Cuando era niña, a eso de los 4 años, un hombre abusó de mí. Recuerdo haberlo rasguñado y salir corriendo a los gritos. Estaba sangrando y tiré mi ropa íntima por miedo a que mi madre me golpeara por eso.

Unos años después, no recuerdo si iba a primer o segundo grado, mi madre se juntó con un señor que abusó de mí en reiteradas ocasiones. Este hombre solía sacarme de la cama y llevarme al comedor para tocarme con sus asquerosas manos. Siempre me decía que no le dijera nada a mi madre porque si no él la dejaría sola. Otra vez me callé, por miedo. Finalmente, cuando nació mi hermanito, la abandonó. Pero volvió cuando yo tenía 9 años y quiso intentarlo nuevamente. Esta vez salí gritando de mi cuarto tan fuerte que desperté a mi hermano mayor, el cual me preguntó qué pasaba. Yo sólo lloraba, no podía decir nada. Al ver esta situación, se fue y nos dejó solos porque mi madre había salido.

Al año siguiente mi madre nos pidió a mí y a mi hermano que fuéramos a visitarlo al hotel en donde se hospedaba. Cuando llegamos, le dijo a mi hermano que fuera a comprar unas revistas que a él le gustaban, así que se fue entusiasmado. Yo quise acompañarlo, pero este hombre no me dejó. Cerró la puerta de la habitación y me dijo: “ahora sí vas a ser mía”, y comenzó a masturbarse. Yo lloraba, estaba paralizada. Luego se me vino encima y me violó. Cuando llegó mi hermano estaba sentada fuera, llorando y le pedí que nos fuéramos.

A todo eso, mi madre tenía una nueva pareja. Pero no se había terminado para mí, este nuevo hombre me rozaba y me decía cosas obscenas al oído. Luego, de la nada, mi madre se mudó con él a otra ciudad. Para ese entonces yo ya no soportaba estar en mi casa, me la pasaba en lo de mi tía.

Un día mi hermano se enfermó y mi madre tuvo que llevarlo al médico. Su pareja aprovechó esa oportunidad para acosarme. Asustada corrí al baño y me encerré. No quería salir, pero él me insistía. Entre tirones y patadas, rompió la puerta y me levantó entre brazos para luego violarme bruscamente. Cuando llegó mi madre, como no paraba de llorar, comenzó a zamarrearme y a decirme que me calle. Me decía que yo era la culpable porque no contaba las cosas así que tuve el valor de contarle lo que había pasado y me llevó a rastras a la policía. Ella les explicó la situación y el policía me levantó la falda, fue muy vergonzoso. El médico forense me preguntó cómo habían sido las cosas y me acusó de inventar todo porque no había sangre ni signos de que este hombre me hubiese quitado la virginidad. Fue demasiado traumático para mí.

El hombre estuvo preso un mes o dos, e inexplicablemente, mi madre volvió con él. Por suerte no me tocó más y luego de 3 años volvieron a separarse. Yo, mientras tanto, intentaba encontrar culpables para todo lo que me había pasado. Me odiaba a mí misma y a mi madre también.

Mi vida era un caos, mi madre vivía en otro pueblo y casi siempre estábamos sin supervisión. Tan así que mi hermano se metió en las drogas con 16 años. Cada uno hacía lo que podía, yo tenía 14 y era una alumna bastante aplicada. Intentaba mantener mi cabeza en limpio, pero siempre recordaba todo lo que me había pasado y me hacía muy mal. Por dentro me decía una y otra vez que ahora era grande y nadie me volvería a hacer daño.

Para despejar mi cabeza, me inscribí en una escuela de manualidades. Era buena en clase de pintura sobre tela, armando de muñecos de peluche y muchas cosas más. Me hizo muy bien ese lugar. Luego conocí a un grupo juvenil de acción católica y me inscribí en el coro de la Iglesia. Allí fui muy feliz. Obviamente no conté nada acerca de lo que me había pasado, pero me sentía contenida. Pero un día volvió mi madre a la ciudad con una nueva pareja. A mí me dio igual conocerlo, no me simpatizaba. A raíz de esto, nos llevó a la ciudad donde vivía con la excusa de alejar a mi hermano de las drogas y las malas influencias. Fue devastador, me quitó todo lo que había logrado construir. Me convertí en una niña solitaria y me costaba hacer amigos. Fue muy triste porque comencé a odiar a mi madre nuevamente.

Si bien su nueva pareja no me acosaba, sí sentía mucho maltrato verbal de su parte. Recuerdo que decía que con mi hermano éramos unos buenos para nada que no hacíamos nada en la casa, quería que salgamos a trabajar con 15 y 17 años. Mi hermano terminó yéndose de Salta con mucho dolor en el alma, tanto que a sus 22 años, se mató en Buenos Aires.

Cuando cumplí 16, conocí a un chico y me apoyé mucho en él. Creía estar enamorada, pero cuando yo no quise tener relaciones por todo lo que me había pasado, me pegó. Le conté todo con la esperanza que me entendiera, pero de nada sirvió. Pasé dos años con él a puros golpes hasta que a mis 17 años, quedé embarazada y mi madre me mandó a vivir con él.

Tenía la autoestima por el suelo. Me golpeaba, me maltrataba verbal y sexualmente. Luego de 3 años más, quedé embarazada de mi segundo bebé. Me sentía acorralada porque nunca iba a poder separarme de él. Además, había dejado la secundaria y no podía trabajar. Con 21 años sentía que moría, quería morir. Por suerte tomé coraje y lo denuncié, pero no cambió en nada. Cuando comenzó a agredir a mis hijos, decidí que ya no aguantaría más. Tomé un mínimo de ropa y me fui sin que nadie supera a donde iba. Subimos a un micro y me fui a la ciudad en donde vivía mi abuelo. Nos quedamos un tiempo allí y trabajé con él en una panadería. Fue muy duro trabajar tanto y casi no verlos durante el día, pero sabía que estaba haciendo lo mejor que podía.

Pasados unos años, volví a mi ciudad y a la casa de mi madre. Para ese entonces mis hijos tenían ya 8 y 5 añitos. Pero fue para mal, mi madre me criticaba todo el tiempo. Me parecía muy hipócrita que bastardeara mi forma de crianza cuando ella me había descuidado tanto. Terminé contándole con detalle cómo todas sus parejas habían abusado de mi, no aguanté más. Ya tenía 30 años y era hora de hablar.

Hoy, con 37 años, me da mucha bronca leer casos de abusos seguidos de muerte. Le agradezco a Dios por darme la vida que logré construir con el tiempo. Al final de tantas tormentas sé que estoy bien.

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