Voy a tratar de que mi relato suene poético porque así soy yo, pero de poético no tiene nada. Es una de las peores cosas que me pasaron en la vida.

Siempre me gustó la música, supongo que de la misma manera en la que a mi papá le gustaba llegar borracho a casa o golpearme en los huevos para que dejara de ser “puto”.

Mis viejos se divorciaron cuando yo tenía 10 años y por eso nos mudamos lejos de lo que yo consideraba un hogar y lejos de toda la familia.

Mamá siempre fue una mina linda y buena, de esas que quieren a todo el mundo sin importar nada. Desgraciadamente a mi viejo también lo quiso así. Nunca me entró en la cabeza como ella, tan chiquita y preciosa, pudo haber tenido un hijo con un hombre tan tosco y violento. Pero bueno, por algo estoy acá.

Con el tiempo fui dándome cuenta de que yo no le gustaba mucho a mi papá. Mismo cuando se estaban separando nunca pidió por mi tenencia, y tampoco me buscó. Ni siquiera le interesó cuando mamá lo amenazó con denunciarlo por aquella vez en que la golpeo contra la pileta del baño. Tal vez haya sido porque sabe que ella no es capaz de perjudicar a nadie, como bien lo hizo él todos esos años.

Tengo vagos recuerdos de mi infancia que no son para nada agradables, recuerdo cuando mi padre me sumergió en agua helada porque tenía 4 años y no paraba de llorar, también cuando ahorcaba a mamá y ella lloraba desconsoladamente en la cama. Creo que hasta llegué a mirarla con asco porque él lo hacía y porque es lógico querer ser y hacer lo mismo que tu papá.

Por suerte mi vieja pudo encontrar a Lorenzo, un hombre que la quiere y que yo también quiero mucho, no como a mi propio padre. Realmente intenté quererlo, pero no pude.

A lo largo de mi vida tuve un par de novias y salía bastante con amigos. Durante esos períodos con papá andaba todo relativamente bien, me invitaba a comer o a quedarme a dormir en su casa. y, como me gusta tocar la guitarra, me regaló cuerdas nuevas y prometió conseguirme un amplificador. Él creía que así me estaba premiando por ser algo que no soy.

Ese amplificador nunca llegó porque se dio cuenta de que yo no era lo que él esperaba, notó que el estuche de maquillajes “extraviado” de su novia estaba en mi cuarto.

A mí me gustaban las polleras y Bowie, nunca lo consideré como algo malo. Experimentaba a mi manera, como Ziggy Stardust.

Le cayó del todo la ficha cuando notó que estaba saliendo mucho con un compañero. Él no aceptaría tener un hijo “puto”, por eso siempre decía que me tendría que haber fajado más de chico, según él, de esa forma no me hubiese vuelto maricón.

Tenía diecisiete años cuando me dejó de invitar a su casa y cayó en lo de mi vieja para gritarle obscenidades mías. Ya no nos quería mandar la plata acordada y hasta tuve que cambiar el número de teléfono para que cesara el acoso. No quería salir de mi casa, tenía miedo de que me vean y notaran que yo no era “normal”. Tampoco quería que mamá se asustara y pensara mal de mí.

Después de todo eso no me maquillé nunca más, no me volví a probar una pollera ni a dejarme el pelo largo, tampoco volví a mirar a otro hombre como solía hacerlo.

Ahora mismo tengo el pelo rapado pero también tengo un póster de Bowie en la pared, como algún tipo de alusión a esos momentos. A mi novia le gusta, dice que me veo muy hombre, pero no sé qué tanto me cabe eso porque me recuerda mucho a lo que mi viejo me obligaba a ser.

A él no lo veo mucho, muy de vez en cuando aparece pero trato de llevar una vida normal porque no tengo las fuerzas para decirle que me deje en paz. Quisiera hacerlo, pero no me nace.

Todavía les tengo miedo a los papás de todos. Es algo estúpido, se que también hay padres buenos pero estoy tan marcado que no me dan confianza.

Viví un infierno, el dolor que me provocaban los golpes continuos en los testículos me hacía vomitar. Un infierno en el que no podía decirle la verdad a mi mamá porque tenía miedo.

Siempre quise decirle “Vieja, me gusta maquillarme, me gustan los hombres” pero nunca pude.

En mis sueños lo pateo yo, en mis sueños no dejo que lastime a ninguna otra mujer, como lo hizo con mamá. Allí me permito ser el ganador.

Tal vez algún día deje de escuchar sus prejuicios en mi cabeza. Poco a poco y metiéndole ganas, puede que tome vuelo y deje de sentirme tan mal.

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