No puedo escribir ni una palabra sin sentir frío en todo el cuerpo y un llanto que hace años llevo guardado.

Corría el año 2010 y yo tenía 14 años. Faltaban pocos meses para mis 15.

Honestamente  no tenía mucho para festejar ya que mis viejos se habían separado en malos términos. Es una historia sumamente larga y que ya no duele tanto porque el tiempo nos sanó a todos. Eramos tres niños pequeños cuando ayudamos a mi mamá a tomar esa decisión que tanto le costaba. Hasta el día de hoy veneramos lo hecho, ya que evitamos vivir en un marco de violencia al que no estábamos acostumbrados.

Yo era una chica muy cuidada con mi cuerpo, varias de mis amigas ya habían tenido su primera relación sexual pero yo prefería esperar. Afortunadamente tenía un novio muy bueno que nunca me apuró.

Un día lluvioso me sentía muy mal de la garganta, por ello, mi mamá sugirió que vaya al consultorio del doctor Fernando. Él me conocía prácticamente desde que nací, era el médico de toda nuestra familia, hasta solíamos decirle “Tío Fernando”. Aún así siempre iba acompañada, pero aquel día tuve que ir sola porque mamá estaba ocupada.

Caminé las dos cuadras hasta el consultorio y en cuanto llegué su secretaria me hizo pasar ya que, debido a la confianza que teníamos, me había dado un sobreturno. Apenas entré me saludó y cerró la puerta con llave. Esto llamó enérgicamente mi atención, pero no dije nada.

Cuando me senté en la camilla, la pesadilla comenzó.

Fernando empezó a opinar sobre la separación de mis padres y, mientras acariciaba mi rostro, decía que él podía ser mi nuevo papá. De a poco, sus manos, fueron deslizándose por todo mi cuerpo hasta llegar a mis pechos. Quedé estupefacta.

Recuerdo tener la mirada puesta en la ventana, en esa lluvia, en cada relámpago. Pero esta situación de relámpago no tuvo nada, me pareció eterna. Empecé a llorar pero él disfrutaba de mis lágrimas, las gozaba y hasta se excitaba. Levantó mi remera para ponerme el estetoscopio, estaba tan frío como sus enormes manos, las cuales aprovechaban para tocarme. Yo, con la mirada baja y una respiración que desbordaba mi alma, pedía a gritos ayuda. Ahora había bajado sus manos hasta mi vagina. Fernando empezó a besarme pero yo corría la cara ante la repugnancia que me causaba esa situación. Por dentro me pedía a mi misma que aguantara un poco más, que pronto terminaría.

Me salvó la puerta. Era su secretaria, diciéndole que ya estaba el otro paciente esperando. Sólo eso me hizo salir de ese infierno, sentía que ese hombre era capaz de violarme.

Me paré, abrió la puerta y dijo, “Sh de esto a nadie. Queda entre vos y yo, somos como familia”.

En el camino a casa lloraba y pensaba que todo había sido mi culpa por no haber podido pedir ayuda. Sus palabras hacían eco en mi cabeza, tenía miedo pero sequé mis lágrimas, y pensé que al llegar a casa debería hacer como si nada hubiese pasado. Además pensaba en mi madre, estaba tan triste por su divorcio que no quería generarle más problemas.

El doctor no solo había abusado de mi cuerpo, sino que había abusado de mis ideales. Me sentía sucia, y pensé que así de mal me iba a sentir cada vez que alguien me tocara.

A los 18 años, me mudé a otra cuidad para poder a estudiar. Era muy común de mí estar de novia, pero honestamente siempre postergaba las situaciones de intimidad porque no me sentía a gusto con mi cuerpo.

Empecé a vivir en una residencia con tres amigas de mi ciudad natal. La tercera noche que salimos, conocimos a unos chicos. Uno de ellos era hermoso, Javier, jamás me voy a olvidar de él.

Tardó tres horas para que yo accediera a besarlo. Me invitó a su casa pero me negué, le dije que yo no era de esas chicas y que todavía era virgen.

Mi amiga Cecilia y yo teníamos unos tacos incomodísimos, como no podíamos ni caminar se nos ocurrió que una vuelva a la residencia para buscar unas chatitas. Ella se ofreció pero justo en ese momento cayó su ex novio, por eso tuve que ir yo. Salí del boliche y Javier salió detrás mío, me dijo que estaba loca si pensaba ir sola, que era peligroso. Me pareció un acto muy lindo y atento, entonces dejé que me acompañara.

