El día estaba soleado cuando él se acercó y me regaló una caja de dulces. Todo está bien ¿O no?

Pasó un año hasta que el cielo empezó a oscurecer. “Puta barata, sin mí no sos nada” o “Seguro te cogiste al boliviano de tu compañero”, eran de sus frases favoritas. Así comenzó la tormenta, quizás no tan bruscamente.

Sus “perdón, no lo hago más” en parte eran efectivos, ya que pasaban largos períodos en los que no recibía agresiones. Esos largos períodos se convirtieron en años en los cuales lo único que había era soledad, mi soledad.

Él se encerraba en su cuarto por horas, vaya uno a saber qué hacía. Yo me quedaba sola, acostaba en el sillón y muerta de frío hasta quedarme dormida. También me agarraba fuerte, pero golpeaba muebles para no pegarme.

El ciclo se repetía una y otra vez: “Perdón, no lo hago más.”

Mientras tanto, todo lo que yo hacía era una vergüenza, mi forma de vestir, de hablar y de pensar no eran dignas de él. No era aceptable que alguien de su porte caminara con alguien como yo a su lado, por lo tanto, nunca salíamos. Sólo yo iba a visitarlo, y a veces; no muchas, venía él.

Si yo necesitaba viajar, tenía que hacerlo sola. Si quería salir con él, tenía que entender que no le gustaba salir conmigo.

Todos mis amigos querían tener relaciones conmigo y todas mis amigas querían convertirme en una prostituta. Nadie me quería en realidad, él era el único que lo hacía.

Ese era su mundo, y durante un largo tiempo, el mío.

Un día pasé por una situación de acoso con un profesor de la facultad. Cuando se lo conté me dijo: “Jodete por estudiar ingeniería”. Según él yo había elegido esa carrera para estar rodeada de “machos”.

Él disfrutaba mucho de hacerme llorar por horas mientras me ignoraba. Lo hacía hasta satisfacerse, hasta sentir que era suficiente. Me dolían las muñecas. Mis ojos y mi cara entera vivían hinchados de tanto llorar. Mi cabeza tenía vida propia, el más mínimo movimiento significaba una puntada que me atravesaba todo el cuerpo.

Mientras él me tocaba y me penetraba, yo sentía dolor de cabeza. No quería, pero no dije que no; tampoco que sí. Sólo permanecía inmóvil.

Llegué hasta el punto en que me exigió control sobre mi vida privada porque “no podía confiar en una puta como yo”. Me negué y entonces me acusó de haberlo usado todos esos años.

Lo dejé y me siento aliviada por eso, me siento como nunca me sentí en años. No me dolió.

Lamentablemente él sigue ahí. Nos envía mensajes a mí y a mi mamá, sube fotos mías, a veces dice que me ama y otras tantas me desea la muerte. Llegó a aparecerse de madrugada en mi casa, pero siempre sin respuesta. Todo esto me genera cierta pesadez en el alma, sólo quiero que desaparezca.

“Sin mí no sos nada”, dijo. Pero hoy soy más yo que nunca.

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