Esta historia no tiene un principio feliz y tampoco un final, sólo la vaga incertidumbre que habita en mí cada vez que lo pienso.

Vengo de una familia rota: tengo un padre psicópata y una madre narcisista. Me recuerdo bien a los 2 o 3 años, siendo arrastrada del pelo reiteradas veces. También a mis padres discutiendo, gritos, golpes, cosas rotas, y gente llorando. Siempre estuve sola, ya que por mucha gente que hubiera nunca me sentía acompañada. Era algo así como una entidad bamboleante que fue creciendo y haciéndose paso en la vida.

Mi padre se separó de mi madre a mis 5 años y prácticamente nunca cumplió el rol de ‘papá’. Yo me quede con ella, quien cada día estaba más y más loca. Hoy supongo que se desquitaba conmigo por todo lo que mi padre le había hecho.

Mi mamá había tenido trastornos alimenticios y, por alguna razón, se encargó de pasármelos a mí. Con tan sólo 7 años me quitaba la comida de las manos al grito de que iba a engordar. También solía golpearme por cualquier cosa que hiciera, o que no. Un día escuché como les contaba a sus amigas sobre un “berrinche” que yo había hecho el día anterior, mientras ellas reían cual coro de iglesia. Lo que mi madre omitía era la paliza que me había propinado, literalmente hablando, hasta que me caí al piso y continuó con patadas para mayor comodidad. Ese fue el día en que comencé a auto lesionarme.

Cuando era una adolescente me enamoré de un chico que me conquisto de una forma excepcional y que, al no acceder a tener relaciones, me gritaba “gorda”, “cerdo” y “emo”, entre otras cosas.

Tiempo después conocí a Gonzalo, quien a partir de mis 15 años me maltrató hasta morir. “Te engañé porque pensé que vos ya me habías engañado a mí y quería mantener un balance”, “Me gustaría violarla para que se te cure el lesbianismo”, “Quisiera dejarla atada a un árbol junto a un cuchillo para que se suicide”, y muchas frases más eran las que él empleaba para destruirme.

No satisfecho con eso, Gonzalo siempre me comparaba con una ex. Es un tormento vivir bajo la sombra de alguien más, alguien que no lo conocía como yo llegué a conocerle pero que sin embargo, él parecía añorar. A veces, después de una pelea, me seducía y me llevaba a la cama, como si compensara dolor con placer.

Por suerte pude alejarme de él a los 17, aunque continúa buscándome. A veces extraño el vínculo de cercanía que habíamos logrado tener. Pero, a pesar de eso, no se me cruza hablarle ni nada por el estilo, sólo son cosas que quedan en mi cabeza.

Ahora estoy con otro chico, es maravilloso, pero a veces muestra que también tiene un lado bastante rayado. Igualmente, no se preocupen por mí, ahora me quiero y me hago respetar.

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