Para mí es muy importante despedirse con un “que duermas bien” porque por mucho tiempo no pude hacerlo y no hay nada peor que no poder descansar la cabeza de los pensamientos atroces que te persiguen durante toda una jornada. Hoy en día esos problemas para conciliar el sueño perduran. Les quiero presentar a mis fantasmas.

No recuerdo gran parte de mi infancia, solo ciertos momentos que casi en su totalidad son malos. No recuerdo cumpleaños, reuniones, experiencias. No recuerdo mi primer recuerdo. Lo que yo pensaba era que mis problemas para recordar mi infancia estaban ligados a las cosas que había tenido que pasar, ergo, mis memorias quedan solo en mi inconsciente, muy perdidas. Años después, varios psicólogos me lo confirmaron.

Desde chiquita, lamentablemente, ya conocía en carne propia lo que era la violencia de género. Provenía de la persona a la que, sin embargo, admiraba, adoraba y defendía a muerte a pesar de todo. Mi papá. Un hombre de carácter fuerte dentro de casa pero fuera de ella conocido como la persona más buena del mundo. Los vecinos lo quieren, mis amigos lo quieren, mis familiares (a los que no veo mucho) lo quieren.

De chiquitos, todos nos mandamos cagadas. Pero en mi casa parecía que yo no las tenía permitidas. Fue constante su actitud de hacerme sentir una inútil decirme que siempre lo decepcionaba. Él tiene otros tres hijos mucho más grandes que yo, con los cuales siempre me comparó y me hizo entender que prefería estar con ellos.

Un día recuerdo como tras una discusión, me dijo que se arrepentía de haber formado otra familia. Esas palabras me quedaron marcadas a fuego. Duelen más que mil cachetadas. Me peleaba, me menospreciaba, minimizaba y humillaba delante de todos. No tenía derecho a opinar porque siempre me equivocaba. Ni a los 5, ni a los 8, ni a los 13 ni a los 19 años. Nunca pude opinar y me acostumbré a eso. Con mi mamá fue y es igual.

Pero así todo continuó. De lo verbal pasó a lo físico. Por mucho tiempo pensé que pegarle a los hijos para que entiendan, estaba bien. Pero cuando me fui dando cuenta de que a mis amigas no les hacían lo mismo, noté que jamás le iba a contar a alguien lo que mi papá me estaba haciendo porque no era algo normal, estaba mal y me daba mucha vergüenza exponerlo.

Cuando quería expresar mi opinión sobre algo en lo que yo no estaba de acuerdo y él disentía, se generaba una discusión, y si yo seguía manteniendo firme mi idea (sin ser maleducada, irrespetuosa, o lo que sea), me levantaba la mano y se sentía muy, muy mal. Ante cualquier tema hablado él expresaba su disgusto con violencia. A medida que iba creciendo los tópicos cambiaron. Primero eran discusiones por amigos que a él no le gustaba que yo tuviera, después por permisos que no me daba, como salir a ciertos lugares, boliches, viajar sola, etc. , y hasta por diferencia de ideales políticos. Con 62 años de edad, se podría decir que por fuera es innotable, pero al hablar y debatir, la “mentalidad vieja” salía a flote y era imposible de esquivar la pelea. Capaz cualquier padre al no estar de acuerdo con algo, discute, debate, intercambia ideas, puede que se llegue a levantar un poco el tono de voz, pero ¿golpear?

Hubieron momentos en los que él levantaba la mano para agarrar algo y yo me atajaba, creyendo que me iba a pegar. Era vivir con el miedo constante de ser golpeado o agredido, verbal y físicamente. Agarrarme del pelo para que “entienda”.

“¿No te das cuenta? Mirá lo que soy. Soy chiquita y vos gigante. Mirá lo que es tu mano. Mirá lo que es mi cara”. Eso pensé siempre. Jamás se lo dije, jamás se me cruzó por la mente atinar a decirle algo así. Ciertas cosas me siguen dando miedo hacerlas.

De “cachetadas” (y lo pongo entre comillas, porque más que cachetadas eran trompadas a mano abierta) pasaron a ser golpes fuertes.

Recuerdo una noche estar tapando la puerta para que mi papá, quien la pateaba para abrirla, no pueda entrar. No me daba el cuerpo. Entró. Me terminé tapando con mis propias manos arriba de mi cama pidiendo por favor que parara, a la vez mi mamá gritando de atrás tratando de ayudarme y él empujándola, mientras me pegaba con un palo que tenía en la mano.

Lo que más mierda me hacía era que la ligue mi mamá por mi culpa. Y acá me di cuenta de algo que no voy a borrar y volver a escribir. Puse “por mi culpa”, lo que siempre quiso hacerme creer. Que todo lo malo que pasaba en la era mi responsabilidad.

Hace unos años llegué a estar con 40° de fiebre, con placas, no podía comer literalmente, apenas podía tragar saliva, estaba muy irritable y enojada. Lo único que se preocupó por hacer fue empezar a gritarme diciendo que pare de quejarme, que era una simple angina y terminó diciéndome que las peleas que tenían con mi mamá eran culpa mía. No, no era mi culpa. Era la de él. Él me estaba pegando.

Puedo apenas recordar, una noche estar sentada en el sillón con mi mamá y mi papá en la cocina. Se generó un debate, el cual recuerdo cual era el tema principal pero tampoco tenía importancia. Como toda discusión generada, siempre era producto de un simple e inocente intercambio de ideas. Al afirmar y reafirmar mi idea, y mi opinión con la que él estaba en desacuerdo, generé en él una ira incontrolable que lo llevó a romper cosas, incluso levantar una silla amagando a tirármela si no me callaba, porque claro, yo no tenía derecho a opinar.

Cuando tenía 16 estaba pasando por un mal momento personal producto de los problemas familiares. Mi mamá vivía estresada, preocupada, estaba siempre a mil. Una noche discutieron y él terminó queriéndola ahorcar contra la pared para calmarla. Después de eso, ella lo habló con profesionales y le recomendaron a mi papá empezar el psicólogo. “Yo no lo necesito. ¿Vos te viste? Bastante loca de mierda estás, ¿por qué no vas vos? Acá la que tiene que ir al psicólogo sos vos, yo estoy perfecto”. Ésta característica de negar lo que le estaba pasando era un detalle clave que demostraba que mi papá necesitaba ayuda psicológica. Obviamente no acató la sugerencia médica y todo quedó en la nada.

Ya casi terminaba el año y empecé a tener pequeños ataques de pánico en el colegio, donde de la nada me ponía a llorar sin razón.

Hoy en día ya no sucede la agresión física conmigo, atina, pero no lo hace. Sospecho que con mi mamá sí. Sospecho. Ojalá me equivoque, pero lo que se mantiene en pié es lo verbal. Lo que cada día me consume más.

Nadie puede amar golpeando. Nadie puede esperar ser disculpado después de haber golpeado.

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