Me llevó de la mano hasta la residencia, cuando llegamos le pedí que me esperara abajo pero él me dijo que tenía que ir al baño. Le dije que fuera al baño en común que había en el primer piso pero estaba ocupado, entonces lo llevé al nuestro.

Me estaba cambiando los zapatos cuando apareció sin ropa, cerró la puerta de un portazo y apagó la luz. Le dije que no joda, que encienda las luces y que nos vayamos, pero lo único que hizo fue sujetarme con fuerza y dejar sus dedos marcados en mis brazos. En un momento comenzó a sonar mi celular, era Cecilia. Al ver esto, Javier revoleo el teléfono hacía otro lado de la habitación y me tiro sobre la cama. Fue tan brusco y desconsiderado que mi cabeza se golpeó contra la pared.

Me temblaba el cuerpo entero, en mi interior sabía lo que estaba a punto de suceder.

Yo lloraba, le pedía por favor que se corriera, que yo no quería esto porque me estaba lastimando. “Callate putita, hoy dejas de ser virgen ¿Sos mía no te diste cuenta?”, me dijo.

Me toco toda, de una manera tan agresiva que las marcas permanecieron días. Me obligó a tocarlo pero me negué y empezaron los golpes. Zamarreaba mi pelo, me mordía la cara, me apretaba los brazos y decía que lo tenía que hacer acabar. Mientras más me negaba, más me golpeaba. Lo que me salvó de la penetración, fue decirle “No me calentás”. Fue entonces que su cara se deformó, se paró y comenzó a vestirse mientras me decía cosas horribles. Me gritó que era una puta como todas las mujeres y que yo me había buscado todo esto por mi forma de vestir.

Agarré mi celular y llamé a mi amiga pero él me dijo “Esto queda entre nosotros dos. Vos sos una pueblerina y yo soy un rugbier con mucha guita, lo que me hagas te lo retruco”.

Esta vez no me callé. En cuanto llegó Cecilia, le comenté lo que había pasado y le mostré las marcas. Era la segunda vez que abusaban de mí. Esos “hombres” habían logrado que yo no goce del cariño honesto de mi novio, habían logrado que yo, por segunda vez, sienta asco de mi cuerpo. Me bañé llorando y enjabonándome para sacar su olor, quería borrar lo imborrable.

Cuatro meses después me crucé a Javier en una fiesta. Él se paró detrás de mí y susurró “Que bien la pasamos aquella noche”. Mi amiga le empezó a gritar y logré que un patovica lo sacara de ahí, pero nadie podía sacarlo de mi mente. Decidí preservarme y no salir más por un tiempo, me dediqué de lleno a la facultad y a mis estudios.

Una mañana, en Ciudad Universitaria, me interceptó. Yo estaba en medio de dos amigas, las cuales apenas lo vieron dijeron “Qué fuerte que está ese pibe”. Yo estaba pálida, mis manos se debilitaron y me corrió un aire caliente por el cuerpo. Él se hizo el simpático y me dijo “Nos volvemos a encontrar, Lau”. Mis amigas no entendían nada y me preguntaron si lo conocía. Javier escuchó y les respondió: “Laura, Contales la genial noche que pasamos “. Acto seguido comenzó a reírse y se marchó, disfrutando de mi humillación.

Yo había soñado con ese momento, deseaba cruzármelo para decirle tantas cosas, pero el miedo me jugo una mala pasada y me quedé callada, por segunda vez.

Mis amigas pedían explicaciones, me preguntaban qué había pasado, por qué no les había contado que ya no era virgen. Rompí en llanto y les conté todo.

Hoy, a un año y medio de lo ocurrido, estoy con tratamiento psicológico. No disfruto en lo absoluto el momento de intimidad con nadie, ni conmigo misma. Mi último novio me acompañó en el proceso, fue el primer hombre que supo todo.

Lo único rescatable de esto, es que me dio fuerzas para contarle a mi mamá lo que pasó en aquel 2010 con el doctor. Ella aún no puede creer como cargué con tanta culpa y con ese recuerdo todos estos años.

Tiempo después me enteré de que al doctor Fernando lo echaron del consultorio. Al parecer, tenía denuncias de acoso y abuso sexual. ¡Había más víctimas como yo!

Ustedes dos se sintieron dueños de mi cuerpo, por eso les juro que voy a poder sanar mi alma y reencontrarme con lo que me hicieron perder.

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