“Te entiendo, yo también mantuve una relación violenta”.

Hasta ahora eso fue lo único que me atreví a decir sobre lo que me pasó. Esta es la primera vez que voy a contarlo de pies a cabeza.

Mi historia comienza cuando tenía 13 y termina una vez cumplidos los 16. Me cuesta dar detalles porque tengo miedo, nunca fui libre de él, de hecho hoy en día siento que no lo soy.

Lo conocí a través de un amigo del barrio, con quien actualmente sigo teniendo relación porque nunca le conté nada. En ese entonces él tenía 4 años más que yo, unos 17. Comenzamos a hablar, paseábamos e íbamos por helado. Todo muy inocente porque éramos unos niños, o por lo menos yo. La segunda vez que lo vi, nos besamos y me invitó a su casa para ayudarme con algo del colegio que le había comentado.

Yo entendía tan poco lo que estaba pasando que casi ni lo recuerdo, tal vez mi cabeza este bloqueándolo, no lo sé con precisión. Lo único que sé es que ese día se llevó mi virginidad.

Me hizo crecer de golpe.

Hoy, pensándolo detenidamente, me parece terrible que haya utilizado la ausencia de mi padre para poder entrar carnal y emocionalmente en mí.  Mi madre siempre andaba muy ocupada trabajando para que no nos falte nada. Los problemas siempre rodeaban a mi hermana, yo era muy introvertida, no causaba conflictos. Él se aprovechó de todo esto y ocupó el lugar de figura paterna. Su trabajo psicológico había comenzado mucho antes de que pudiera darme cuenta.

Todos ya sabemos lo que pasa en los próximos meses. Los psicópatas se manejan todos de la misma forma, ya lo habrán notado. Nos tratan como reinas, son simpáticos y atentos. Nos hacen creer que son únicos, que los necesitamos para vivir y así, poco a poco, se van comiendo nuestras vidas.

Me iba pésimo en el colegio, no tenía amigas, mucho menos amigos y no salía a la calle sin él. Prácticamente controlaba mi vida y casi que vivía en su casa. Encima de todo, debía soportar el odio de su hermana, vaya uno a saber por qué.

Al año siguiente todo empeoró.

Cada vez se le sumaban más cláusulas a ese contrato terrorífico que había firmado sin darme cuenta. No podía ir a cumpleaños y debía darle mis contraseñas para que pudiera leer mis conversaciones. A mí me parecía algo natural, nunca había tenido novio y pensaba que hacía todo eso porque se preocupaba por mí. Tenía tan solo 14 años.

En una ocasión volví antes de un cumpleaños de 15 porque él me lo pidió. Dijo que era muy tarde y que me vaya a su casa en un remis. Estaba pidiéndolo cuando un amigo se ofreció a llevarme. No me pareció mal, era tarde y sinceramente prefería ir con alguien conocido. Me llevó hasta la casa de mi novio. Él bajo a abrirme y cuando mi amigo vio que entré, inocentemente, tocó bocina para saludar.

Esa madrugada recibí mi primer golpe.

Pasados ya 7 años sigo recordando como se golpeaba la cabeza contra la pared, diciendo que no podría creer que su novia fuese tan puta como para subirse al auto de un hombre mayor que ella.

Nada mejoró, nunca. Seguí perdonando sus celos y sus ataques porque para mí de eso se trataba el amor.  Además, repetí de año en el colegio y entré en una depresión muy grande. Estaba más vulnerable que nunca.

Escribiendo estas líneas, me retumba en la cabeza una espeluznante frase que él soltó mientras yo lloraba en posición fetal, después de una terrible golpiza.  Me había ahorcado y arrastrado por el suelo, diciéndome lo puta que era. Luego susurró “Perdoname, sos un angelito hermoso”.

Mis 14 y 15 años fueron lo peor. Mis papás no jugaban ningún rol ya que él era el novio perfecto ante la vista de todos. Mis amigos ni se metían, los había amenazado de muerte reiteradas veces.

En mi fiesta de 15 nos comprometimos ante los pocos invitados que me dejo poner en la lista. Compró un anillo y me prometió amor eterno, volví a enamorarme de él.

En esa época, empecé a sentirme rara porque no me daba mucha bola. Salía con sus amigos y casi ni me hablaba. Siempre se enojaba conmigo y me eliminaba de Facebook, hasta que un día me bloqueó y nunca más me agregó.

Nunca pedí explicación, me aterraba la respuesta. Descubrí que estaba saliendo con otras chicas, incluso más jóvenes que yo, recién ahí entendí todo. El círculo de violencia en el que estábamos metidos era tan grande que fui y le rompí la moto porque quería estar igual o más loca que él.

Desaté sus peores demonios. Me revolcó por la calle y me subió de los pelos a su departamento. Nadie hizo nada.

Me hizo sentir una puta, una mina fea e inútil que nadie querría. Tenía que agradecer que él me soportara. Empecé a tener trastornos alimenticios y mucha tristeza. Traté de hablar con mis amigas en secreto, les decía que me había separado.

Fue entonces cuando conocí a un chico que me hizo sentir mujer otra vez. A pesar de eso, nunca pasó nada, sólo un intercambio de mensajes que olvide borrar y que una noche él leyó.

Me despertó de una piña, me levantó de la cama y me empujó contra la pared. Empezó a decirme al oído lo mucho que me había equivocado en haberle hecho eso. Me amenazó, me echó de su departamento y me empujó por las escaleras. A los 5 minutos bajó su hermana a para darme ropa, ese día fue el único en que ella tuvo compasión de mí. Me dijo que no lo vuelva a ver, que su padre había sido igual con ellos.

Al otro día le rogué que me perdonara. Él disfrutaba mucho cuando yo lloraba y suplicaba. Después de un par de semanas haciéndome sentir una mierda, me perdonó.

Con 16 años, conocí la repugnancia de sentirte violada. Por más de que fuese mi pareja, sentía asco al verlo sobre mí. Sentía asco cuando yo me negaba a tener relaciones porque estaba indispuesta y él me violentaba. A veces me despertaba siendo penetrada o con su pene en mi boca. Le pedía por favor que pare, pero nunca paraba.

En abril del 2011, me cansé y arreglé un viaje con mi mamá para descansar. El día antes de irnos, le mandé un mail diciéndole que me iba y que no me busque nunca más. Terminé la relación así porque vivía con miedo.

Me llamó, me puteó por mensajes, por mail, por Facebook, por donde podía. Pero nunca recibió respuesta.

Esa madrugada el último mensaje llegó a las 2 am: “estoy abajo”.

Espié entre las cortinas y ahí estaba: en el banco de la plaza, en calzoncillos y con el torso desnudo. Me volví a esconder y miré si mi mamá dormía. Me acosté con ella.

A las 5.30 am, muerta de miedo, volví a asomarme y seguía ahí, ahora acostado. Me largué a llorar escondida en el baño, tenía la sensación de que había venido a matarme.

Ese fue el fin de la relación, pero no de él. Es el día de hoy que me manda mensajes como si nada hubiese pasado. Hace poco lo cruce por la calle. Me empezó a seguir en Instagram.

Recuerdo con precisión cada amenaza, cada golpe, cada abuso.

Vivo con terror.

 

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