Tenía más o menos 9 años cuando mi mamá me mandó a comprar miel pura de abejas a un local que quedaba a dos cuadras de mi casa.

El negocio era de una abuelita que vivía junto a su hijo cuarentón. Casi siempre atendía la señora, pero por alguna razón ese día me atendió su hijo. Me acuerdo que para entrar al local había que pasar por un largo pasillo, a lo largo se encontraban las colmenas llenas de abejas, me gustaba mucho verlas cada vez que iba con mamá.

En cuanto llegué le pedí al muchacho que me trajera un frasco de miel y caminamos por ese interminable pasillo. El hombre me hablaba, no recuerdo muy bien que me decía, sólo recuerdo que comenzó a tocarme lentamente, hasta llegar a mis pechos. Yo era muy chica como para saber lo que estaba pasando, apenas estaba desarrollándome.

Por dentro intuía que algo no estaba bien pero mi inocencia fue más fuerte y no hice ni dije nada, simplemente lo dejé. Cuando el hombre lo decidió, dejó de tocarme y tomé la miel para volver casa como si nada hubiese pasado.

Y así fue, me daba tanta vergüenza que decidí guardármelo, ni siquiera pude contárselo a mi mamá. Ahora de más grande, me da vergüenza no haberlo contado nunca.

Jamás volví a comprar miel en ese lugar. El negocio sigue estando, supongo que él lo manejará, pero desde ese entonces evito pasar por ahí porque en cuanto me acuerdo de su cara me dan náuseas. No entra en mi cabeza cómo un hombre pudo aprovecharse así de una niña tan pequeña, y lo que más me perturba es que seguramente haya habido otras víctimas más de ese depravado y vaya uno a saber si hizo cosas peores.

Este pequeño hecho logró tener tanto impacto en mí vida diaria que siento que nunca lo voy a olvidar.

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