¿Recuerdas como comenzamos? Nos conocimos en la escuela y sólo bastaron un par de días para darnos cuenta de que tendríamos una historia. Al principio todo fue muy sano, eras la persona que más había amado. Si me lo hubieras pedido, hubiese dado mi vida por ti.

El problema comenzó cuando llegó nuestro primer aniversario. Constantemente solías enojarte con tu familia, y mientras yo trataba de tranquilizarte, obtenía insultos y desprecios. Rechazabas mis abrazos, mis besos, mis palabras de aliento, ni siquiera tratabas de escucharme. Aún después de desahogarte, todo era sobre tus problemas, todo era sobre ti.

Conforme pasaban los días, comencé a sentir celos de que prefirieras contarles a otros tus problemas antes que a mí. Después de todo, jurabas que yo era tu única amiga. Y me sentí amenazada por las mujeres que te rodeaban. En algún momento te reclamé por ello, y me respondiste alejándote más. Un día, mientras estábamos en clase de deportes, estuvimos haciendo pareja para la actividad, y mientras yo te repetía que no podía seguir tu ritmo, seguías jalando mi brazo hasta el punto en el que me dejaste un moretón. En lugar de disculparte conmigo, te enojaste porque “yo era muy lenta”, me soltaste y buscaste otra persona con quien hacer el ejercicio.

A partir de aquí, me di cuenta de que algo estaba mal. Me habías hecho daño no sólo psicológicamente, si no también físico, y no habías sentido culpa alguna. Trate de dejarte un sinfín de veces, pero siempre terminaba sintiéndome mal con tus chantajes, porque me decías que yo era lo único en tu vida, que querías formar una familia conmigo, que cambiarías, que no podías vivir sin mí. Y te creí.

Estuve otro año aguantando que me ignoraras cuando te enojabas con otros, que me tachases de loca por mi enfermedad mental, que me llamaras exagerada, que me lastimaras argumentando que eran “accidentes”, que tuvieses la valentía de hacerte la víctima frente a los demás, que me hicieras sentir celos a propósito, que me hicieses sentir que sin ti yo no podría ser feliz… hasta llegaste a fingir enfermedades para hacer que me quedase a tu lado.

Después, mis problemas personales me superaron, y añadiendo el mal trato que me dabas, caí en depresión. Perdí muchos amigos y me di cuenta de lo mal que hablaban de mi contigo. Fui señalada de maldita, cuando les contaste a todos que creía estar embarazada y no dejaría que conocieras al bebé (pues quería evitar todo contacto contigo por el daño que me hiciste, pero claro, eso no se los contaste).

Afortunadamente conocí amistades nuevas que me hicieron ver cuánto valía. Logré alejarme de ti, evitarte y para mi fortuna, no tenía que cargar con un bebé que llevase tu sangre ya que sólo había sido un retraso. Me alegró mucho no sentirme obligada a tener un hijo del hombre que me maltrató por casi un año.

Me gradué, y me cambié de domicilio. Comencé la universidad y aquí estoy, a dos años de haberte dejado.

Me alegra haber tomado la decisión correcta. Mis amigos actuales me ayudaron a recobrar la confianza en mí y a aprender cómo es una relación sana. Salí con un chico hace un par de meses, pero comenzamos a tener problema con los tiempos de vernos, y al ver amenazada nuestra comunicación le dejé porque sentí miedo de repetir la historia que pasé contigo.

Hoy en día somos buenos amigos, pero me gustaría dejar de temer para volver a estar a su lado con confianza. Es un buen hombre, nunca me ha celado, controlado, lastimado, amenazado o chantajeado, es muy trabajador y ya ha acabado su carrera universitaria. Además, acepta mis defectos y virtudes, y al contrario que tú, me ha enseñado a soñar, a no temer, a expandir mis horizontes. Inclusive me ha dado ánimos para estudiar en el extranjero y obtener mejores oportunidades.

Es todo lo contrario a ti.

Me gustaría decir que estoy totalmente recuperada de las secuelas psicológicas que me dejaste, pero no es así, sigo teniendo miedo, sigo siendo muy insegura conmigo misma y me siento amenazada ante muchas cosas. Pero estoy trabajando en ello, y espero pronto poder decir que estoy BIEN. Hasta entonces, seguiré soltera y tratando de centrarme en las cosas buenas de mi vida, como mis estudios, mis amigos y mi familia.

Pero por ahora, sólo quiero decirte: gracias por enseñarme lo que no quiero en una relación, y gracias por todo el daño físico que me hiciste, pues de no ser por eso, yo hubiese creído que tu no me maltratabas y probablemente hoy estaría casada contigo. Gracias por haberme hecho abrir los ojos, pues sólo así me di cuenta de que el maltrato existe en miles de formas.

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