Me llamo Juana, tengo 19 años y puedo escribirles esto porque corté la situación a tiempo. Les paso a contar.

A Sebastián lo conocí en unas vacaciones en la costa, a la salida de un boliche. Pasamos celulares para organizar previas allá y nos fuimos cada uno por su lado. Cuando se comunicaron con nosotras para salir, ni lo dudamos. Nos habían caído súper bien.

Cuando terminó la noche, Micaela me dijo “este pibe tiene algo raro, se apega mucho a las mujeres. Fíjate que recién se conocieron y ya te trata como si fueses la novia”. Yo no le presté atención. Esta fue quizá la primera advertencia.

Toda mujer busca al hombre ideal y para mí él lo era. Sebastián era muchacho enérgico, buena onda, sociable y con carisma. Cuando empecé a hablar con él, me di cuenta rápido lo mucho que me gustaba. Al poco tiempo nos pusimos de novios.

La segunda advertencia sucedió después. Melina, una ex pareja de él, me contactó por Facebook y me contó cómo había sido su relación anterior con mi actual pareja. “Me golpeaba en lugares que no estaban a la vista para que nadie lo note” fue una de las tantas cosas que dijo en su relato. Yo no le creí, supuse que era la típica ex despechada que intenta todo por volver a tener a su hombre. Él y su personalidad me tenían cegada.

Al principio era todo muy lindo y entretenido: salíamos, iba a verlo cantar con su banda e incluso me acerqué a sus amigos. Después de un par de semanas empecé a notar algo raro. Sebastián no trataba muy bien a sus padres y esto me llamó enérgicamente la atención. Hablé con él y me prometió que iba a tratarlos bien por mí. Esto nunca cambió.

La primera etapa del maltratador es un minucioso trabajo psicológico del que no te das cuenta hasta que la situación se te va de las manos.

Sebastián vivía diciéndome que yo tenía la culpa de todas nuestras peleas, que era una puta, que buscaba a todos los pibes que se me cruzaban, que no tenía moral, que no me quería a mí misma. No hacía otra cosa más que doblegar mi ego y hundirme psicológicamente.

Un fin de semana decidí ir a dormir a lo de mi amiga Florencia. Fue una especie de pijama party donde ni nos movimos de la casa. Cuando le conté a Sebastián lo que teníamos planeado hacer, se enojó. Durante todo el tiempo que estuve en la casa de Florencia, Sebastián me mandaba mensajes por WhatsApp a los que debía responder rápidamente para que no se enojara. Esta era otra cláusula de maltrato a la que tristemente también accedí. En un momento dejé el celular en la habitación y nos pusimos a ver una película. Al rato, cuando vuelvo a ver mi celular, tenía decenas de llamadas perdidas y mensajes con insultos. Cuando me percaté de esto, me fui al patio para que mis amigas no escucharan la deprimente situación, y contesté el teléfono:

— Te estoy yendo a buscar

— ¿Por qué? Si no estoy haciendo nada. Estábamos viendo una peli y me olvidé de avisarte

— Me importa una mierda, voy a ir igual porque los fines de semana los pasamos juntos

Seguimos discutiendo y puteándonos, hasta que se puso a llorar.

— Estoy manejando por la autopista y me está agarrando un ataque de pánico, no puedo respirar, voy a chocar y va a ser culpa tuya, llama a mi papá y decile que me venga a buscar

— No voy a llamar a nadie Sebastián, tranquilízate y cuando estés listo seguí manejando

Me cortó el teléfono. Yo, preocupada, lo vuelvo a llamar a los diez minutos.

Me atiende y me dice: “salí, ya estoy en la puerta”. Les digo con vergüenza a mis amigas que no iba a terminar de ver la película porque me habían venido a buscar. Florencia me abrió y él la saludó muy simpático, lógicamente.

Nos subimos al auto y discutimos devuelta:

— Siempre que estas con tus amigas me tratás diferente, me boludeás. Es evidente que ellas me odian y se ríen juntas de mí. Estoy cansado de esto, no te soporto más

— Calmate por que nada de lo que decís es verdad, nadie te odia y yo en ningún momento te traté mal, solamente estaba viendo una película y colgué con el celular

— Al final sos una hija de puta, siempre pasa lo mismo con vos

Cuando terminó de pronunciar esto, me escupió en la cara. Intenté bajarme del auto pero él simuló otro ataque de pánico y yo, ante la incertidumbre, me quedé y lo tranquilicé. Me vi obligada a quedarme con él y nos fuimos a mi casa como si nada hubiese pasado.

