Siempre me creí muy viva, muy inteligente. Siempre fui de las que veía las noticias y decía: “no entiendo cómo llegaron a tanto ¿por qué no lo pararon antes?”.

Bueno, ahora entiendo por qué no lo pararon antes.

Los que me conocen o estuvieron conmigo los últimos dos años, saben el calvario que viví al lado de mi ex.

Al principio era todo ideal, él era dulce, atento y compresivo. Todo lo que yo necesitaba con mi inestabilidad emocional. Pero, a lo largo del tiempo, se aprovechó de eso. De mi falta de autoestima y mis problemas. Cuando yo tenía un problema, él estaba ahí salvándome, hasta que logró hacerme dependiente de él.

Todo se empezó a complicar cuando se hicieron presente los celos enfermizos, las prohibiciones y los malos vicios.

El primer problema lo tuvimos a los pocos meses de novios. Había salido a tomar algo con un amigo y se enojó porque tenía la convicción absurda de que lo estaba engañando. Le digo absurda porque él también estuvo invitado esa noche, pero sus celos ciegos no lo dejan ver más allá que su realidad. Me obligó a eliminarlo de todos lados y dejarle de hablar. Ciega, tonta y enamorada, lo hice. De hecho, le di todas mis claves de redes sociales para que hiciera lo que se le antojara. Más tarde me enteré que había eliminado al 80% de mis amigos/conocidos y familiares. Me molestó tener que hacerlo, pero no le tome mayor importancia, era gente que podía ver en otros ámbitos sin utilizar una red social. Todavía me sentía culpable por haber salido a tomar algo con un amigo. El psicópata tiene la habilidad de dar vueltas las cosas, vos terminas sintiéndote mal por algo normal que hiciste.

Así empezó todo, me empecé a distanciar de todo el mundo. Mis amigos te caían mal porque me querían abrir los ojos. Terminaste ganando y me quede sola. Mis únicos ‘amigos’ eran los tuyos. Mis únicas salidas eran con vos. Mis únicas charlas eran con vos.

Nunca me voy a olvidar de la primera vez que me golpeó.

Estábamos de vacaciones, contentos. Yo estaba en la cama, había salido de ducharme y esperaba la cena. Vos estabas en los sillones armándote un porro, lo ibas a fumar mientras te duchabas porque en la habitación había sensores de humo y quedaba mucho olor. Consumiste cocaína -gentileza de tus amigos- y después te encerraste a hablar. Nunca protesté sobre tus vicios porque sabía que tenías problemas con tu familia y te cubría. Cuando saliste de la ducha empezó el calvario. Me pediste que estemos juntos, yo estaba cansada y vos insistías. Te ponías algo denso a veces en ese estado, pero nunca así. Me agarraste fuerte de los hombros y me dejaste tus dedos marcados, me obligaste a que estemos juntos y te fuiste a dormir. Esa noche me dormí tarde, me la pase mirando la ventana y la oscuridad del lago. Te despertaste a la madrugaba y un poco más lúcido me puteaste porque te había asustado ver una persona parada en medio de la oscuridad. Te acordás de eso ¿no? Me pediste un poco del jugo que estaba tomando y me mandaste a dormir como si nada hubiera pasado. Yo lloré pensando que iba a hacer. Me fui a dormir al lado tuyo y pensé “bueno, somos novios, no es tan raro que estemos juntos”. Normalicé un abuso físico y ese fue mi segundo error. El primero fue normalizar tus celos enfermizos, tu posesión y tú maltrato psicológico.

Estábamos juntos bien y era lo mejor que te había pasado, después al rato me decías que no servía para nada, que me querías dejar porque no te hacía feliz y que necesitabas otras cosas que yo no podía darte. Me denigraste como mujer hasta el cansancio.

Empezaste a salir más con tus amigos, consumías más de lo normal, te ponías violento y me cansé. No sabía cómo pararte y se lo conté a tus padres. Me ayudaron a que puedas salir de eso, me odiaste, me culpaste todos los días del resto de la relación. Después me di cuenta que había sido ingenua. Lo seguías haciendo, con tus compañeros del banco, con los mismos amigos pero en otros lados. Siempre eran las mismas situaciones. Intenté ayudarte, no había una razón lógica para que lo hagas de esa forma. Si tenías algún problema, intenté ayudarte. Si te sentías mal físicamente, te propuse un deporte y dieta. Me decías que no era nada de eso, que lo hacías porque querías. Hoy lo veo desde afuera y sé que era más que eso.

Me sentía mal, la persona que quería se estaba arruinando. Me preocupaba sin darme cuenta que me estabas arruinando con vos. Me cansé de darte tanto y recibir tan poco. Me cansé de todas tus mentiras y decidí terminar. Me acuerdo cómo me dijiste que ibas a cambiar, que no te suelte la mano. Que juntos íbamos a poder. Y me quede. Me quede hasta que te volviste a reír de mí.

