No recuerdo muy bien en que momento comenzó ese amor enfermizo de mi abuelo paterno hacia mí, pero calculo que tendría alrededor de 2 años. Al principio eran sólo caricias y besos para su nieta, luego todo se volvió oscuro.

Al ser chica no entendía que estaba mal cuando mi abuelo me llevaba al galpón que quedaba al fondo de su casa y me manoseaba. Otras veces me encerraba en su habitación mientras toda la familia estaba reunida en el comedor. Tengo vagos recuerdos de mi abuela abriendo la puerta y preguntándole qué hacía conmigo allí encerrado, a veces decía que íbamos a dormir la siesta pero ese era solo un pretexto. La realidad es que me llevaba a su cama para empujarme dentro de las frazadas y dirigirme a sus genitales.

Pasaron los años y mi hermano le contó a mi mamá que había visto como mi abuelo me acariciaba la cola en reiteradas ocasiones. Ella habló con mi papá pero todo quedó en la nada porque alguien les metió en la cabeza que si lo hacíamos público, mi abuela moriría del corazón.

Años más tarde nos enteramos que también abusaba de mis primos, los cuales vivían en su casa. Nuevamente nadie hizo nada, pero esta vez porque no les creyeron.

Mientras tanto las reuniones familiares continuaban como si nada pasara. A medida que crecí ya no quería seguir yendo; pero como la imagen familiar es todo, mi papá me obligaba a ir.

Gracias a todo esto, mi niñez estuvo plagada de problemas. Tenía mala conducta y miedo a muchas cosas, también me hacía pis en la cama y era muy rebelde. A pesar de todo eso, mis padres nunca me llevaron a un psicólogo ni tampoco quisieron hablar conmigo de ese tema. Me imagino que se lo tomaron con liviandad para no tratarlo y dejarlo atrás.

Hoy en día intento no pensar en ello. Mi papá falleció, con mi mamá no tengo contacto y con mi hermano me hablo muy poco. Siento que la vida me dio una segunda oportunidad en cuanto a la familia, pero también que me castigó mucho por tenerla.

Lo que nunca voy a entender es cómo alguien que te tiene en sus brazos desde el día en que naciste te puede hacer tanto daño adrede. Alguien de tu propia sangre, tu abuelo.

Lo único que puedo afirmar es que a mis hijos jamás les van a tocar un pelo. Nunca dejaría que ellos sufran sólo para sostener una buena imagen y engañar con las apariencias como lo hacían mis padres.

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