó todo lo que era antes, la convenció de que no valía nada y de que nadie la querría como él, la manipuló con lástima y llantos, hizo que se acostumbrara a necesitarlo y a creer que no existía una vida sin él. Y lo odio por eso.

Hoy las dos somos jóvenes, tenemos tan sólo 17 años. Hace un par de días, él se tatuó su nombre. “Qué tierno, lo hizo como muestra de su amor por mí”, me dijo ella mientras me mostraba una foto. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, porque supe que esa era otra manera de mantenerla atada, porque así se aseguraría de que ella no podría dejarlo jamás. No sé cuál de los dos está más enfermo: si él, que calcula todas sus acciones para manipularla cada día un poco más, o ella, que está tan cegada por el amor que no puede ver la realidad.

Extraño a mi amiga. Extraño sus chistes, su alegría y su sonrisa, sobre todo su sonrisa. ¿Pero qué más puedo hacer? Sólo esperar que esté bien, y que pronto logre ver todo con claridad, antes de que sea demasiado tarde.

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