Desde febrero de 2014 vivo en un barrio peligroso, por lo que algunos vecinos pagan por un servicio de seguridad privada. Hacía un poco más de un año que había cortado con mi ex novio y sentí que ya estaba lista para “seguir adelante”. Después de unos intentos fallidos, no sé por qué, me llamó la atención uno de los guardias de seguridad del barrio.

La noche del 24 de diciembre, a eso de las 22 p.m., lo veo aun por el barrio. Yo lo vi de lejos y en mi mente decía “cómo quisiera que me hablara”. Para mi sorpresa, eso fue justamente lo que pasó: se me acercó (yo estaba sola paseando a mi perra) y me preguntó cómo estaba. La charla continuó unos minutos, unos días, semanas y meses. A medida que pasaba el tiempo, me gustaba cada vez más. Si bien no era la persona más culta, ni el más atractivo, tenía algo y parecía buen tipo. Ya después de 2 meses, estaba convencida de que me gustaba.

Yo sabía que era 11 años mayor que yo, qué días trabajaba y sus días de franco. También sabía que era soltero y que hace poco había terminado una relación. “Me dejaron”, en palabras suyas. La ilusión crecía y él se empezó a soltar más. No era raro que mi mamá me saliera a buscar y algún vecino le diga que quizás estaba con el guardia. Llegó el punto en que sólo faltaba decirlo y se lo dije. Me sorprendió su reacción, hasta parecía de miedo. Él siempre me decía que la mujer nunca debía encarar al hombre porque eso “los descolocaba”. Y sin embargo, me correspondió y dijo que también le gustaba. A partir de ese momento, acordamos empezar a salir y conocernos más. Así fue como tuvimos nuestra primera salida y los primeros besos. En mi cabeza de tonta todo parecía perfecto. Se había comportado como un caballero, siempre con respeto y humildad.

Tal como ambos queríamos, nos empezamos a conocer mejor y así conocí lo peor de él. En una de nuestras charlas diarias le conté que el viernes no iba a verlo porque me iba a un pijama party en la casa de una amiga (porque todavía hacemos eso). Al instante, vi cómo su cara se transformó. Le pregunté qué le pasaba. Lo que le molestaba era no saber si yo en verdad iba a la casa de mi supuesta amiga, si sólo iban a haber mujeres o algún hombre. Además de eso, yo los sábados voy a la casa de mi viejo y paso la noche ahí. Para él significaban dos noches de tortura en las que no tenía conocimiento de mi paradero. Empezaron las desconfianzas. Si mis amigos me invitaban a tomar mate me decía: “¿cuántos hombres son? ¿Están todos de novios? Seguro que uno te tira onda y vos le vas a dar bola”.

Una vez, y eso fue el colmo, se enojó porque, en un malentendido, yo creí que el cumpleaños de una amiga era miércoles y sobre la hora me enteré que en realidad era martes, por lo que ese mismo día le avisé que no podía verlo. “Hablamos mañana”, decía su mensaje. Al día siguiente me llama y le explico que, si bien no nos pudimos ver, lo podíamos hacer la noche siguiente. El sinfín de estupideces que me dijo por teléfono me hicieron sentir tan mal que le corté la llamada. Eran cosas hirientes más que nada: “ya no confío en vos. Me querés un día y al otro no. Para vos yo soy un juguete. Hay otras mujeres detrás mío, así que no me va a doler que no estés”.

Esa noche decidí cortar por lo sano y no verlo más. Aunque yo bien sabía que no había ninguna mujer detrás suyo, me dio rabia saber que dijo esas cosas para hacerme un mal, para provocarme dolor y yo no iba a estar con alguien que hiciera esas cosas a propósito. En los días que siguieron decidí no verlo ni contestar sus mensajes, ni tampoco las llamadas. No pasó tanto tiempo y me pidió terminar “bien”, quería pedirme perdón. Yo quería paz en mi corazón y accedí a hablar con él nuevamente. Esa noche me dijo que se arrepentía por las cosas que me dijo, que era un boludo y que ese siempre fue su problema: hablar de más. Estaba ya a punto de decirle que sí, que lo perdonaba y entonces me dice: “igual no sé si vos me decís la verdad cuando te vas por ahí”. Seguí caminando y lo dejé solo porque no aguantaba más su desconfianza. Cinco minutos más tarde me llega un mensaje volviendo a pedirme perdón, diciendo que me amaba (nunca antes me lo había dicho), y muchas otras cursilerías que ya no le creía.

