Es muy común que los niños esperen ansiosos los fines de semana, pero mi caso no era ese. Yo tenía 8 años y los odiaba.

Papá vivía borracho y durante los fines de semana el consumo aumentaba hasta casi el doble, también lo hacía su violencia. A mí y a mis hermanos nunca nos pegó, mamá era quien lo sufría y soportaba las mayores denigraciones existentes.

Vivíamos en el campo. Él era muy celoso y siempre creía que ella lo engañaba. Todas las noches podía oír el llanto de mi mamá en la cocina, y como mi papá aprovechaba su vulnerabilidad para pegarle hasta el cansancio. Por dentro, no paraba de preguntarme por qué mis hermanos no la defendían si seguramente escuchaban lo mismo que yo.

Un día llegó tan borracho que nos desconoció a todos, era invierno y con mamá tuvimos que pasar la noche a la intemperie. Mi papá estaba muy violento y gritaba como un loco, no había forma de pasar la noche allí con él.

Los pocos vecinos que teníamos miraban para otro lado, se comportaban indiferentes y veían lo que querían ver. Para ellos él era el marido y padre ideal.

Hace un par de años mi mamá se separó y lo denunció.

A veces lo visito, aunque nuestra relación es muy distante. Cuando lo escucho hablando mal de mamá me vuelvo loca, sigue diciendo que es una puta y que lo engañó con todos, cuando en realidad ella vivía para él y para nosotros.

No tuve infancia, crecí de golpe en el abandono más grande que puede existir. Varias veces fui yo quien lo frenó para que no la golpeara más.

Aquel ruido de botellas, sogas y cinturones con los que le pegaba a mamá no se me irá nunca de la cabeza. Tampoco las largas noches llorando bajo las frazadas, las discusiones en la habitación de al lado a la mía o ver las heridas que tenía mamá en su débil cuerpo.

Hoy soy una persona muy insegura y se lo debo a él, no conozco lo que es la autoestima y mantengo un pensamiento firme y negativo sobre el matrimonio.

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