Es menester decir que el machismo mata y te respondan cosas como “torta”, “odia pija”, “trola”o “feminazi”. Si nunca viste venir a tu papá caminando hacia donde estás, con manchas de sangre de tu vieja en su ropa y un puñado de pelos en la mano, te pido por favor que no me juzgues. A mí nunca me levantó la mano (ni él ni ningún hombre) pero yo también fui su víctima.

Por las mañanas algunas mamás cantan mientras preparan el desayuno y abren las ventanas de las casas para dejar entrar el sol. Mamá entraba con paso ligero a la habitación y se tumbaba en alguna cama a llorar en silencio. Para mí ese era el punto de partida del día.

“Hoy a la mañana te vi llorando acostada y yo lloré también, mamá”, me animé a confesarle una vez, con unos cuatro o cinco años encima. Quizás era mi forma de hacerla sentir que no estaba sola. Quizás intentaba mitigar la culpa que desde entonces me acompaña. Culpa de no haberla defendido. Culpa de que fuera mi papá el que le hiciera daño. Culpa de que a lo mejor lo que tenía que soportar hubiera sido por mi causa.

Mamá siempre fue una tromba, una mujer hermosa que se hacía notar. De las que no se quedan calladas. De las que tienen un pasado. De las que discuten a los gritos.
Papá era para todos un tipo encantador, generoso, conversador, divertido.

Además de ser víctimas de violencia, también éramos víctimas del juicio de los demás; mamá debería ser responsable de las represalias de ese buen hombre. Su peor pecado era no dar el perfil de maltratada.
Cuando se acercaba la noche, y con ella el retorno de papá al hogar, eran horas de tensa calma. Recuerdo recorrer la casa apagando luces, ordenando lo que pudiera, acomodándome la ropa, el pelo. Intentábamos evitar cualquier motivo que pudiera desencadenar la explosión. Cuando por fin llegaba, inspeccionaba todo con ojo crítico, solía sentarme en la mesa y revisarme si tenía algún raspón nuevo o alguna magulladura. Cualquier cosa servía de excusa. La cena era una tortura, desde entonces se originó mi compleja relación con la comida. Lo que todos adoraban de la vida de familia era nuestro peor castigo.

Sólo presencié dos tremendas palizas: una originada por una travesura mía. Había rallado una silla con lapicera (tendría 4 años) y papá se enojó muchísimo, me obligó a limpiarla a los gritos. Mamá se asomó a la puerta del baño, donde se estaba duchando, para preguntar qué había pasado, papá le tiró la taza de café que estaba tomando y a la fuerza entró. Se escuchaban los golpes, el forcejeo, los gritos. La puerta se entreabrió y mamá apareció ante mi vista tirada sobre el inodoro, sostenida de los pelos por papá. Quería pedir perdón, prometerles que ya no lo iba a hacer más. Pero no pude. Un tío que estaba presente tomó su campera que colgaba de otra silla y se fue. Porque en los ochentas regía el “no te metas”. Se acordó de la campera pero se dejó a la nena que se descomponía llorando y que nunca más creyó que a las princesitas las rescatan de los problemas.

La segunda paliza fue después de la separación. Mamá estaba embarazada de su pareja posterior. Tenía una panza enorme y tuvo la mala idea de reclamarle que no la hubiéramos llamado ni una vez durante las vacaciones. Lo que siguió fue brutal: papá la agarró a piñas como si fuera un saco de entrenamiento, en la cara, en la panza. Mamá trastabilló, tenía unas ojotitas rosa que yo amaba, pero aguantó los golpes. Papá le dijo “hace rato que tengo algo para vos” y a piñas la llevaba hacia la habitación. Papá tenía un arma de fuego. Lo que sigue no lo ví, yo temblaba, lloraba, me sentía desmayar. Tenía siete años. Los nervios me jugaron una mala pasada y salí corriendo al baño. El terror me dió diarrea. Yo lloraba, temblaba, cagaba. Y cuando pude salir del baño de repente estaba sola. Papá apareció ensangrentado con las ojotas de mamá en la mano. En el intento por entrarla a la habitación se enredó con el cable de la televisión (bendito cable) y mamá en un rapto de lucidez alcanzó a escapar. En el camino perdió el calzado y se refugio en lo de una vecina. Todavía recuerdo su rastro de sangre en el largo pasillo del PH. Al verme desolada, papá se arrodilló, me abrazó y se largó a llorar. Y lloramos los dos.

Todavía me encuentro con gente que me pregunta por qué a pesar de todo con los años me fui a buscarlo (porque además de ser violento también resultó abandónico) y en esto hallo un paralelo con las víctimas de violencia cuando se las cuestiona por no abandonar al violento. Pienso que el psicópata en su discurso, al que su víctima es permeable, siempre termina siendo la víctima. Creo que uno aprende a desdoblar a esa persona, a tratar de olvidar lo malo y disfrutar de lo bueno. Y en mi caso particular, era mi papá. Los mandatos sociales nos condicionan a amar a los padres, alguien que no ama a sus padres no ama a nadie. Aunque este sea el ser que le enseñó el significado de sentir terror. Yo amaba a papá. Fue el primer hombre que quise. Y así es cuando vuelvo a ser su víctima, cuando termino explicando que no era todo el tiempo tan malo, todo para poder justificar mi amor por él. Cuando me doy cuenta que su forma egoísta y enferma de amor es la que rigió mis relaciones posteriores. Cuando veo que también es padre de mis miedos, de mis inseguridades, de mi falta de voluntad.

Mamá me llevó a ver una casa una vez. Era pequeña, acovachada, poco luminosa. Me dijo que la próxima vez que papá se violentara nos íbamos a mudar ahí. Me pareció bastante lógico. Yo tendría 5 o 6. La siguiente paliza llegó y con ella un flete donde cargamos los muebles. En la visita inicial a la nueva casa no había notado que además era triste. Los días que siguieron a la separación fueron los peores. Llorábamos todo el tiempo. Mamá me decía “vos sos grande, tenés que entender”, y yo no quería ni ser grande ni entender. Los familiares insistían en que volviéramos a casa, que papá nos iba a perdonar. Los fines de semana papá los usaba para culpar a mamá por haber separado a nuestra familia.

Yo tenía veinte cuando le dije a papá que ya no culpe a mamá, que la culpa la había tenido él por los golpes. Se lo dije de corrido, crispada, casi a los gritos, temblando, sentada en la mesa que alguna vez compartimos todos juntos como familia. Él me respondió “vos no sabés cómo uno puede llegar a arrepentirse de lo que hace y ya es demasiado tarde”. Me sorprendió. Pero no se dejen engañar, es el mismo de siempre. El encantador.

A lo largo de mi vida he sido la guerrera, la peleadora, la que confronta. La que defendía a sus amigas en los boliches. La que hacía frente a hombres sin una mueca de miedo (aunque lo sentía, sin duda). Quizás es mi forma de cumplir con la promesa que me hice de que nunca un hombre iba a golpearme, jamás. Quizás porque en cada episodio intento defender a mamá, cosa que no pude hacer de pequeña.

Porque además de ser la hija de un psicópata maltratador, también soy la hija de una mujer que un día dijo basta, y fue basta, aunque todos intentaran con buenas intenciones quebrar su determinación. La divorciada, la que al poco tiempo tuvo pareja nueva, la que enseguida tuvo otro bebé.

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