En las siguientes dos semanas comenzaría un infierno de mensajes y llamadas insistentes a las que yo no respondía. No le importaba ni si era mi horario de clases, o si yo dormía. La pavada llegó al punto en que me proponía tener sexo como su mayor muestra de amor. Un domingo de madrugada me despertó un mensaje y no pude volver a quedarme dormida. Más tarde ese día, otro mensaje. El hartazgo hizo que le contestara. Le dije lo mismo que ya le había dicho en otra oportunidad, que no me interesaba seguir ningún tipo de relación con él, que siguiese adelante con su vida porque eso era lo que yo iba a hacer con la mía. Después de una larga discusión vía mensajes, que cada vez subía más de tono, dejó de escribirme y creí que ahí terminaba definitivamente. ¡Error!

Al día siguiente, muy temprano, un nuevo mensaje decía que no iba a darse por vencido y que continuaría insistiendo. Ese mismo día averigüe donde quedaba la comisaria de la Mujer, porque en cualquier otra comisaría iba a subestimar estas cosas. Tuve que faltar a una clase para hablar con una asesora legal, la cual me explicó que estos casos de acoso se desestiman en los juzgados. Me aconsejó que lo mejor que podía hacer era una exposición, la que daría más fuerza a una futura posible denuncia penal en el caso de que el acoso no cesara. Me había mandado sola… Ni mi mamá, ni mi papá, ni mis amigas sabían que yo iba a hacer una exposición en la comisaría por acoso. Estaba sola y era la primera vez que iba a hacer algo como eso. Mientras temblaba, una oficial me tomaba la palabra. Salí de ese lugar con una mezcla de sensación triunfante y a la vez amenazada. No sabía que esperar luego de que le llegara la citación.

Tarde o temprano mi mamá tuvo que saberlo, y me enteré que a mis espaldas, el energúmeno se hacía la víctima con mi propia madre. Afortunadamente mi mamá supo entenderme, que yo siendo ya una persona mayor podía andar con quien yo quisiera aunque ella no estuviese de acuerdo, y que claramente ese hombre era un lobo disfrazado de cordero. La historia no terminó allí por supuesto. Unos tres meses más siguió cruzándose en mi camino, pidiendo una oportunidad para hablar y yo caminaba cada vez más rápido, evitando que me encontrase sola (aunque varias veces lo hizo) y evitando los rincones oscuros del barrio. Cambié ciertos hábitos, como el horario en que salía a pasear a mi perra sólo para no tener que cruzármelo. Con el tiempo creo que se cansó, pero yo aún no bajo la guardia.

Creo que todo lo malo algo bueno te da. Hoy me siento un poco más valiente. No tengo miedo ni me va a temblar la mano si tengo que volver a denunciar a otro hombre, ni voy a volver a aguantar conductas obsesivas y posesivas. Muchas noches me sentí muy boluda, culpándome por lo que pasó, y escuchando gente culpándome también. Pero mi conciencia está tranquila. Yo hice lo que tenía que hacer, preferí mi bienestar antes que una relación enfermiza. Yo no odio a los hombres y me parece muy injusto hacerlo sólo por una mala experiencia. ¡Quién sabe lo que pudo haber sido de mí si continuaba y avanzaba más con esta relación!

Ojalá mi experiencia le sirva a alguien para que no llegue al punto de aislarse de la gente que quiere, de recibir violencia física y/o psicológica. Ojalá nadie tuviera que pasar un mal trago como este y ojalá nunca más tenga que denunciar  a alguien porque no entiende que NO significa NO.

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