La primera vez que nos vimos después de terminar fue para devolvernos las cosas. Viniste un día antes sabiendo que tenía planes. Te dije que vengas antes de las 16 porque después no iba a estar. Viniste y te llevaste a Sonic, nuestra mascota. Con el corazón roto te vi llevártelo, me dolió pero estaba segura que sin eso de por medio sería el fin, y yo quería eso.

Me acuerdo que hace dos meses me mandaste un mensaje diciéndome que tenía que dejar a mi novio actual porque si no lo iba a pagar Sonic. Me estabas amenazando con una rata. Un animal indefenso.

Al poco tiempo, días de terminar, me enteré que estaba embarazada. Te hable por todos lados para contártelo y tu respuesta fue asquerosa. Me dijiste que pensara bien lo que iba a hacer, si iba a hacer lo correcto o te iba a lanzar a una vida mediocre. Después de eso, me ofreciste plata. Todo en vos se reducía a eso, plata. No te importó nunca saber cómo estaba, ni apoyarme. Querías solucionar el problema con plata. Tu actitud me dio, como menos, asco. Me dejaste sola, con tu hijo, nuestro hijo.

No te hable más y ahí empezó el problema: nunca dejaba de sonar mi teléfono e hice lo más lógico. Cambié de número. Usando como excusa al pobre Sonic me hablabas por todos lados. Me pasabas fotos de él, me pedías cosas que necesitaba. Al principio, decidí cortar todo pero no funciono, seguías revoloteando. Después decidí que habláramos de vez en cuando, a ver si eso te calmaba. Mis amigos me hacían notar que era un error, que tenía que cortar todo. No me di cuenta, seguía ciega. Fue peor. Buscabas cualquier excusa para hablarme y no dejarme en paz.

Lo peor empezó cuando me puse de novia.

Quién me conoce, sabe que cambie de número 5 veces en 8 meses, que tenía cerrado Facebook y sigo teniendo cerrado Instagram. Yo no espere a que nadie venga a solucionarme los problemas, yo intenté hacerlo.

Una de las tantas veces que hablamos para que se solucionaras las cosas y me dejaras vivir me pediste vernos. Viniste hasta mi casa y terminó todo en gritos cuando mi respuesta fue la misma: no. Me sacudiste fuerte y me pegaste una cachetada. Me quedaron tus dedos marcados y tu uña me abrió un poquito la cara. Me dejaste una marca. Forcejeamos. Mido 1.54 y vos 1.85. No había una remota posibilidad de defenderme sin salir perdiendo. Terminaste llorando y pidiéndome perdón mientras me abrazabas las piernas. Yo estaba en shock de nuevo. Es difícil aceptar que la persona que quisiste tanto te esté lastimando de esa forma. Te fuiste pidiendo perdón y me pediste un último beso. En mi estado y mi afán -hoy sé que estuvo mal- de querer deshacerme rápido de todo, te dije que sí. Me acuerdo que te desviaste del beso, y en una especie de abrazo me dejaste marcado el cuello con un chupón y te fuiste sonriendo diciéndome: “anda con el putito ahora”. Me sentí asqueada.

¿Te acordás de las llamadas constantes, los mensajes con amenazas, los perfiles falsos y los mensajes a mis amigos ? Yo me acuerdo de absolutamente todo. Y ellos también. Cada uno que le jodiste la vida se acuerda de vos.

Yo no hablo por Facebook y pretendo que se me solucionen los problemas. Yo no necesito subir 20 screen para darle ‘veracidad’ a mis dichos. Quién me conoce, lamentablemente, tuvo que pagar los platos rotos conmigo. Pueden hablar con mi familia, con mis amigos y pueden contarles en carne propia que vivieron el mismo infierno que yo. Esto no se reduce solo a mí, el enfermo psicópata este jodió a mucha gente en el camino.

Yo no necesito que ustedes se enteren de toda mi vida, renegué de hacer esto pero lo sentí necesario. Es muy fácil hablar y juzgar. Pero nadie estuvo acá, de mi lado. Es muy fácil criticar, pero es difícil sentir empatía.

Yo no le hice nada a nadie. Yo no empecé nada. Yo le puse de novia con la persona equivocada y estoy pagando las consecuencias de no haber parado eso antes. Hoy digo basta. ¡Se acabó!

Se acabó de condicionarme la vida. Soy yo, la que estuvo apoyándote en todo durante dos años, la que se banco las risas y llantos, los malos y buenos momentos. Sé que vas a leer esto y quiero que sepas que siento pena por vos. Porque tengas que hacer todo esto para llenar tu ego desinflado. Te creíste que iba a agachar la cabeza, como hice dos años pero digo no. No más manipulación, no más nada.

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