Tienes 12 años y sólo eras una apuesta. Te tocan y besan sin que tú lo pidieras, de hecho, ni siquiera sabes qué significa todo eso.

Tienes 18 años y te enamoras, o eso crees, pero cada vez te sientes menos guapa, menos querida, menos valorada. Menos todo. Menos que nada. Te olvidas de ti misma y todo son chantajes, gritos, desprecios, golpes e intentos de que no avances como mujer.

Tienes 22 años y trabajas en un bar. Te quedas sola a última hora, y mientras alguien te come con la mirada, desde el otro lado de la barra te dicen cosas. Subes la música para no oír nada, pero tienes miedo. Por suerte entra alguien. Ya no estás sola.

Tienes 25 años y eres camarera. Te toca aguantar a un borracho más a última hora del sábado. Todos se van y te quedas sola con él mientras barres el lugar. El extraño comienza a increparte y a hacerte comentarios sexuales. Intenta tocarte y acercarse mientras tú pones el cubo de basura en medio para que no lo logre. Corres a pedir ayuda al bar de al lado, te salvas sólo porque se lo llevan.

 

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