Llegó ebrio. La pestilente fragancia etílica se hizo notar cuando cruzó la puerta. Por ese entonces vivía sola. Le pedí que se retirara, que habláramos en otro momento cuando estuviera sobrio, pero empujó la puerta y por lo tanto también a mí que estaba del otro lado. Entró.

Se subió encima de mí mientras me apretaba el cuello repitiendo que no se iría, que estaba cansado de que lo llame para decirle que no tome y que se dedique a estudiar. Le repetía que solo quería que él estuviera bien y que no quería que sigamos así.

Me costaba respirar con él encima. No podía salirme, luchaba con todas mi fuerza pero era imposible. En un momento logré empujarlo y correr hacia el baño, donde me encerré. Quería salir a buscar mi celular pero tenía miedo. Comencé a escuchar sonidos extraños del otro lado.

Lo que sonaban eran mis cajones dados vuelta con todas mis cosas en el suelo. Ahí salí y llorando le pedí que por favor parara, que yo no lo había conocido así. Logré calmarlo un poco mientras me decía que me quería y que no sabía por qué actuaba así.

Me costó digerir su cambio. Esa noche me di cuenta que ya no podía seguir.

Por ese entonces estudiaba psicología y logré entender que primero siempre es uno y luego los demás. Que si no te hacés respetar, nadie más lo hará.

Quien te ama no te lastima.

Nunca.

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