Fuimos novios desde que estudiaba en la preparatoria. Él era 3 años mayor que yo.

Los primeros 2 años de relación fueron maravillosos. Un amor joven. Al mismo tiempo, comenzamos a estudiar juntos en la universidad. Pasados dos años y ya me encontraba viviendo con él y con sus padres.

El primer golpe que recibí fue por salir con mis amigas y regresar a las 3 de la mañana. “Estabas con otro” me repetía cuando le pedía explicaciones. Le aseguré que no había hecho nada pero a pesar de eso, me acorraló contra la pared de nuestra habitación, atiné a empujarlo y me devolvió con otra cachetada. Minutos después comenzó a llorar y a pedirme perdón desconsoladamente.

Aseguró que nunca más sucedería, pero se hizo costumbre. Su palabra dejó de tener valor.

Solía humillarme en toda oportunidad que tuviera. En cada aniversario me encargaba de organizar una linda cena. Me perfumaba, me arreglaba y me maquillaba para él, pero ni siquiera se volteaba para verme. Tampoco me dirigía la palabra. A veces incluso me hacía sentir un juguete sexual.

No podía hacerle bromas porque desencadenaba en un golpe.

Más de una vez junté mis cosas con el objetivo de irme lejos, pero me decía “si cruzás la puerta, nunca más nos vamos a ver y soy capaz de matarte si te veo con otro hombre”. Yo era de su propiedad y de nadie más.

No podía ver mi móvil porque a él no le agradaba. Tampoco podía hablar con mis amigos ni visitar a mi familia.

Una noche me di cuenta que no me quedaba nada. Ni amigos, ni familia, ni libertad. Hasta que dije “ya no más”.

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