No había sido una violación. No según lo entendía. Tampoco sé cómo lo entendí en ese momento pero supongo que sólo sentí que estaba mal. Desde que tengo memoria voy a todos lados con mis tíos y sus hijos. Lo que más nos gustaba era ir al supermercado porque si nos portábamos bien, nos compraban golosinas. En un principio no dudaba en decir sí cuando me invitaban. Amaba ir. Hasta que, por esas cosas que nos asustan de chicos, dejó de gustarme tanto.

Yendo al supermercado, parábamos un rato en la casa de don Juan y doña Silvia, los padres de mi tío. Tenían un fondo inmenso, con una hermosa y divertidisima hamaca que había hecho Don Juan. Estaba colgada del techo y, cuando mis primos se portaban mal, la sacaban como un castigo. Como siempre fui una nena tranquila, la adorable y ejemplar sobrinita, me acercaba a decirle a mi tía en el oído que quería ir a la hamaca y me decía que tenía que pedir permiso a los dueños de casa.

— Don Juan, ¿está la hamaca? —soltaba tímidamente.

Me acompañaba. Pero no recuerdo haber llegado con él a la hamaca. Nunca.

Del living pasábamos a la cocina y de la cocina al lavadero, donde estaba la puerta al fondo. El lavadero siempre estaba oscuro. Recuerdo sólo dos veces haber pedido que me llevaran a la hamaca. Creo haber tenido 4, no más de 5 años. Me llevaba hasta el lavadero y me sentaba sobre la pileta, que le llegaba a la pelvis… Nunca se bajó los pantalones, pero la segunda vez sí se los desprendió.

Yo siempre estuve con ropa, él ni siquiera la movía, pero si se apoyaba en mi y empujaba. La primera vez le pregunté por la hamaca. Me dijo que me quedara callada, que ya iba a llevarme. Pero no pasó. La segunda vez, fue para el cumpleaños de su nieto, no le dije nada a mi tía y fui a preguntarle si podía llevarme. Me llevó él. Otra vez sobre la pileta del lavadero. Fue cuando se desprendió los pantalones. Entonces sentí miedo. Otra vez me dijo que me callara, que la hamaca no estaba. Y me callé y miraba a los costados.

Me dejó cuando la luz de la cocina se prendió. Era su esposa, mi salvación, doña Silvia, que le preguntaba desde la otra habitación qué hacía. El le contestó que estaba lavándome las manos porque me había ensuciado. Me bajó.

Corrí a la mesa, donde estaban todos los chicos y empecé a llorar. Mi tía me preguntaba porqué, le decía que lloraba porque otro nene me había quitado la silla. Me dijo que no tenía que llorar por eso. Después le dije que me dolía la panza. Buscó una aspirineta. Seguía llorando. Quería volver con mi mamá. Le decía que mi mamá y sólo mi mamá tenía las pastillas que me hacían pasar el dolor. Resignada a mi “capricho” le dijo a mi tío que quería irme y volvimos a casa.

Entre llantos expliqué que jamás quería volver a esa casa. Mil veces me preguntaron por qué. Logré responder sólo una vez que ‘don Juan me había hecho el amor’. No sé de donde había sacado el concepto a esa edad.

Sólo lo sabía.

Sólo sabía que estaba mal.

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