Tenía 13 años cuando empecé a ir los viernes a matinée con mi hermana y mis amigas. Una noche, mientras bailaba, me agarraron entre cinco chicos, alejaron a mis amigas a los empujones y comenzaron a arrancarme la ropa. Parecían ser mucho más grandes que yo. Mientras unos me agarraban de los brazos y otros de las piernas, el resto me sacaba la roba y me tocaba. Todo en medio de una pista repleta de gente, yo gritaba y nadie me ayudaba. Pegaba piñas al aire, y al no saber quiénes eran exactamente los que participaban de mi tortura, se me cruzó por la cabeza disculparme de aquella gente inocente que estaba golpeando en mi intento de escapar.

Finalmente, apareció un amigo y logró sacarme de ahí. Me subí la pollera, busqué mi remera y mi corpiño, el cual estaba roto por la mitad. Agradecí inmensamente haber usado ese día medias de nylon porque fue lo único que me salvó de ser penetrada. Aquellas preciadas medias que ellos intentaron atravesar con los dedos tan violentamente, que hasta me alzaron en el aire para humillarme un poco más.

Cuanto todo había terminado, busqué a mis amigas, les pedí que me acompañaran a la terraza a tomar aire y les conté lo que había pasado. Lo primero que dijo mi hermana fue: “No tendrías que haber usado esa pollera tan corta”. Tratando de procesar lo que había pasado, (era tan inocente que no entendía qué me habían querido hacer) respiré profundo hasta que mis manos dejaron de temblar, volví a la pista de baile y nunca más mencioné el tema.

Esa noche llegué a mi casa y tiré toda la ropa rota y estirada a la basura para que nadie se enterara de lo que había pasado. Y así fue.

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