Soy una chica de Mendoza que se encontró sumergida en una situación que la superó. Vale aclarar, que no sufrí ningún trauma anterior o situación difícil que justifique terminar en el lugar que terminé.

Hace unos años, no más de 2, me vi envuelta en una relación, como mínimo, tortuosa.

El hermano de una amiga, que vivía en Buenos Aires, vino de visita y empezamos a vivir una desmedida y desproporcional aventura amorosa. Él era un chico normal, con problemas de gente normal como también los tengo yo, nada alarmante. Sus muestras de afecto hacia mí eran incalculables, sin dudas era un hombre halagador. Por todo esto y más, me aventuré en una relación a distancia con este casi desconocido, que ofrecía su alma al mismísimo diablo por mi compañía.

Fueron varios meses de amor y encuentros llenos de energía. Su actitud posesiva no hacía más que llenarme de valor para dejarme ir hacia esa relación que proponía. Sin embargo, no fue hasta varios meses después que empecé a notar recursos fuera de lo normal para mantenerme cerca. Su obstinada elección de mantenerme económicamente, sus celos abusivos y sus reacciones fuera de lugar, en privado y frente a la gente, comenzaron a alertarme.

Pasados esos meses noté que cuando yo estaba en Buenos Aires él se volvía territorial y agresivo. La primera muestra clara de esto fue cuando, al enojarse sin motivo real, me revoleó un par de toallas encima. De ese tipo de situaciones hubo siempre.

A pesar de eso mantuve la relación, mis amigos cercanos también comenzaron a notar estas cosas y estaban bastante preocupados, así que me dediqué a ocultar sus reclamos para que nadie notara el maltrato.

Un día fuimos al cine en Unicenter, y un nuevo ataque hizo que me sacara mi cartera, con mi dinero y celular dentro, y se fuera corriendo después de haberme gritado frente a miles de personas en el patio de comidas. Me quedé sola y sin nada en una cuidad monstruosa como los es Buenos Aires. Lloraba desconsolada hasta que un guardia de seguridad me preguntó que ocurría. Resultó ser que él estaba escondido a dos metros mío, esperándome. Cuando me vio hablando con el guardia apareció y comenzó a gritar que yo estaba loca y que no me escuchara. Frente a todo el mundo, me subió de los pelos a un remis y me llevó a su departamento.

No hice más que entrar y encerrarme en el cuarto, dejándolo solo del lado de afuera. Llamé a su mamá, con quien tenía buena relación, y le conté lo que había pasado. Ella habló con él y lo calmó. Me dejó dormir sola y al otro día volví a Mendoza.

No obstante, habíamos comprado un viaje hacía unos meses. Como ya lo había pagado, decidí ir. No pensaba claramente, sino que pensaba con el alma rota en pedazos y las inseguridades a flor de piel. Rápidamente me encontré en una situación violenta, en otro país, con otra legislación, lejos de mi familia y de mis amigos. Tuve suerte que la mucama de la habitación vio todo y no permitió que pasara a mayores.

Ya separada de él, se comunicó conmigo para decirme que tenía sífilis y HPV. Me hice todos los estudios, incluidos los de HIV, y gracias a que nos cuidábamos con preservativos salió todo bien.

Con el tiempo pude hablar de esto con mi pareja actual y mis amigos. Me di cuenta que hubo muchísimas situaciones más de violencia, claras e indiscutibles, donde me dejé atropellar por él. Sigo sin saber el porqué. No me descubro como esa chica sumisa que se dejó golpear y maltratar, pero evidentemente otros mecanismos empezaron a funcionar y dejaron que yo misma me olvidara que mi seguridad es lo primero, y que el cariño a mí misma es lo principal.

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