Todo comenzó cuando tenía 13 años. Él era el chico más lindo de todo el liceo, y tenía 18. Me enamoré con simplemente verlo, para mí era un muñeco. Recuerdo hablar día y noche con mis amigas sobre él, hasta que, un día, me agregó al MSN.

Los primeros meses, al igual que en todas las relaciones de este tipo, fueron los mejores. En cuanto al sexo, siempre me respetó y lo hicimos cuando yo quise hacerlo. Me esperó pacientemente y jamás me presionó, eso fue lo único bueno que puedo rescatar de aquellos años.

Cuando empezamos a entablar confianza, comenzó a llenarme la cabeza diciendo que todas mis amigas eran unas putas. Recuerdo con exactitud sus palabras: “Todas las mujeres son putas. Mi madre, tu madre, mi abuela, vos, todas.” Para ese entonces obviamente ya conocía a mis amigas y a mi familia, quienes en un principio lo odiaron por la diferencia de edad, pero fueron calmándose a medida que yo fui creciendo.

Estaba ciega de amor por él, nada me importaba más que tenerlo. Aunque me engañara con otra chica, seguir como su novia formal era, para mí, ganar la competencia. Esto dice mucho sobre mi obsesión.

Cada vez que peleábamos, aunque fuera por algo de poca importancia, me insultaba. Para él yo era una niña, pero también una puta, una zorra o una trola. Todo eso lo escuchaba frecuentemente, y según él, yo me la pasaba todo el día provocando a los hombres. Y ni hablar de cuando salía con amigas, sabía que al otro día debía aguantarme sus agresiones. Casi siempre me despertaba a puros insultos.

Un día, estaba con mis amigas y él pasó en auto con sus amigos. “Chupa pija”, me gritó delante de todo el mundo. Me costó mucho perdonarle eso, pero terminé haciéndolo.

Cuando obtuve la libreta de conducir me dijo: “Ahora vas a salir a zorrear por ahí”. Él nunca estaba contento por mí, ni compartía mis alegrías. Cuando me hice un tatuaje me dijo que era para mostrárselo a los hombres, y cuando me fui de vacaciones con mi familia me dijo que seguramente nos iríamos a zorrear. Con mi primo siempre tuve una relación muy linda, entonces él estaba celoso, a tal punto que me prohibió hablarle. A pesar de eso, nunca dejé de hablarle. Lo hacía en secreto, hablaba con mi propia familia en secreto.

Al tiempo se fue a vivir a otro país, de donde era su padre. Pero cuando volvió, volvimos. Yo no me podía desprender, lo quería para mí y trataba de equilibrar los buenos momentos con los malos. Estaba equivocada, esa balanza nunca equilibraría.

Allí comenzó a preguntarme si había tenido relaciones con otros chicos mientras él se había ido. La realidad era que sí, había estado con otro, pero le dije que no. Hasta el día de hoy que lo niego y el me lo sigue cuestionando. Lo negué porque era chica y tenía mucho miedo, nunca se sabía cómo iba a reaccionar, y más con algo así. Además, nunca se puso en cuestión si él había estado con otras chicas en ese tiempo, él siempre tenía todas las libertades. De hecho, sé que se acostó con varias chicas. Yo era de su propiedad, en cambio, él no formaba parte de la mía.

Finalmente terminó descubriéndolo y me dijo las peores cosas que nadie me ha dicho en toda mi vida. Entre ellas que no sólo era una puta, sino una mierda de persona que se andaba acostando con cualquier hombre.

Quiero que quede muy en claro que habíamos finalizado la relación cuando estuve con otro. Pero, aun así, me agredió a más no poder y terminamos la relación definitivamente.

Hoy en día, mirándolo desde otra perspectiva y gracias a otros testimonios que oí, me di cuenta de que fui víctima de violencia. Las agresiones verbales también son violencia, sobre todo cuando comienzan a psicopatear y a hacerte sentir culpable. Te condiciona la vida. Este chico bajó mi autoestima y la dejó bajo tierra, me separó de mis amigas, me hizo sentir mala persona y me hizo creer todas las cosas que me dijo.

Precisé muchísima ayuda para darme cuenta de que no fui ni soy ninguna puta por haber actuado como actué. Entendí que puedo gozar de mi libertad porque mi cuerpo es mío. Y por ser mujer, no soy menos que nadie.

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