Si me permitís, te invito a realizar el siguiente ejercicio conmigo.

Cerrá tus ojos. Imaginate en un lugar cómodo, de tu agrado. Una habitación. Imaginate cómoda, relajada, con todo bajo control. No hay nada de que preocuparse, incluso nada de que ocuparse. Regocijate un poco en esa imagen, sentí el placer de sentirte plena. Seguramente sonreís instintivamente.

Mantenete en esa felicidad, y de a poco, muy de a poco, comenzá a sentir como se van encogiendo tus manos. Y tus brazos. De a poco te vas volviendo pequeña, muy pequeñita, diminuta. Todo lo que estaba en tu control, ya no está más. Y cada palabra que escuchas, cada gesto que te roza, es como una cachetada al alma. Ya no tenes escapatoria. Te quieren lastimar, sos una presa. Te odian, te usan. Y vos ahí, chiquitita, diminuta, insignificante, sin voz, sin fuerza. Toda la plenitud se vuelve terrorífica y toda la belleza que sentías alrededor se vuelve viscosa. El lugar cómodo se transforma, pasa a ser tu tumba.

Y ahí estas, sin poder hablar, sin poder decir una sola palabra. Sintiendo, viviendo un ultraje. Y es tu mente que te está ultrajando. Te rapta, te raptó. Ya no estás en ese lugar, estas en aquel otro y podés ver la esencia de todo aquello sobre tus manos.

Sentís asco, de vos. Y no decís nada. Lo dejas vaciarse como quien toma el último sorbo de jugo directo del envase. Lo haces sentir una bestia. Porque ya no estás ahí, estas allá. Y cuando ya no queda nada, un nudo se apodera de tus cuerdas vocales y no podés decir ni una sola sílaba. Lloras, caen lágrimas sin esfuerzo. Te sentís agotada, rota, a medias. Sabes que tenés que dar una explicación, dejá de llorar y ¡dásela!

Toda clase de pensamientos corren por tu cabeza de un lado al otro, se chocan contra las paredes, gritan, te gritan. Y toda la habitación gira en espiral hacia el centro de la tierra. No hay respuesta para tantas preguntas. Hay un túnel y oscuridad. Ni un vestigio de luz, ni una voz lejana. Sólo podés verte girar hacia el túnel, aquel túnel del cual pensé que nunca ibas a poder salir.

Hasta qué pasa y es como si volvieras a respirar después de haber estado bajo el mar durante horas, a punto de morirte. Y ahí llega la parte de las explicaciones, de las reacciones, de las charlas, de los mimos…o a veces de los portazos, los llantos, los “no aguanto más” y las horas infinitas en el más profundo silencio.

Hasta que, al fin, pasa.

Ya estas mejor. Ya sos la mujer que eras, que crees que sos hoy o que los demás piensan que sos. Y ahí abrís los ojos, respiras. Volves a tu vida, pero sabes que aquello sigue ahí. Al acecho, el miedo se sienta a esperarte. Pero vos mientras no pensas, porque las preguntas te las haces todas juntas en el momento menos indicado. Que por qué no buscas ayuda, que por qué no lo hablas con alguien, que por qué no lo denunciaste, que por qué no se supera, que por qué, que por qué…

La desolación está ahí comiéndote las piernas, trepándote hasta que te estrangula, y no para hasta hacerte volver a escuchar su voz y sus palabras, a sentir sus manos rasgándote la ropa, a sentir los golpes en tu cabeza.

Y mientras convivís con eso, aprendes a convivir, lejos de naturalizarlo como muchos sugieren. Uno sabe que hoy esto no nos quiere soltar la mano, pero quizás mañana tenga el valor, quizás mañana ya no duela, quizás mañana sea yo quien suelte el pasado para poder vivir del presente.

Listo, ya podés abrir los ojos.

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