Estuve casi 6 años con un violento.

La primera vez que me trató mal fue cuando me encontró llorando en la cocina. Hacía 1 año yo había perdido un embarazo de 20 semanas, con mi anterior pareja, y justo ese día se cumplía el fatídico aniversario. Solo habían pasado unas semanas de convivencia, y me dijo “Dios sabe por qué hace las cosas. Si vos no podes cuidar de tu vida, menos podes ser madre. Menos mal que no nació”. Me quedé atónita, fue lo peor que pude haber hecho.

De ahí en adelante fueron una sucesión de frases terribles. Si me cambiaba y me maquillaba para ir a trabajar me decía que estaba buscando “pija”. Yo pasaba desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche dando capacitación en empresas y universidades, cuando volvía a mi casa nunca sabía con qué me iba a encontrar. Teníamos un perro al cual le pegaba por todo y una vez la ligué yo por ponerme en el medio para que dejara en paz al pobre animal.

Yo pagaba las cuentas y me hacía cargo de todos los gastos de la casa porque él estaba sin trabajo y sin ánimos de buscar.

Decidí denunciarlo porque no aguantaba un solo día más viviendo así. “Lo van a sacar de mi casa”, pensé inocentemente. Pero había pasos a seguir, y mi denuncia debía ser ratificada en tribunales, por lo tanto, debían notificárselo.

“¿Vos me denunciaste por golpeador? Ahora vas a saber lo que es ser golpeador, y cuando vayas a la policía se te van a reír en la cara porque sé perfectamente como golpear sin que queden marcas”, dijo

Dicho y hecho. Ni una sola marca.

Me fui 5 veces de mi casa y siempre volví porque no tenía donde quedarme. Una familia disfuncional, un padre pollerudo y una madre ludópata hicieron que no pudiera ir a ningún lado. La ayuda no venía ni del estado, ni de la policía, ni de mi propia familia; y todo lo que yo ganaba estaba destinado a pagar los gastos y el alquiler del departamento. Gastar en algo para mí no era concebido, prefería quedarme con los trapos que vestía desde hacía 5 años a que me armara un escándalo y me golpeara una vez más.

No me tocaba sexualmente. Pasaban meses sin que tuviéramos encuentros sexuales, solo se daban cuando yo accedía a volver a casa después de cada huida. Me convencía, me decía que no podía vivir sin mí y que todo iba a cambiar. A los 3 días, me decía que iba a pagar por todo lo que lo había hecho sufrir. A veces me ponía delante del espejo y me decía: “¿Quién te va a tocar? Mira lo que sos. Incogible por donde te miren. Hay que tener la pija de lata para metértela a vos”. También me hacía creer que él era la única persona en el mundo que me iba a dar algo, porque ni mi propia familia me quería.

Me volvió loca. Volvió loco a mi entorno, a mi vieja que estaba postrada por un cáncer y a mis amigos. Buscaba y revisaba cada papelito que había en la casa a la búsqueda de algún teléfono que diera con mi paradero. Llamó a cada uno de mis amigos que él odiaba, se hacía el bueno y el sufrido para que le dijeran dónde estaba.¿La policía? bien gracias. Nunca me dieron una mano en nada, salvo el día que me fui definitivamente. Salí al balcón del primer piso que compartíamos en Parque Chacabuco y llamé al consigna que estaba en la esquina, le pedí que por favor llamara a un móvil.

Esa fue la última vez que casi siento que pierdo la vida. Me puso contra la pared, agarrada del cuello, y me dijo “Vos te vas de acá, pero con los dientes en la mano”.

Bajé las escaleras corriendo, no me daban los pies para llegar a la planta baja. La policía llegó y subió al departamento. Él estaba ahí, como si nada pasara, como si la loca siempre fuera yo. Le dijo a la policía que era una discusión como en cualquier pareja, pero que yo estaba desequilibrada y tendía a exagerar las cosas. Yo lloraba de impotencia porque él estaba tranquilo, como si no me hubiera amenazado quince minutos antes.

Me fui y no volví más. En el medio encontré gente que me ayudó, pero que por sobre todas las cosas, no le dio datos de dónde estaba parando. Cambié mi celular, mi dirección de mail y todo lo que pudiera servirle de vía de contacto.

Durante algún tiempo anduve con miedo en la calle, sentía el escape de una camioneta y me daba vuelta esperando que de la misma “me tiraran a las patas”. Una de sus amenazas preferidas era esa: “A mí no me cuesta nada comprar un fierro limado y salir a buscarte para tirarte a las patas. Te dejo paralítica de por vida. A vos y a toda tu familia, porque tus viejos no tendrían que haber cogido para tenerte a vos”.

Me quedé sin nada, empecé de cero. Lo poco que pude recuperar fue a través de una mediación extrajudicial, pero básicamente tuve que empezar con un colchón en el piso.

Hoy, a casi 7 años de la huida final, mi vida es otra. Sigo trabajando, pero desde casa, formé pareja y tengo una nena de casi 2 años de edad.

Cuesta mucho, pero se puede. El amor es lo que conozco hoy, no eso que viví hace 12 años.

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