Hace 8 años conocí el miedo de la mano de un hombre. En principio era algo inalcanzable para mí, hacíamos parte de un grupo de amigos, íbamos de fiesta, bebíamos, bailábamos y él sólo me veía cuando sus tragos se lo permitían. Un día, cansada de todo eso, decidí liberarme y no volver a buscarlo, pero como es de esperarse, el destino te da lo que tanto le pides y él volvió, esta vez en una actitud diferente.

Asumimos una relación seria en la que muchas cosas cambiaron hasta que el licor volvió a hacer parte de nuestra relación, nunca lo dejó y bueno, yo lo usé para alejarme. Sin embargo, en una de esas promesas de cambiar, quedé embarazada. Desde allí conocí la violencia física y emocional de primera mano. Supe a qué sabia la vergüenza de ser golpeada frente a sus amigos. Conocí el dolor de verlo insultarme en mi casa, sin poder gritar y sin poder llorar por miedo a su reacción. Entendí el pánico a que se llevara a la nena y jamás me dejara volver a verla como juró hacerlo una vez, y también el temor a que la dañara.

Borracho llegaba a casa y me insultaba, alzaba a mi hija y me la botaba en los brazos como si fuera un juego de muñecas. De su boca conocí las palabras: “prefiero gastarme la plata en licor antes de dársela para esa niña”.

Sentí el desprecio de la gente por abandonarlo, “por el daño que le hacía”, esas mismas personas que lo vieron golpearme.

Han pasado 7 años y mi hija hoy lo mira con ojos de amor, profundamente enamorada de su papá. Jamás sabrá de mi boca que su padre es un maltratador, que está enfermo. Pero creo que la vida no se queda con nada, lo que yo no le cuente, se lo contará algún día alguien más.

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