Lo conocí en una fiesta, jarra de vino en mano. No sé si fue amor a primera vista pero me miró y quedé tonta.

Nos pasamos números y a los 3 meses ya estábamos de novios. Estuvimos juntos por dos años.

El primero fue el mejor. Salíamos a comer, a bailar y me hacía regalos, entre ellos chocolates y flores. Como todo marchaba bien decidimos buscar un bebé. En febrero de 2014 esta idea se hizo realidad.

Le conté la gran noticia por mensaje de texto porque estaba en el trabajo. Su respuesta fue: “¿Me estas cargando?”. No le di mucha bola, pensé que capaz tenía un mal día. Yo estaba verdaderamente ilusionada con la noticia y pensaba que cuando él llegase iba a encontrarme con abrazos, festejos y un hombre muy feliz. Nada de eso fue así. Llegó y se fue a dormir.

Iba sola a las ecografías porque él prefería tirarse a dormir. Estaba “cansado” como para ir a conocer a su bebé.

Un día llegué tarde de un control porque había bastante tránsito, habrán sido 15 minutos. Apenas crucé la puerta empezó a gritar “Te fuiste a coger con otro por ahí y tenes un pibe mío adentro”. Me paralicé, no supe que decir.

Dos meses antes de que nazca mi hija, me enfermé. Tenía 40 grados de temperatura, y con un embarazo avanzado, era peligroso. Me sentía muy mal. Yo sabía que él tenía que visitar a su mamá porque se había doblado un dedo, pero como no era algo grave le pedí por favor que se quedara conmigo ya que me daba miedo estar sola en ese estado. Al parecer, darme la negativa no le alcanzó y me dijo “Bancatela sola. Ese hijo es tuyo, no mío”.

Tuve a mi beba en octubre. Él parecía feliz y yo también. Había notado cierto cambio en nuestra relación.

Cuando nos dieron el alta y pudimos volver a casa todo volvió a empezar. Él salía todos los fines de semana, volvía borracho y no paraba de insultarme. Me echaba la culpa de su borrachera, diciendo que era una puta. Yo solo me aferraba a mi hija, sentía que mi amor por ella nos protegería. Tenía mucho miedo de que nos haga daño.

El primer golpe que recibí  fue un cachetazo. Fue por algo tan estúpido como no ir a comprarle un paquete de galletitas.

Todavía no había pasado la “cuarentena” cuando me obligó a tener relaciones sexuales. “Puta, te quedó re abierta eh”, me dijo. No podía entender como alguien podía hacer y decir algo así.

La segunda vez que me agredió físicamente fue más violenta. Me agarró del cuello con tanto empeño que logró separarme del suelo.  Todo esto porque yo había escondido su teléfono para que se quedara una noche en casa. Cuando me soltó salió disparado hacia el baño, se encerró a llorar. Me pidió perdón de rodillas y juró no volver a hacerlo nunca más. Le creí.

El último golpe no se lo perdoné, fue una marca que todos notaron. Yo mentí diciendo que me había golpeado con una repisa, típico. La realidad es que me había dado un cabezazo en la nariz porque siendo las 15 hs todavía no le había cocinado. Me senté en la cama a llorar mientras él seguía descargando su ira sobre mi cuerpo. Ahora me pateaba las piernas.

No sé qué se le habrá cruzado por la cabeza pero armó su bolso y se fue.

La mejor decisión que pude haber tomado fue no frenarlo.

Hoy en día, 7 meses después,  vive de joda. Solo se acuerda de su hija cada tanto y me psicopatea por WhatsApp porque, según él, soy la hija de puta que lo separó de su hija.

 

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