Mi primer novio fue a los 15 años. Chiquita, inexperta. El pibe parecía el típico “buen loco” que no tenía nada en contra de nadie y era “pacifista”. Nos pusimos de novios después de haber salido tan sólo 4 semanas, y los primeros dos meses no hubo problemas. Sólo di cuenta de algo que no me gustaba para nada: me obligaba a besarlo en la plaza, aunque a mí no me gustara, y me obligaba a dejarme besar el cuello. No le di importancia, porque era muy bueno conmigo y después de eso todo estaba bien.

Los celos y la desconfianza empezaron en el tercer mes, no me acuerdo por qué fue nuestra primera pelea, pero sé que fue muy fuerte y duró algo de dos horas, con gritos y malos tratos. Yo en esa época tenía cumpleaños de 15 todos los fines de semana, y él se enojaba mucho porque decía que yo prefería salir de joda en vez de estar con él. Yo soy de carácter fuerte, y le dejé en claro que no me iba a perder los cumpleaños de mis amigas. A pesar de eso, las discusiones siguieron y eran cada vez más violentas.

Ya íbamos 6 meses y no sólo peleábamos 3 o 4 veces por semana (a veces todos los días) sino que las peleas habían tomado otro tono. Cada vez que me celaba, decía que era una puta que no lo amaba y lo hacía sufrir. Todo porque salía con mis amigas, y según él, yo no ponía de mi parte en la relación. Recuerdo perfectamente que tenía que vivir con el celular encima: si tardaba en responderle, aunque fueran 5 minutos, me hacía un escándalo que terminaba en que yo era una puta. Me presionaba para tener relaciones sexuales, cosa a la que gracias a dios no accedí, pero estuve muy cerca, y cuando le decía que no, me apretaba el brazo y me decía “Que te haces si te encanta, putita”.

La que me rescató de lo que podría haber sido un noviazgo violento, fue mi vieja. Me senté a hablarlo con ella, sobre su obsesión, celos y falta de respeto y le pregunté si en las relaciones eso era normal. Me mostró que no, que las relaciones se basan en el respeto y que las personas obsesivas son peligrosas.

Lo dejé a tiempo, a los 7 meses. Me pidió perdón mil veces, pero yo sabía que no iba a cambiar. Le dijo a todo el mundo que yo fui una basura y que lo boludeé. También me echó la culpa por “no dejarlo demostrarme que había cambiado”. Él me siguió buscando por todos lados, desde todas las personas, pero no le di cabida nunca más.

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