Lo que voy a contar, comparado con todas las historias que leo en el blog, quizás no parece tan grave, pero leyendo otros testimonios me vi reflejada en algunos puntos y por eso me decidí a contarlo.

Tenía 15 años. Mi colegio quedaba frente a la casa de una amiga de mi vieja. Los ventanales de mi salón daban directamente a la calle. El hijo de esta señora era más grande que yo (recibido ya de abogado) y yo desde el colegio, siempre lo veía saliendo de su casa, y me parecía lindo. Un día se lo comenté a mi madre y ella me incentivó a que lo agregara al Facebook.

Lo hice. Me aceptó y empezamos a hablar. Yo estaba súper feliz y entusiasmada porque estaba hablando con “ese pibe” que me gustaba. Para mí era un pibe porque lo veía de lejos y porque estimaba su edad en 23, 24 años. Tiempo después me di cuenta que en realidad tenía 29.

Me invitó a salir. Acepté, obviamente. Me vino a buscar a mi casa y en el camino yo le sacaba charla. Todo venía normal hasta que me dijo que en mis fotos siempre salía “haciendo trompita” y eso le gustaba. Le dije que no era tan así y me reí.

Llegamos a una plaza que hay en el barrio y estacionó. No me dijo más nada y se me tiró encima, empezamos a chapar y yo lo dejé porque bue, me gustaba y era lo que “tenía que hacer”. Pero en realidad yo no quería, al menos no tan rápido. Después de un rato así,  empezó a ponerse más denso y a manosearme y ya me puse incómoda. Así que me animé y le dije que yo esperaba ir a tomar algo o a merendar. No me contestó nada. Arrancó el auto y después de un rato me dijo que íbamos a ir a su estudio. Le dije que bueno. No me quedaba otra. Estaba en su auto así que no tenía mucha alternativa (pensaba yo en ese momento). Luego de unos 20 minutos de viaje en los que yo seguía intentando sacarle charla llegamos, sin mucha respuesta. Era en un primer piso así que subimos. Resumidamente, se me volvió a tirar encima y se la seguí, como siempre, porque pensaba que no me quedaba otra. Empezó a tocarme más y le dije que no me sentía cómoda. Yo era virgen y era la primera vez que me pasaba una cosa así.

Se enojó y se fue a sentar a otra parte del departamento. Le dije que quería irme a mi casa. No me dijo nada, pero me llevó. Internamente agradecí que no me haya hecho más nada (años después entendí que no hizo nada obviamente porque era conocido de mi vieja).

Cuando llegué a mi casa sólo tenía ganas de llorar. Entré directamente a la ducha porque me sentía sucia. Sentía que todo había sido mi culpa, por buscarlo, por acceder “a salir con él”, por ir hasta su estudio. En fin, yo era la pendeja que se había metido con el tipo más grande sabiendo todo lo que podría haberme pasado.

Mi vieja minimizó el hecho y me dijo que estaba exagerando. Mis amigas del colegio se reían de mí. Todavía con 21 años no puedo olvidar lo mal que me sentí ese día. Desde ese momento nunca pude volver a sentirme tranquila estando con un hombre que no fuera de mi confianza a solas, de hecho nunca pude tener una relación formal porque me dejó esa sensación de que los tipos solo te quieren para coger y no les importas. Los sigo pensando y me cuesta cambiarlo.

Años después, el me siguió buscando. Me habló un par de veces y le dije que no me sentía cómoda hablando. Siguió insistiendo pero no le di demasiada importancia.

Me costó años entender que nunca fue mi culpa, y que tenía derecho a salir del auto e irme corriendo a mi casa apenas me empecé a sentir mal.

Lo tuve reprimido y naturalizado tanto tiempo que ni siquiera después de 2 años de terapia se lo pude contar a mi psicólogo.

Lo que más nos duele a veces no tiene que ver con lo físico.

Hoy, mientras él es un prestigioso abogado y una persona respetable que sube carteles de “ni una menos” y frases sobre lo maravillosas que somos las mujeres, yo no puedo evitar pensar que una persona asquerosa que intentó aprovecharse de una menor de edad.

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