Solían aprovechar los momentos en que quedaba sola, que eran prácticamente todas las tardes. Quien estuviese en casa lo hacía. En la cama, en el baño o en el mueble. Para ellos era placer. Para mí era la tortura más grande.

Veía sus caras rojas. Incluso hacían gestos. Yo sólo sentía miedo y trataba de no pensar en cuanto dolía. ¿De qué otra forma puede defenderse una niña de seis años?

Los muebles azules fueron testigos de varios momentos atroces. El baño silenciaba lo suficiente el poco ruido que yo hacía. Muchas veces me dejaban dinero. Devuelta: tenía seis años.

Pasaron tres años.

Aprendí a guardar silencio porque a mamá no le gustaban las quejas. Cada vez odiaba más, nunca podía defenderme y tampoco comprendía la magnitud de la situación.

Mis tíos y mi abuelo habían hecho con mi cuerpo lo que quisieron. Me sentía indigna, odiaba mi ser, odiaba tocarme y odiaba a mi madre por despistada. Cuando dejaban dinero, si es que lo hacían, yo solía pensar en cuántos cigarrillos me podría comprar. Con casi diez años fumaba y me imaginaba quemándoles la piel. Sus penes que sabían a mierda.

Pasaron diez años.

Era asistente administrativa y estudiante de Licenciatura en Español y Literatura. Me destacaba por mi facilidad para la poesía y buen desempeño para hablar en público. Mi principal defecto era no permitir que me falten el respeto y revolucionar medio colegio cuando a los estudiantes no se les respetaban sus derechos.

– Tienes que perdonar a esas personas, Josefina
– No creó que pueda hacerlo, no me siento preparada.
– Entiendo, pero si no sacás ese rencor te vas a seguir haciendo daño. Vos valés mucho y ellos ya no pueden hacerte daño
– Eso no es del todo cierto, aún siento que pueden hacerlo

El llanto me inunda el pecho y no puedo retenerlo. Siento rabia, siento miedo y desesperación. Los recuerdos son bombas nucleares de lágrimas y pesar.

– Creó que deberías ponerlos en evidencia, a cuantas niñas más habrán violado, tenés que hacerlo

Pasaron unos años más. Hoy.

Uno de ellos murió, otros viven y quiero que paguen lo que me hicieron a mí y a quién sabe cuantas niñas más.

Es duro esto de perdonar. Es raro mirar a esas personas como si nada hubiese pasado.
Busco un amor desinteresado y estoy segura que algún día lo encontraré, y me ayudará a reparar la heridas del alma.

Tengo lágrimas en los ojos justo ahora y el recuerdo de dos dedos posándose en mi vagina.

 

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