Nos conocimos a mediados de enero en el sillón de una amiga. Viniste a sentarte conmigo y nos pusimos a ver televisión. Yo tenía un vestido de gasa y vos tenías un jean y una camisa. Me acuerdo que me prestaste tu sombrero de playa. Tomamos cerveza mientras sonaba la película de Chaplin “City lights” de fondo. Nos dimos cuenta que a ambos nos gustaba el humor negro y las películas bien hechas. Me contaste de dónde eras y a qué te dedicabas. Hablamos de nuestras vidas y de nuestros sueños. Incluso me mostraste fotos de tu familia, de la cual hablabas con todo el amor del mundo. Me pareciste una persona hermosa, que lo único que necesitaba era cariño, y me enamoré instantáneamente de vos.

Nuestro primer beso fue único. Yo te miré a la cara rogándote que me besaras y  lo hiciste con todo el deseo y la admiración que veníamos guardando. Recuerdo que después de muchos meses, pude empezar a asimilar el impacto que causabas en mi cuerpo. Me hacías sentir la mujer más hermosa y más amada del planeta. Y era mutuo. Me pasaban tantas cosas con vos que me asustaba y quería huir. Pero en el fondo sabía que iba a esperar ese mensaje que me ibas a mandar, diciéndome que te acordabas de mí o saludándome antes de irme a dormir. Incluso la primera vez que me dijiste “te amo” no lo correspondí porque tenía miedo de yo también haberme enamorado. Tenía miedo de que la distancia fuera cruel con un amor tan furtivo como el nuestro. ¿Te acordás cuando apagaste la luz y me abrazaste en medio de la oscuridad? Si tuviera que describirle a alguien lo que es el amor, usaría ese momento de referencia. En la oscuridad nuestros cuerpos desaparecieron y quedamos nosotros sin las barreras físicas del tiempo y del espacio. Quedamos nosotros, dos seres que se amaban.

Como en Requiem for a dream, eras mi sueño hecho realidad. Pero de todo sueño uno debe despertar.

Te deprimiste, dejaste el trabajo y la facultad. Te encerrabas en tu casa a jugar videojuegos y tratabas con todas tus fuerzas de que yo no me diera cuenta el cambio que estabas sufriendo. Salías a fiestas electrónicas, a las cuales yo te llevé por primera vez, y te excedías tomando drogas. Yo me enteraba por terceros. Tu vida se volvió una espiral que sólo iba hacia abajo. Empezaste a enojarte y gritar por cosas que nada tenían que ver. Discutíamos mucho porque a mí me preocupaba que te volvieras tan compulsivo. Yo te perdonaba porque cada día que pasábamos juntos era como navidad para mí. Te insistí y luego de muchos meses empezaste terapia.

Me deprimí yo con vos. Le dije a mi psicóloga que iba a aguantar por vos, que no te iba a dejar en este momento tan difícil porque sabía cuánto nos amábamos realmente.

Amarte no fue suficiente de ninguna manera. Te quise dejar varias veces y me prometiste que ibas a mejorar, que no ibas a volver a decirme cosas hirientes. La cruel verdad que ambos sabíamos era que no podías parar. Hiciste otras consultas y sin embargo nunca vi una mejoría real.

Probablemente te olvidaste mágicamente de que alguna vez me trataste mal. Siempre lograbas que todo fuera mi culpa: que quisiera ir al cine, o salir a tomar algo, que mis amigos me animaran porque vos me dabas ganas de morir, que me divirtiera porque es mi cumpleaños. Te enojabas cuando yo te decía que me hacías mal y que quería un tiempo, te enojabas porque yo tenía problemas con mi familia y te pedía ayuda, entre otras cosas.

Luego de prácticamente dos semanas seguidas de maltrato, decidí dejarte. Me dijiste que era arbitraria y orgullosa, también me dijiste que vos eras el mismo de siempre y que no me maltratabas, que yo me tomaba muy a pecho las discusiones. Mientras me agredías me decías que me amabas y que me ibas a extrañar. Me culpaste de que la relación no esté funcionando porque vos estabas muy bien con lo nuestro. Claro que estabas bien, porque yo nunca te maltrataba.

Al mes de habernos separado, te llamé. Lo hice porque soñé con vos y sentía que mi vida no tenía sentido si no te tenía. La realidad es que te llamé, y en vez de consolarme, te reíste de mí. Me dijiste que no tenías ningún problema y que eras el mismo de siempre. Que la que había cambiado y tenía problemas psiquiátricos era yo. También dijiste que estabas “dispuesto” a dejar de hacer las cosas que me molestaban (entre ellas jamás mencionaste el hecho de que me maltratabas). La cereza de la torta fue cuando me dijiste que vos no tenías problemas mentales como mi hermano. Lo cual es un tema muy difícil para mí.

Ya ha pasado casi un año y sigo enterándome de las maldades que hacés. No solo a mí, sino también a tus amigos. Y vos, que repudiabas tanto el maltrato hacia las mujeres, me torturaste psicológicamente. Me hiciste débil. Pero las cosas han cambiado y la que tiene el poder ahora soy yo.

En el futuro, cuando me encuentre con alguna chica en mi situación la voy a ayudar. Porque tener problemas emocionales no justifica maltratar constantemente a las personas que te ayudan.

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