Sebastián solía ser muy inestable anímicamente, podía pasar de una extrema felicidad a una depresión grande. El psicópata se comporta así. Puede pasar de un estado a otro en un segundo con tal de lograr lo que quiere. También era muy inseguro de sí mismo, tanto en el aspecto físico como el psicológico. No dejarme ir a bailar o socializar venía de la mano con un “seguro me vas a cagar si vas”.

Me tenía tan bien entrenada que cuando me invitaban a algún lugar, automáticamente, inventaba una excusa para no ir porque “Sebastián se iba a enojar” y lo que menos quería era atravesar una escena de gritos, empujones y agresión.

Otro punto importante: el celular. Yo debía mostrarle todo. No me dejaba usarlo si no lo hacía. Hasta me gritaba si ponía like en una foto donde hubiese un hombre. Me revisaba absolutamente todas las redes sociales. Hasta eligió estudiar la misma carrera que yo para poder vigilarme todo el día.

Poco a poco me dejó sin nada. No me explico cómo, pero me alejó de lo que me gustaba hacer, de mis amigas y de mi vida social. No tenía permitido conocer gente en la en la facultad porque sabía que si socializaba con alguien, él se iba a enojar.

Así fue pasando el tiempo. No salía a bailar, no iba a cumpleaños, no hacia las cosas que una piba de 18 años normalmente haría. Estaba cada vez más sola y solo contaba con él.

En el último mes de relación, estaba realmente cansada. Me invitaron a un cumpleaños y a pesar de su negativa, fui con la condición que me buscase al boliche. Estuvo todo bien hasta el momento en que me pasó a buscar. Me mandó un mensaje y me dijo que salga que estaba afuera. Me despido de mis amigos y salgo, pero no lo veo. Estaba sola en la calle a las cinco de la mañana. Volví a la puerta del boliche por seguridad, y me puse a esperarlo ahí. Quince minutos después llegó y me llamó por teléfono diciéndome que no me veía, dónde estaba, con quién. Le dije que estaba en la puerta y le hice señas. Me subí al auto y como no me dirigía la palabra, le pregunté qué le pasaba. Soltó sin pausas una sarta de insultos. Yo estaba enojada y media borracha, así que seguimos discutiendo. En un momento me agarró de los pelos y me empujó contra la ventanilla del auto. Me largué a llorar pidiéndole que me lleve a mi casa, pero se negó y me llevó a la suya. No me quedó otra que pasar la noche ahí.

Después de 8 horribles meses de relación, reaccioné.

Decidí ponerle fin. Fue muy difícil. No es fácil decirle a un violento que no queres estar más con él. Empezó a llorar y a rogarme que no lo deje. Estuvo 4 horas en mi casa y no podía lograr que se vaya. Fueron 4 horas de puro llanto y agresiones. Me pidió perdón, me prometió mil cosas, me rogó, me empujó, revoleó mi teléfono diciendo que seguro estaba con otro, me amenazó, me insultó y me aseguró que íbamos a volver. Lo último que me dijo fue que me amaba y se fue. Me sentí muy aliviada pensando que ya había terminado todo, pero me equivoqué.

Sebastián seguía apareciendo esporádicamente. Podían pasar semanas sin que me hablara y de repente me llegaban mil mensajes diciéndome que me odiaba y otros en los que decía lo mucho que me amaba. Llamadas pérdidas. Hasta llegó a simular que lo robaban y que tenía problemas de salud.

Inventaba y decía de todo para que le hablara un rato. Y lo consolé hasta que me cansé. Le hice entender que ya habíamos terminado y que no debía llamarme más. Me dijo que iba a estar en cada lugar donde yo vaya, que me iba a seguir y no me iba a dejar en paz. Hasta me dijo que deseaba que me muriera.

Por supuesto siguió apareciendo así que decidí hacer algo al respecto. Le conté a Melina, su ex — ex, y le pedí ayuda para denunciarlo. Ella ya lo había hecho así que pudo guiarme. Me contó además que Sebastián ya tenía otras dos denuncias más por violencia y una por robo. En ese momento corrí a la caja donde guardaba mis ahorros y me di cuenta de que además de todo lo mal que me la había hecho pasar, también me había robado todos mis ahorros. Imagínense la impotencia.

Acá terminó mi etapa con él, y comenzó una con el estado.

