“¡Soltame la mano o te la rompo!”, escuché mientras me acurrucaba en la almohada, intentando encontrar refugio para mis oídos. Esa voz, la misma que al día siguiente supo desearme buen día tan gentilmente, se oía entonces tosca y grave como un cascote que cae de un golpe sordo sobre la tierra. La de ella se escapaba en estridentes gemidos -agujas punzantes- de su boca cerrada, pretendiendo no despertarnos.

En otras circunstancias me habría levantado y me habría asomado por el entrepiso donde duermo. Quizás le hubiese gritado que pare, que la suelte, que se calme. Muchas veces lo amenacé con irme de la casa, pero no servía porque se excusaba diciendo: “¿Qué te pensas? ¿Qué le estoy pegando?”.

En la habitación contigua dormía la hermana de Sofía, quien no está nada bien de la cabeza. Claramente ninguno de los presentes puede decirse sano en cuanto a su psiquis, pero esta chica ya está del otro lado, ve fantasmas, oye voces; y no sería oportuno interrumpir su descanso por este “leve” apretón de manos… sí, eso pensé en el momento.

¿Quién seré para intervenir?, pensé. Me invadió cierto cinismo, un enojo visceral. Sentí desprecio por mi padre, obviamente; pero también por ella, quien se presta a este juego sádico que abriga en su idiotez la esperanza de cambiarlo, de lograr que deje la bebida, que deje de engañarla con cuanta mina tiene la oportunidad. “¡Sofía, no seas boluda. Dejalo, él no va a cambiar!”, solía decirle. Yo ya había hecho mi parte, no podía hacer más. Al fin y al cabo, ella es grande y sabe lo que hace, sabe que cada noche que decide quedarse en casa corre el riesgo de que él llegue borracho a las 4 a.m. y le haga daño.

Él no paraba de repetir su amenaza con esa voz casi gutural, ella siguió gimoteando orgasmeada de dolor, yo me quedé tieso en la cama masticando el tiempo, bruxando.

Al fin pasó. Ella llora en la cocina, él le da un sermón; se oye indiferente y hace comentarios cáusticos, saturados de ironía y sarcasmo. Al día siguiente no hay ni un dejo de tensión en el aire, todo es normal, no hay huellas del episodio funesto de horas atrás. Su modus operandi se había perfeccionado al punto que me cuestioné todas las mañanas que vivimos juntos, ¿Y si habían sido todas iguales a esta y, por lo tanto, procedentes de una noche de violencia? Jamás lo voy a saber.

Hasta ahora sólo lo escuché 3 veces. La primera: “¡PARÁ! ¡ME ESTAS LASTIMANDO!” seguido de varios portazos, que fue cuando le grité que parara y me fui dejándole una carta devastadora. La segunda fue una discusión inaudible que terminó con un golpe tremendo en el futón y un pantalón roto. Esta discusión me afectó especialmente porque estábamos cenando con mis hermanitas a menos de 5 metros, quienes preguntaron presurosas e insistentes qué había pasado. “Dale, deciles qué paso”, lo desafié. “Nada, yo quise correr el sillón y le enganché el pantalón a Sofi”, dijo. ” Ahhhh” exclamaron al unísono las niñas aliviadas. “¿Ah sí?”, dije redoblando la apuesta, pero no podía exponer a mis hermanas a la verdad y callé.

Pero volviendo al episodio con el que empecé, al día siguiente acabé avergonzándome de mi cobardía, porque es lo que fui, un cobarde. Cada vez que oigo esa voz pesada arrastrando las erres me encojo de repente, mido un metro veinte, estoy en un pasillo oscuro de la casa de mi abuela y mi papá agachado a mi altura agita su mano callosa y maciza empuñando una amenaza: “Esto ¿Ves esto? Así, en la cara…así te voy a dar si no dejas de llorar”. Todo en el mismo tono, bajo y uniforme, con el rostro desencajado, los ojos rojos, la mirada perdida, el alma ausente… Y entonces entiendo a Sofi; entiendo que tolere su cuerpo delgado y frágil magullado por las mismas manos que la acarician, entiendo que bese su boca ahora sonriente, que mire esos ojos y se doblegue, pues a ellos ha vuelto esa mirada que denota un gran dolor, un alma angustiada, cansada, pesarosa. Y entiendo también a Freud cuando habla del “eterno retorno de lo igual”, pues si mi padre hace lo que hace es porque su padre, mi abuelo, era igual. A él también lo recuerdo hablándonos gravemente a mí y a mi prima cuando íbamos de visita, pateando nuestras camas, recuerdo a mi abuela atajándole la mano para que no la descargue contra nosotros, que ni siquiera éramos traviesos, sino simplemente niños.

Entonces ¿Quién es culpable y quién inocente? ¿Quién es víctima y quién victimario? Porque también mi abuelo sufrió maltratos de su madre adoptiva, lo despertaba a ramillazos, lo mandaba a buscar leña al frío del alba y le daba de comer sobras; y si sigo subiendo quién sabe hasta dónde llegaría.

Tal vez la violencia es inherente al hombre -humano-, tal vez esta se erradique cuidando la infancia. Tal vez Sofi lo deje algún día o tal vez muera en sus manos o a sus manos. Tal vez nunca vuelva a la casa de mi viejo, tal vez regrese esta semana y me espere con un abrazo y un beso.

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