“El hombre coge por insistidor”, era su lema, lo había aprendido de su papá y lo contaba con orgullo. Cada vez que lo decía, no sé por qué, pero despertaba risas de quienes lo escuchaban. Yo, siendo víctima de sus abusos, sólo sentía más dolor e impotencia.

Era mi amigo, o al menos eso me hacía creer. Siempre tuve más afinidad con los varones y me codeaba más con ellos que con mujeres. Por eso también fui apuntada con el dedo, nada especial, ya saben cómo es la gente “¿por qué será que se junta con tantos nenes?”, eran los típicos comentarios que me llegaban.

Al principio, nada raro, después de un tiempo, a los 14 nos pusimos de noviecitos. Mis recuerdos son bastantes difusos, sospecho que me estoy protegiendo de recuerdos que no harían más que destruirme. Como decía, al principio nada raro, después empezaron las situaciones incómodas en donde el me “robaba besos” y me obligaba a besarlo en la boca. El noviazgo terminó como terminan todos los romances juveniles. Pero vivía cerca de casa, conocía a mi familia y éramos compañeros de curso.

Cuando teníamos 16 él comenzó a visitarme casi diariamente a mi casa, a mi cuarto, a la hora de la siesta cuando todos dormían. Siempre buscaba que nos acostemos a mirar la tele, así empezó todo. En un momento se acostó arriba mío y yo sentía que apoyaba su miembro en mi entrepierna y comenzaba a moverse. Le insistía que pare pero él no lo hacía. Jamás voy a olvidar su respiración en mi oreja. Me agarraba las manos y me inmovilizaba. Yo me resistía, no quería, juro que no quería.

Esto se repitió hasta el último año de secundaria. Comenzó a tocarme en la escuela y siempre que podía me cosificaba y se reía de mí con otros compañeros. Siempre sentí que lo merecía, que podría haber hecho algo que no hice. Jamás conté nada.

(Visited 230 times, 1 visits today)