Primero llamé a la línea 144, la cual es bastante útil a nivel contención y a nivel información. La gente que atiende es amable y supo indicarme los pasos a seguir. También dejaron asentado el llamado en un registro, dejé mis datos y los de Sebastián. Desde ahí me derivaron la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Al día siguiente llegué alrededor de las 18.30 Hs., saqué número y comenzó la espera. Me dirigí al box que me había tocado y hablé con el empleado. Me explicó que había dos entrevistas previas a la denuncia y esta era la primera. Tomó mis datos y los de Sebastián, me hizo contar los hechos ocurridos, firmé unos papeles y me dijo que ahora debía esperar para hacer la próxima entrevista.

Me explicó que era junto a profesionales calificados que incluían asistentes sociales y psicólogos, y también me dijo que su duración era de aproximadamente dos horas. Le pregunte “¿espero acá o en otro lado?”, a lo que me respondió “yo te recomendaría que te vayas a tu casa y vuelvas otro día a la mañana porque hoy hay espera hasta las 23 Hs.”.

Volví ese sábado a las 7 de la mañana como me había indicado el empleado. Cuando llegué, tuve que esperar alrededor de tres o cuatro horas hasta que me atendieron. Me recepcionaron y espere media hora más hasta que subí a al segundo piso a tener la segunda entrevista.

Una vez ahí dentro me preguntaron una lista interminable de datos míos, de mis padres, de Sebastián y de los suyos. Después de todo eso, prendieron la grabadora y me indicaron que cuente puntualmente los hechos de violencia tanto física, psicológica, simbólica, económica o sexual que había vivido. Intenté contar todo lo que podía en forma detallada porque sé que los detalles son importantes en un proceso así, pero la mujer que tomaba nota me pedía que los deje un poco de lado porque no llegaba a escribir. Después de dos horas la entrevista finalizó.

Me explicaron que le iban a dar mi declaración al juez y él iba a determinar que sanción se le iba a aplicar al acusado. Debía volver unos días después y me iban a entregar un papel con el cual tenía que ir al juzgado que me había tocado a buscar la resolución.

Pasaron los días y volví a la oficina de Lavalle al 1250. Me entregaron lo que me tenían que entregar y fui al juzgado número 106, en esa misma cuadra.

Una vez allá espere media hora y me atendió el secretario del juez. Me entregó la resolución y me dijo “Tenés que hacerle llegar esto al pibe. Andá a Oca y mándaselo por correo o por mail”.

¿En serio tenía que hacerle llegar la resolución para que él se entere de que yo lo denuncié? ¿No debería hacerse cargo el estado? ¿Cómo puede ser que estoy pidiendo que una persona no se contacte más conmigo y el estado me obligue a contactarme?

Mire al secretario con una inmensa cara de odio. Empecé a leer la resolución y mi indignación fue mucho más grande: Sebastián no se podía acercar a mí ni directa ni indirectamente por 15 días. Eso era todo lo que la justicia había hecho. Le pregunté al secretario qué pasaba si Sebastián aparecía o se contactaba y me dijo “Si aparece tenés que venir de nuevo acá a hacer el trámite”.

Salí del juzgado más triste que cuando había entrado a hacer la denuncia por primera vez. Sentí que ese estado, quien me había prometido protección, me dejaba totalmente a la deriva y comprendí por qué tanta gente se queja de la justicia argentina. No importa que el acusado tenga diez denuncias anteriores por violencia. No importa que vayas a declarar golpeada o con un cuello ortopédico como vi a muchas mujeres. No importa que muestres pruebas, como lo hice yo. Y entonces, ¿para qué hacemos esto? ¿Para qué existe si no funciona cómo debería? ¿Por qué el estado no hace nada? ¿No ven que nos están matando? ¿No ven que estamos hechas mierda? No, no lo ven.

A pesar de eso que sentía, junté fuerzas, le agradecí al secretario con mi mejor cara y me fui a Oca a enviar una copia de la resolución, para lo cual obviamente tuve que pagar.

Sebastián no volvió a aparecer, pero sigue libre caminando por la calle. Les aseguro que si lo ven, no se dan cuenta del tipo de persona que es. Pero está ahí, esperando a que una nueva mujer como yo se cruce en su camino, para golpearla y maltratarla.

Les puedo asegurar que nada ni nadie me quita la enorme desilusión de vivir en un país donde a nadie le importa que exista este tipo de gente, donde a nadie le importa que nos maten.

Es importante que entendamos que el femicidio tiene dos grandes culpables: uno es el misógino y otro es el estado. El primero de los culpables suele esconderse bajo la figura de un hombre extremadamente carismático y es por eso que muchas veces nadie nos cree cuando decimos que estamos viviendo una situación de violencia. El segundo, es quien se encarga de no hacer nada al respecto.

BASTA DE MUJERES HECHAS MIERDA.

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