Habiendo nacido hace solo dieciocho años, me aterra saber que lo siguiente me pasó 3 años atrás, con unos escasos e inocentes quince. Repetida historia de una adolescente: me puse de novia con un chico del colegio. No tenía ni tengo mucha experiencia en relaciones, pero puedo decir que al principio fue todo normal. A los tres meses empecé a notar cambios en él, las primeras evidencias de lo que me perseguiría por un largo tiempo.

24 de diciembre, Navidad. Unos minutos después de brindar con mi familia, agarro mi celular para mandarle un mensaje. Enviar. Pasó media hora y me llega un mensaje de él, diciéndome que nunca recibió mi mensaje a las 00:00 y que si así íbamos a empezar la relación, ya se imaginaba como iba a terminar. Me quedé atónita. Revisé los mensajes enviados y había fallado la entrega del que mandé. No lo podía creer. Una estupidez que él decidió transformar en el primer problema.

No tardaron en ir apareciendo los siguientes:
— ¿Por qué no me dejás ver tu contraseña? —me dijo, cuando estaba ingresando a Facebook desde su casa
— No sé, son cosas de cada uno
— ¿Pero qué te cuesta? Si sé que no me ocultas nada

Después de hablar con un tono alto unos minutos y como no charlaba con mucha gente por ahí (ni por ninguna), accedí a decirle mi contraseña. Un gran error.

Estas primeras demostraciones de “celos” me las acuerdo muy bien, pero a medida que la situación se fue agravando, mi memoria decidió omitir los detalles. Tengo recuerdos muy borrosos y escasos de las cosas que pasaron entre lo “light” y lo que me hizo decir basta.

Tengo que aclarar que nunca me llegó a golpear, pero estuvo muy cerca.

Estábamos en el colegio, él era dos años mayor que yo, pero en los recreos se juntaban todas las divisiones y nos podíamos ver. No recuerdo la razón de la pelea. Me insultaba en voz baja pero apretaba sus dientes tan fuerte que yo sentía como estaban a punto de romperse. Tenía miedo. Los chicos que caminaban al lado nuestro no se daban cuenta de nada de lo que estaba pasando porque él sabía como hacerlo. Sabía qué tono tenía que usar para que yo me sintiera débil y para que nadie llegara a escuchar lo que me decía. Sabía qué tan cerca de mi frente tenía que acercar la suya para que me sintiera en plena pelea callejera. Sabía qué palabras usar para que le pidiera perdón por algo que no había hecho. Sabía cómo hacerme mal y era un experto. Subió el tono y decidió agarrarme el antebrazo con su mano tres veces más grande y fuerte que la mía.

— Si te vas, te rompo el brazo —me dijo.

Nunca se me abrieron tanto los ojos. Era la primera vez que habló de daño físico. Sentí miedo del real, no de ese que te hace saltar de la silla en la película de cuarta del cine. Un nudo en el estómago se hizo dueño de todo mi cuerpo, solo podía sentir eso. Estallé en lágrimas. Me soltó y vinieron unas compañeras a ver qué pasaba. Él se fue.

La relación duró menos de un año, pero lo suficiente para que hoy me siga acordando la cantidad de fuerza que empleó en presionar mi brazo ese día.

 

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