La conocí en una biblioteca, por casualidades que quizás pedían a gritos que se dieran.

Antes de terminar el año nos empezamos a llevar bien y nuestra amistad se afianzó aún más cuando me empezó a contar lo que pasaba con su pareja. Un 36 tan perdido para una 18 tan llena de vida ¡cómo me dolió verte llorar y quebrarte delante de mí! Me dolieron tus palabras de encadenada liberación de él a tu dolor interno, pero fue una píldora de azúcar a lo que es la felicidad de la vida. Nunca estuviste sola y jamás lo ibas a estar aunque él quisiera tenerte en monopolio.

Traté de darte fuerzas hasta el cansancio y me enojé tanto cuando volvías una y otra vez a pesar de no poder dormir por el bombardeo de mensajes que te enviaba borracho y drogado; a pesar de que dejaste de vivir con tal de no darle ningún supuesto para que se pusiera celoso y que te jodiera con lo “puta que fuiste al cogerte a su amigo”, y que la culpa siempre fue tuya.

Te amé tanto como tus padres, al verte sufrir por una escoria que jamás reconoció su necesidad de tratamiento ¿Por qué aguantaste tanta presión? Te cansaste tanto que lo agarraste a golpes, y te vi desolada al pensarte violenta, con la nariz machucada del cabezazo que le diste, los ojos bajos y una sonrisa apenada al repetir la incriminación que te hizo por haberlo pateado tanto.

Hasta que llegó el día en que mandaste todo a la mierda, te cansaste de sufrir, de verte destruida y de deber explicaciones por demorar 5 minutos. Te cansaste de las veces que nada se arreglaba con un “perdón mi amor, te juro que no va a volver a pasar”. Te dolió tanto… pero no tanto como si hubieses seguido a su lado.

El aire quedó vacío de tanto espacio que te fue restaurado. Poco a poco se te fueron abriendo puertas, y fuiste pegando papeles en mi ventana, hasta que ya no pude seguir siendo tu luz.

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