Él había tenido dos novias antes de mí, y con ninguna fue agresivo. Luego llegué yo para hacerlo violento: tímida, miedosa y virgen.

A los 18 tuve mi primer novio. Mi única amiga en ese entonces me dijo: “No me gusta ese flaco, no es para vos”. Yo siempre me quedaba en casa leyendo libros, no salía a bailar, no conocía gente y nunca había tenido una relación. Por eso, cuando lo conocí, me enamoré y me dejé llevar totalmente por las cosas lindas que me dijo, aquellas dignas de una de esas novelas románticas que solía leer.

Mi primera vez fue muy linda, hasta ahí todo era normal, pero progresivamente fue volviéndose violento. Eran pequeños detalles, el sexo se hacía cada vez más brusco, él más dominante y yo más callada. No lo noté enseguida, y cuando al fin me di cuenta, él ya me estaba gritando cosas horribles que no voy a reproducir. Cosas que nunca leí en ninguna novela romántica, cosas que hieren mucho. Generalmente me gritaba y me agredía porque yo le respondía cosas que a él no le gustaban, o porque se había cansado de mí y de mi timidez. En lugar de intentar levantar mi autoestima, se encargaba de doblegarla. Según él, con sus anteriores parejas no había sido violento, me echaba la culpa de volverlo así.

Un día decidió que yo no era quién para decidir si quería tener relaciones, entonces me forzó. Yo gritaba y le decía que no quería, pensaba internamente que debía cortar la relación cuanto antes. Me violó en la cama de su habitación, junto a su computadora, su mochila y sus cosas de chico normal. Seguro después de eso habló con sus amigos y se fue a jugar un partido de fútbol, como si nada hubiese pasado. Claro que no era un violador serial, solo un pobre chico que forzó a su novia: los monstruos están donde menos los esperás.

Cuando terminó su hazaña, me dijo: “Me gustó más así, forzado. Sentí que te violaba”. “Me violaste”, pensé, pero no lo dije. No sé si estaba acostumbrado a ser violento o simplemente ignoró mi llanto desesperado mientras lo hacía. Tampoco sé qué lo llevó a pensar que era actuación, que no me estaba violando en serio.

Después de eso corté con él, no quise verlo más porque tenía mucho miedo de que pasara de nuevo y de que además, me culpara.

Si me hubiese insistido en volver, lo hubiese hecho, porque así era yo en ese entonces. Lo único que hizo fue agredirme por mensajes todos los días, para después pedirme disculpas y volver a agredirme. Era cíclico, y un tanto cínico.

Finalmente cambié mi número de celular y no supe nunca más de él.

Hoy soy libre de nuevo.

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